Los privilegios
de la prensa
No hay temática que,
por sagrada, esté fuera de su incumbencia. Incisiva, implacable
y mordaz hacia todo poder, tendría que golpear el fanatismo.
Por Alexánder Sequén-Mónchez
La
tinta mínima de 12 caricaturas huele a pólvora.
Y la espiral mediática devastará lo que encuentre
a su paso: banderas, embajadas, personas. Terminando septiembre
de 2004, el periódico danés Hyllands-posten quiso
darle a la intolerancia musulmana una cucharada de su propio jarabe.
El editor Carsten Justen publicó una efigie de Mahoma que,
en lugar de turbante, carga esa clase de bombas —la mecha
encendida— observadas en los dibujos animados. Le salió el
tiro por la culata, y no precisamente con municiones de fantasía.
La sangre no llegó al río hasta el 10 de enero, cuando
Magazinet, reprodujo los agravios. Un pequeño detalle: esta
revista noruega obedece a una línea protestante, la cual
aportó peligrosos ribetes de revanchismo religioso. El resto
ya nos lo mostraron los noticieros: dos vehemencias monopolizando
la tribuna. Muchedumbre rabiosa, la primera exhibe su descontento.
La otra, bien nutrida a base de papel, contagia de indignación
el ejercicio periodístico. Ambos grupos enfatizan la pertenencia
civilizatoria, acatando la profecía cien por ciento gringa
de Samuel Huntington.
Ninguno de los bandos posee la razón. Las tesis, en apariencia
antagónicas, afirman dogmas. Si los musulmanes se atrincheran
hostiles, la prensa escuda el abuso tras la libertad de expresión. ¿Basta
ampararse en creencias para justificar arbitrariedades? El islamismo
predominante arrastra un rotundo fanatismo. Sin embargo, no podemos
menospreciar su cultura como lo exigen el sionismo y la estrategia
estadounidense.
Lo condenable es su élite. Frente a estas
teocracias, ¿qué puede remediar el periodismo? Primordialmente,
despojándose de pretensiones chauvinistas, debe prescindir
de los estigmas tipo Occidente y cristianismo que equivalen a razón
democrática, islam y Oriente a sacrilegio terrorista. Forzoso
que llame las cosas por su nombre, sin importar los intereses afectados.
Antiético, no obstante, condenar la paja en el ojo ajeno
estando ciegos. El desplante nórdico no representa
desarrollo libertario alguno. Mientras los daneses se obstinaron
en causar un escándalo
rentable, los noruegos ridiculizaron a quienes comulgan fuera de
la Biblia. Irresponsables, sopesaron en absoluto que su compromiso
radica en la advertencia de la estupidez, no en su práctica
desaforada. Pero desde hace tiempo, los medios de comunicación —a
fin de acrecentar dividendos— prefieren relegar la calidad
informativa: el análisis fue destituido por el oportunismo,
el reportaje de veras hondo recaló en los refritos de moda,
y el conflictivo desenmascarar peces gordos quedó proscrito
por el negocio de pautar anuncios. Estas caricaturas constituyen
la piedra de toque de la trivial prensa contemporánea: hay
una “objetividad” para los “amigos” y otra
para los “enemigos”. Ahora no se distingue de los prejuicios
populares. Más allá de dimensionarlos reflexivamente,
participa de su propagación. En el caso europeo, canaliza
un sectarismo que sintiéndose acorralado por la inmigración
musulmana, teme perder espacio. Desairando la heterogeneidad de
las minorías, deterioraron la convivencia democrática
al consentir resquemores xenófobos.
¿A quién beneficia que, provocándolos, los musulmanes
ratifiquen su afamada susceptibilidad religiosa? Un maquiavélico: “Ya
ven: esta gente es un peligro”. El mar revuelto, ganancia de
pescadores. De un lado, Condoleezza Rice acusa a Siria e Irán
de incitar las protestas (viene como anillo al dedo a sus propósitos
hegemónicos); y de otro, el presidente iraní, Mahmud
Ahmadineyahel, comprueba, ante semejante “blasfemia”,
la conducta diabólica de Occidente. Conviene que se mantengan
las fricciones. Las manipulaciones son de orden político.
Aún y cuando este ánimo caldeado potencia los nacionalismos,
perjudicando no a los diarios —a pesar de los despidos y las
amenazas—, tampoco a los idólatras que enardecen hormonales,
sino a los miles ajenos a tanta exaltación que aspiran a marcharse
de Palestina y de Irán, porque Hamas y Ahmadineyahel no traen
en su corazón las buenas nuevas del profeta. Turquía
también pagará los platos rotos. El racismo acumula
excusas para negarle su ingreso a la Unión Europea.
Solidarizándose en teoría, muchos periódicos
manejan el morbo; y luego, agotando tirajes, le quitaron la curiosidad
a sus lectores. No faltan astutos al editar las ilustraciones fotografiándolas
de un diario alemán. Entiéndase: “¿Buscan
pleito?: remítanse a la fuente”. Insisto que la prensa
desempeña un papel categórico. No hay temática
que, por sagrada, esté fuera de su incumbencia. Incisiva,
implacable y mordaz hacia todo poder, tendría que golpear
el fanatismo. Ahí requerimos el coraje y la autonomía
de la que hoy se jactan, porque en Latinoamérica, las utilidades
que genera cierto lucro religioso, filtrándose a través
del lavado de dinero, conforman bloques corporativistas (abogados,
políticos, empresarios) que despliegan un apostolado del
dinero comprando hasta la prensa. ¿Caricaturizar cuando
es más elocuente averiguar sin concesión? ¿Ensañarse
contra deidades abundando los intolerantes de carne y hueso?
El periodismo demanda pensar antes de escribir. Tantear las consecuencias
y, sin amilanarse, inclinarnos por la verdad, así no la
comparta la mayoría. Quizá por eso el oficio del
periodista roce los dolores de cabeza del escritor: nadie está dispuesto
a correr los riesgos que son de uno. La libertad incumbe al individuo,
nunca a los sistemas. Recordemos a Salman Rushdie, condenado a
muerte por el Ayatollah Jomeini. Sufrirá de por vida la
fatwa, víctima de la intransigencia de un régimen
cerrado a la imaginación. Es de perturbados dictar una sentencia
como ésa por un esbozo prosaico. Y de embaucadores suponer
que la crítica reivindica la injuria como método. ¿Comprendernos
sin iracundia? En El choque de civilizaciones, Huntington —célebre
e inconsistente— delata su intolerancia: “Sabemos quiénes
somos sólo cuando sabemos quiénes no somos, y con
frecuencia sólo cuando sabemos contra quiénes estamos”.
Si aquellas caricaturas estuvieran hechas de letras, éstas
serían sus repugnantes palabras.
Esta bulla me recuerda a Kierkegaard, despedazado por la avidez
caricaturesca de sus compatriotas. El Corsario, una revista satírica,
lo dibujó escarneciendo sus defectos físicos. A la
polémica, siguió el regocijo de Copenhague, la depresión
del filósofo y, obvio, el arrepentimiento del director.
Según parece, entre 1846 y 2005, Dinamarca no aprendió nada
del periodismo: una página que abandona la imprenta suena
al cañón recién disparado. Más vale
que sea honesta porque no habrá manera de reparar el daño. |