Si las piedras hablaran
Las cuevas y abrigos rocosos de Guatemala traen hasta el presente el eco de pobladores ancestrales, con su misterio
de mitos, creencias y supersticiones.
Por: Gemma Gil Flores
Foto: Carlos Sebastían
El platillo volador verde está acompañado
por una pinta que suena casi a amenaza: “no estamos solos”.
El trazo firme y contemporáneo contrasta con las pinturas
rupestres del contexto, formas geométricas, figuras antropomorfas,
animales y manos de color rojo que han hecho famosos los peñascos
de San Juan Ermita, Chiquimula.
Aunque, si atendemos a lo que dice la arqueóloga Marlene Garnica, “el
término rupestre no se refiere a arte prehistórico, sino a una
expresión cultural hecha sobre una superficie rocosa que no ha sido trabajada”.
Así que, estrictamente hablando, la nave espacial, incluso si ha sido
obra de un vándalo, entra dentro de la misma categoría que los
dibujos precolombinos.

Detalles de
las pinturas policromadas de El Encanto, Huehuetenango. |
No obstante, al margen de la cantidad de grafittis que se encuentran
en entornos naturales, Guatemala es un país rico en esa
otra pintura primitiva que se conserva junto al misterioso platillo
volante. Esas otras figuras que son antiguas como la memoria,
aquellas cuyo rastro se pierde junto con las huellas de los primeros
pobladores del continente.
Érase una vez…
El abrigo rocoso domina una hondonada de las tierras cálidas
de Huehuetenango. Según los habitantes locales, la aridez
ocre se cubre de agua en invierno. De modo que la atalaya, que
se yergue solitaria sobre un anillo de zacate, debe parecer la
almena de un castillo protegida por un foso.
Al llegar a la base de la roca, el espectáculo es sobrecogedor.
La cavidad de nueve metros de largo y cinco de alto está profusamente
cubierta de esquemáticas figuras zoomorfas, astros, espirales,
puntos, manos o cuadrículas. Tampoco falta una escena
de caza. Los pictogramas son tantos y tan nítidos que
es imposible centrar la vista sólo en uno. Un festival
de rojo con aderezos de blanco, negro y azul maya que rinde pleitesía
a su nombre, El Encanto.
Ninguna de las pinturas ha sido fechada. No es de extrañar.
En palabras de Garnica, determinar la antigüedad de una
sola figura cuesta mil 500 dólares. Eso explica por qué en
Guatemala sólo se han realizado las pruebas a dos iconos:
El Diablo Rojo de Amatitlán y un pictograma de La Casa
de las Golondrinas (Sacatepéquez), ambas con algo más
de 3 mil años de historia.
Pese a la carencia de pruebas de laboratorio, el investigador
de El Encanto, Sergio Ericastilla, se atreve a aventurar que
las pinturas del lugar “pueden ser obra de los primeros
humanos que llegaron a Guatemala”.
Su interpretación se basa en el estilo de los dibujos
y en la larga presencia humana en la zona, ya que el sitio está cerca
del yacimiento paleontológico de Chivacabé. Allí,
en el mismo lugar donde se habían hallado restos de animales
extintos, como el mastodonte, Ericastilla encontró una
punta de lanza con más de 11 mil años de antigüedad.
No obstante, el interrogante temporal queda eclipsado por otra
pregunta más enigmática: ¿qué significado
esconden esos sencillos trazos?
“Una de las connotaciones de la pintura rupestre es su fuerte relación
con la fertilidad”, sostiene Ericastilla. La figura de un feto, los batracios
(símbolo de la metamorfosis mágica que se produce dentro del agua),
los órganos reproductores femeninos y los círculos, que podrían
representar las fases de la luna en relación con el ciclo menstrual de
la mujer, constituyen claras alusiones a la fecundidad.
De hecho, el culto a la fertilidad es, junto con la proximidad
a las fuentes de agua y los sitios paleontológicos, un denominador común de las
pinturas rupestres guatemaltecas.
Los ejemplos no escasean: En el cañón del río Huista, en
el sitio de Plan Grande (Huehuetenango), se reconocen las formas de una mujer
dando a luz, mientras que en La Cueva del Venado (Jutiapa) está representada
una gama con un cervatillo dentro de su vientre. Su ubicación, cercana
al sitio paleontológico de Las Lajas, ofrece una vista completa de la
Laguna de Obrajuelo. Por su parte, los dibujos de la Cueva de Naj Tunich (Petén)
son mucho más explícitos y muestran una figura humana con su miembro
sexual erecto y sobredimensionado.
De Cazadores
y astrónomos
Pero, ¿se trataba sólo de una celebración de la fecundidad?
La abundante iconografía ha llevado a los investigadores por el sendero
de las múltiples interpretaciones.
“En Plan Grande la variedad de figuras zoomorfas y un depósito de
huesos de animales hace sospechar que pudo ser un punto de reunión de
cazadores”, indica el arqueólogo Luis Romero, “debajo de las
pinturas también hemos hallado una grieta con los restos de 96 personas.
Aún no sabemos si serán osamentas antiguas o víctimas del
conflicto armado”, agrega.
Mientras el hallazgo abre nuevas líneas de estudio, la investigadora Lucrecia
de Batres, quien se ha centrado en estudiar las pinturas de los peñascos
de San Juan Ermita (Chiquimula), apunta a la posibilidad de que este sitio fuera
una zona de refugio en el camino de peregrinación hacia Copán. “Las
escenas parecen responder a un ritual más doméstico y abundan las
manos en positivo y negativo, que es una forma de decir, yo estuve aquí”,
explica.
