A propósito
Viaje a la prehistoria
La pequeña pero variada geografía
guatemalteca es una de las más ricas y abundantes para el
estudio de las culturas precolombinas que poblaron la región
Mesoamericana.
Los registros arqueológicos que legaron los mayas son abundantes, desde
las monumentales pirámides y estelas, hasta las piezas de cerámica
y piedra, los investigadores cuentan con abundantes materiales de estudio, aunque
acerca de los primeros pueblos que poblaron este territorio, es muy probable
que la última palabra esté muy lejos de escribirse.
No han sido suficientes los recursos, ni los expertos, para desentrañar
la historia grabada por las culturas de esta región mucho antes de la
llegada de los españoles y mucho menos para estudiar a fondo los rastros
dejados por desconocidos ancestros, tal es el caso de las pinturas rupestres,
de las cuales existen numerosos ejemplos, con características muy diversas:
algunas súmamente simbólicas, con un trazo rudimentario; otras,
compuestas por enigmáticos íconos.
Aunque este arte es abundante, poco se ha escrito, a no ser que
se trate de los recurrentes vestigios de Petén, Alta Verapaz o Chiquimula. Un escaso número
de personas, hasta hoy, ha conocido sobre la pintura en piedra de El Encanto,
Huehuetenango (fotografía de portada), La Casa de las Golondrinas, Sacatepéquez
o El Diablo Rojo, en Amatitlán.
Algunos de estos sitios se localizan en lugares poco accesibles
o de propiedad privada, algo que ha permitido la conservación de esas escenas que recuerdan
a los cazadores prehistóricos de las cuevas de Altamira, España.
Por si fuera poco, entre muchas de las figuras geométricas que ornamentan
estos primitivos murales que hablan, es posible reconocer algunos íconos
abstractos que se reproducen en varios trajes regionales del país, según
documentó el arqueólogo Sergio Ericastilla.
Gemma Gil y Carlos Sebastián pudieron observar de primera mano los simbólicos
y misteriosos trazos grabados en la memoria de la piedra. |