Semanario de Prensa Libre • No. 87 • 5 de Marzo de 2006    


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D música

Melodías caminantes
Cajas musicales que guardan melodías e historia esperan volver a ser descubiertas por los guatemaltecos.

Por Julieta Sandoval
Foto Carlos Sebastián

Se le veía pasar con la pesada caja del organillo cargada en la espalda, agarrada de la ancha correa que le cruzaba el pecho. En una mano llevaba la jaula con el lorito o el monito llamado por lo general Tití, quienes eran amaestrados para hacer alguna gracejada. Al llegar a una esquina descargaba su instrumento sobre un palo que servía de apoyo y comenzaba a tocar sus melodías. Pasaban tan sólo unos minutos y ya estaba rodeado de personas que entregaban unas monedas como gratificación al espectáculo. Ese personaje tradicional deambuló hace muchos años por las calles históricas de Guatemala, hoy sólo es un recuerdo.

Germán Rodríguez
desea volver a ver al organillero
por las calles.

El organillero es un arte extinto en Guatemala, el cual desea recuperar Germán Rodríguez, quien se ha dedicado a la tarea de fabricar este instrumento mecánico. Una labor especial que hasta ahora no es reconocida en el país, pero sí en otros como México, a donde envía los aparatos.

En su taller se observan organillos antiguos, españoles y alemanes. Los primeros se caracterizan por tener cuerdas, mientras los segundos poseen flautas para emitir el sonido. Esas piezas de colección son los prototipos que utiliza Rodríguez para la elaboración de los nuevos instrumentos, los cuales son réplicas casi exactas.

El deseo por reproducir estos artefactos surgió hace 11 años, aproximadamente, cuando compró un organillo procedente de Quetzaltenango. Al no existir aquí un lugar de reparación, Rodríguez se dio a la tarea de experimentar y al conseguir su objetivo decidió reparar y fabricar los instrumentos.

Un arte especial

Fabricar organillos no es fácil. Cada pieza es elaborada de forma artesanal en el taller de Rodríguez, por los operarios especializados en un área determinada.

La madera, materia prima, procede de Estados Unidos o América del Sur, dependiendo del uso que tendrá: caja de resonancia o armazón. Cada parte es tallada a mano.

La música es compuesta por un profesional. Las notas son representadas por grapas que van colocadas en un cilindro de madera y componen las siete, ocho o diez armonías que contiene cada organillo. Son piezas modernas como La del moño colorado o Amor eterno. Esa es la única diferencia que existe entre los instrumentos antiguos y los modernos, pues los primeros deleitaban al público con polcas, valses y marchas. La mayoría de los aparatos elaborados en este taller tienen melodías mexicanas, ya que son los mayores compradores.

Los organillos enviados al vecino país tienen muy discretamente grabadas la letras “Hecho en Guatemala”, pues los mexicanos son muy celosos y no aceptan fácilmente que un instrumento que aún es parte de su tradición no sea producido allá.

En la fabricación de estos aparatos se invierte un tiempo de seis meses, en donde intervienen cinco personas. El de mayor demanda es el tipo alemán. Un organillo puede pesar 75 libras, por lo que hay un dicho que dice: “Todos pueden tocar el organillo, pero no todos lo pueden cargar”, explica Rodríguez.

Otro instrumento elaborado en este taller es el órgano de calle o tipo orquesta, que integra trompeta, viola, violín, flauta y tuba. Un ejemplar hubo en Retalhuleu, pero fue destruido por el terremoto de 1917.

Para promover el arte del organillo en el país, Rodríguez comenzó con presentaciones en la Calle del Arco en Antigua Guatemala, los sábados y domingos por la tarde. Según dice ha sido bien recibido por parte de los transeúntes que se detienen a escuchar las melodías.

Aunque sus compradores son por el momento sólo mexicanos, Rodríguez espera impulsar esta tradición perdida en Guatemala y que se vuelva a oír al organillero por las calles. Su música puede llegar hasta dos cuadras de distancia.

Como diría una estrofa de la canción El organillero, compuesta por Agustín Lara: “Cantando por el barrio del amor se cansa mi organillo de llorar, se mete en las orejas su rumor y se oye por todita la ciudad”.

En el mundo

La existencia de los primeros organillos data del siglo 10 en Europa.

Un organillo, llevado en carretilla, fue inventado a principios del siglo 19 en Inglaterra. Poseía un rodillo con púas que giraba sobre su eje, mueve los macillos que percuten las cuerdas de piano. Además, dichas púas hacen mover macillos que golpean instrumentos de percusión como panderetas, platillos, etc. No precisaba de ningún conocimiento de música para ser tocado, solo había que girar un manubrio. Cada rodillo solía tener 10 canciones fijas.

Éste fue muy popular en España y quedó como instrumento típico en Madrid.

En Chile llegó hasta 1895. La mayoría era procedente de Alemania.

En México existe la Unión de Organilleros, en donde existen más de 100 de estos instrumentos, la mitad de los cuales se encuentran en la capital. Unas 200 personas viven de un oficio cuyo origen se remonta al siglo XIX durante la dictadura de Porfirio Díaz (1870-1910).

 
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