Semanario de Prensa Libre • No. 87 • 5 de Marzo de 2006    


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Punto final

Los privilegios de la prensa
No hay temática que, por sagrada, esté fuera de su incumbencia. Incisiva, implacable y mordaz hacia todo poder, tendría que golpear el fanatismo.

Por Alexánder Sequén-Mónchez

La tinta mínima de 12 caricaturas huele a pólvora. Y la espiral mediática devastará lo que encuentre a su paso: banderas, embajadas, personas. Terminando septiembre de 2004, el periódico danés Hyllands-posten quiso darle a la intolerancia musulmana una cucharada de su propio jarabe. El editor Carsten Justen publicó una efigie de Mahoma que, en lugar de turbante, carga esa clase de bombas —la mecha encendida— observadas en los dibujos animados. Le salió el tiro por la culata, y no precisamente con municiones de fantasía.

La sangre no llegó al río hasta el 10 de enero, cuando Magazinet, reprodujo los agravios. Un pequeño detalle: esta revista noruega obedece a una línea protestante, la cual aportó peligrosos ribetes de revanchismo religioso. El resto ya nos lo mostraron los noticieros: dos vehemencias monopolizando la tribuna. Muchedumbre rabiosa, la primera exhibe su descontento. La otra, bien nutrida a base de papel, contagia de indignación el ejercicio periodístico. Ambos grupos enfatizan la pertenencia civilizatoria, acatando la profecía cien por ciento gringa de Samuel Huntington.

Ninguno de los bandos posee la razón. Las tesis, en apariencia antagónicas, afirman dogmas. Si los musulmanes se atrincheran hostiles, la prensa escuda el abuso tras la libertad de expresión. ¿Basta ampararse en creencias para justificar arbitrariedades? El islamismo predominante arrastra un rotundo fanatismo. Sin embargo, no podemos menospreciar su cultura como lo exigen el sionismo y la estrategia estadounidense.

Lo condenable es su élite. Frente a estas teocracias, ¿qué puede remediar el periodismo? Primordialmente, despojándose de pretensiones chauvinistas, debe prescindir de los estigmas tipo Occidente y cristianismo que equivalen a razón democrática, islam y Oriente a sacrilegio terrorista. Forzoso que llame las cosas por su nombre, sin importar los intereses afectados. Antiético, no obstante, condenar la paja en el ojo ajeno estando ciegos.

El desplante nórdico no representa desarrollo libertario alguno. Mientras los daneses se obstinaron en causar un escándalo rentable, los noruegos ridiculizaron a quienes comulgan fuera de la Biblia. Irresponsables, sopesaron en absoluto que su compromiso radica en la advertencia de la estupidez, no en su práctica desaforada. Pero desde hace tiempo, los medios de comunicación —a fin de acrecentar dividendos— prefieren relegar la calidad informativa: el análisis fue destituido por el oportunismo, el reportaje de veras hondo recaló en los refritos de moda, y el conflictivo desenmascarar peces gordos quedó proscrito por el negocio de pautar anuncios. Estas caricaturas constituyen la piedra de toque de la trivial prensa contemporánea: hay una “objetividad” para los “amigos” y otra para los “enemigos”. Ahora no se distingue de los prejuicios populares. Más allá de dimensionarlos reflexivamente, participa de su propagación. En el caso europeo, canaliza un sectarismo que sintiéndose acorralado por la inmigración musulmana, teme perder espacio. Desairando la heterogeneidad de las minorías, deterioraron la convivencia democrática al consentir resquemores xenófobos.

¿A quién beneficia que, provocándolos, los musulmanes ratifiquen su afamada susceptibilidad religiosa? Un maquiavélico: “Ya ven: esta gente es un peligro”. El mar revuelto, ganancia de pescadores. De un lado, Condoleezza Rice acusa a Siria e Irán de incitar las protestas (viene como anillo al dedo a sus propósitos hegemónicos); y de otro, el presidente iraní, Mahmud Ahmadineyahel, comprueba, ante semejante “blasfemia”, la conducta diabólica de Occidente. Conviene que se mantengan las fricciones. Las manipulaciones son de orden político. Aún y cuando este ánimo caldeado potencia los nacionalismos, perjudicando no a los diarios —a pesar de los despidos y las amenazas—, tampoco a los idólatras que enardecen hormonales, sino a los miles ajenos a tanta exaltación que aspiran a marcharse de Palestina y de Irán, porque Hamas y Ahmadineyahel no traen en su corazón las buenas nuevas del profeta. Turquía también pagará los platos rotos. El racismo acumula excusas para negarle su ingreso a la Unión Europea.

Solidarizándose en teoría, muchos periódicos manejan el morbo; y luego, agotando tirajes, le quitaron la curiosidad a sus lectores. No faltan astutos al editar las ilustraciones fotografiándolas de un diario alemán. Entiéndase: “¿Buscan pleito?: remítanse a la fuente”. Insisto que la prensa desempeña un papel categórico. No hay temática que, por sagrada, esté fuera de su incumbencia. Incisiva, implacable y mordaz hacia todo poder, tendría que golpear el fanatismo. Ahí requerimos el coraje y la autonomía de la que hoy se jactan, porque en Latinoamérica, las utilidades que genera cierto lucro religioso, filtrándose a través del lavado de dinero, conforman bloques corporativistas (abogados, políticos, empresarios) que despliegan un apostolado del dinero comprando hasta la prensa. ¿Caricaturizar cuando es más elocuente averiguar sin concesión? ¿Ensañarse contra deidades abundando los intolerantes de carne y hueso?

El periodismo demanda pensar antes de escribir. Tantear las consecuencias y, sin amilanarse, inclinarnos por la verdad, así no la comparta la mayoría. Quizá por eso el oficio del periodista roce los dolores de cabeza del escritor: nadie está dispuesto a correr los riesgos que son de uno. La libertad incumbe al individuo, nunca a los sistemas. Recordemos a Salman Rushdie, condenado a muerte por el Ayatollah Jomeini. Sufrirá de por vida la fatwa, víctima de la intransigencia de un régimen cerrado a la imaginación. Es de perturbados dictar una sentencia como ésa por un esbozo prosaico. Y de embaucadores suponer que la crítica reivindica la injuria como método. ¿Comprendernos sin iracundia? En El choque de civilizaciones, Huntington —célebre e inconsistente— delata su intolerancia: “Sabemos quiénes somos sólo cuando sabemos quiénes no somos, y con frecuencia sólo cuando sabemos contra quiénes estamos”. Si aquellas caricaturas estuvieran hechas de letras, éstas serían sus repugnantes palabras.

Esta bulla me recuerda a Kierkegaard, despedazado por la avidez caricaturesca de sus compatriotas. El Corsario, una revista satírica, lo dibujó escarneciendo sus defectos físicos. A la polémica, siguió el regocijo de Copenhague, la depresión del filósofo y, obvio, el arrepentimiento del director. Según parece, entre 1846 y 2005, Dinamarca no aprendió nada del periodismo: una página que abandona la imprenta suena al cañón recién disparado. Más vale que sea honesta porque no habrá manera de reparar el daño.

 
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