Por su parte, Marlene Garnica lleva casi 10 años recorriendo La Casa de
las Golondrinas, un abrigo rocoso sobre el río Guacalate donde, hasta
el momento, se han inventariado 220 figuras. “Creemos que algunos de los
salientes más altos fueron usados como altares, también hay gran
número de animales y una escena de caza. Otras zonas tienen el aspecto
de haber funcionado como observatorio astronómico”, indica en referencia
a un agujero circular tallado en la piedra que se alinea con una serie de pinturas
de soles.
“En las excavaciones también encontramos
restos de fogatas y capas vegetales de lo que pudieron ser alfombras
ceremoniales, porque todos los sitios tienen un carácter
sagrado o shamanístico”, apunta
Garnica.
...Y de brujos
En la Casa de las Golondrinas, existen pinturas que solamente
son observables durante cierta época del año o ciertas horas del día, todo
depende de cómo incidan los rayos solares sobre la roca.
“Con el 'aparecimiento' de algunas de ellas se podría estar conmemorando
algún evento específico, que el shamán aprovecharía
para hacer gala de sus conocimientos o interrelación con seres superiores”,
señala Sergio Ericastilla.
Los investigadores concuerdan en que las pinturas rupestres fueron
realizadas por shamanes o, al menos, se hicieron en un contexto ritual
en el que se consumían
sustancias psicoactivas o se entraba en trance como consecuencia del ayuno, las
condiciones físicas extremas o los cantos monótonos.
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En clave histórica
El hallazgo de algunos artefactos de piedra en Lewisville, Texas, Estados
Unidos, indicaron que el poblamiento del continente
americano comenzó hace 40 mil años.
- En Guatemala,
la primera vez que se tuvo noticia de pinturas rupestres
fue hacia 1750, cuando se descubrieron las primeras figuras
en Chiquimula.
- Los sitios comenzaron
a ser estudiados a finales de la década
de los noventa. Desde entonces se han inventariado más de
60 lugares repartidos por todo el país. Destacan por la concentración
de registros, Huehuetenango, Petén y los departamentos de
oriente.
- Casi ningún
lugar dispone de fechamientos por falta de presupuesto
para proyectos de investigación.
- Para determinar
la antigüedad de una figura rupestre se analiza
su componente orgánico, generalmente, jugo de plantas,
sangre u orina. Éstos servían como aglutinantes
para el óxido
de hierro con el que se elaboraba el rojo, el óxido de
manganeso usado para el negro o el caolín del blanco. |
En este sentido, Ericastilla sostiene que las
espirales tan comunes en el arte rupestre podrían ser la manifestación de una mente alterada. “Es
igual que cuando uno se emborracha y el mundo le da vueltas”, apunta el
arqueólogo. De modo que este tipo de visiones encaminadas a llevar bienestar
a la comunidad y despertar respeto hacia el líder pudieron ser una génesis
de las religiones. El respeto a lo desconocido sobrevivió durante siglos y llegó hasta
el presente como un eco. Tanto es así que algunos sitios rupestres aún
son visitados por las poblaciones locales, como Chuitinamit (Sololá),
y algunas leyendas permanecen vivas, como las del Corral de Piedra (Huehuetenango),
al que la gente sigue llamando El Rincón del Diablo “porque afirman
que allí ocurren cosas misteriosas, se oyen ruidos extraños, se
ven sombras que salen de agujeros o llueve cuando hace sol”, relata Romero.
Será porque, a pesar del paso de los siglos o aún de los milenios,
el género humano sigue fiel a lo que un día fue. O, quizá,
porque, a pesar del progreso, al hombre le sigue fascinando lo que no comprende.
De la misma manera que el hombre que pintó la nave verde sobre la piedra
desea no estar solo en el universo.
De la piedra al huipil
“Los motivos rupestres han permanecido en
la cultura a través de los textiles”, afirma Sergio
Ericastilla. En sus investigaciones en Huehuetenango, este arqueólogo
ha advertido que algunas pinturas de El Encanto coinciden con
los motivos que adornan los trajes típicos. Es el caso
de las cuadrículas que se observan en los faldones que
usan los hombres de Sololá o las espirales o vórtices
que se lucen en los huipiles de San Antonio Huista (Huehuetenango).
La relación entre los tejidos tradicionales y la pintura
rupestre quedó reforzada después de que en 2001
Eugenia Robinson encontrara en La Casa de las Golondrinas (Sacatepéquez)
una vasija que contenía 18 husos para tejer, un fragmento
de tela y dos femorales de chompipe de la época posclásica.
En opinión de la investigadora estadounidense, el hallazgo
podría ser una ofrenda a Ixchel, la diosa lunar, quien
blanca como el algodón, también auspiciaba las
labores textiles y los nacimientos.
Las figuras de aves dibujadas
en la pared rocosa del sitio y la presencia de los huesos de
pavo conecta, de nuevo, las creencias ancestrales con la herencia
cultural actual, ya que el pavo muerto es un animal frecuentemente
representado en los sobrehuipiles ceremoniales de San Pedro Sacatepéquez.
Según
recoge la antropóloga Bárbara Knoke
de Arathoon en Símbolos que siembran, la simbología
ritual de ese animal se ha mantenido hasta el punto de que todavía
existe la costumbre de regalarlo en las bodas.
“Los padres del novio preparan un canasto con un pavo preparado con olote,
cigarros, licores y chocolate a modo de regalo para su futura nuera. Durante
el festejo, el chompipe se come con mucho cuidado, tratando de no romper su esqueleto,
pues si este se conserva entero es señal de buena suerte”, explica
Knoke.
Otras figuras de la iconografía
rupestre también se mantienen en
la vestimenta tradicional. Es el caso del venado que aparece en los huipiles
de Santo Domingo Xenacoj (Sacatepéquez) o la planta de tabaco que se
luce en las prendas de Tactic (Alta Verapaz).
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