Semanario de Prensa Libre • No. 87 • 5 de Marzo de 2006    


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Opinión

Ni justicia ni paz
Usando la amenaza del terrorismo como excusa, Estados Unidos ha encerrado sus ideales en un cajón de algún lugar.

Por Bob Herbert

Si usted conversa el tiempo suficiente con Maher Arar, incluso por vía telefónica, tendrá la perturbadora sensación de que está hablando con alguien cuya vida fue hecha añicos como un ventanal.

“A veces, tengo la sensación de que me quiero ir a vivir a otro planeta”, me dijo. “A un planeta totalmente distinto al planeta Tierra, ¿sabe?”

Arar, gracias al gobierno de Estados Unidos, fue sometido a la agonía casi incomprensible de ser torturado. Ahora, él está tratando de vivir con las consecuencias de la tortura, la cual es su propia forma de agonía.

El 26 de septiembre del 2002, Arar, ciudadano canadiense nacido en Siria, fue llevado bajo custodia por autoridades estadounidense en el Aeropuerto Kennedy, en Nueva York. Lo encerraron, para después esposarlo y colocarle grilletes en los tobillos, acusado de ser “uno de los integrantes de una conocida organización terrorista”.

No había pruebas que sustentaran dicha acusación, y hasta la fecha no ha salido ninguna evidencia a la luz. No obstante, como parte de la abominable política de Estados Unidos conocida como “rendición extraordinaria”, Arar fue embarcado a Siria, donde lo mantuvieron encerrado en una celda subterránea, similar a una tumba e infestada de ratas, y fue torturado. (Cuando lo visité en Ottawa el año pasado, él me dijo cómo había gritado y llorado y cómo les había suplicado tanto a Dios como a sus captores que tuvieran piedad.)

Luego de 10 meses, fue liberado. Nunca se entablaron cargos en su contra.
Telefoneé a Arar la semana pasada después que un juez federal en Brooklyn desechara una querella en la cual Arar había buscado una compensación por parte del gobierno de Estados Unidos a causa del suplicio que enfrentó.

“Ya no siento que sea la misma persona”, dijo. “Siento que mi cerebro o mi ser interno no quiere pensar en lo qué está ocurriendo. Mi alma trata de distanciarse de la realidad”.

La realidad, dijo, es que su vida prácticamente ha quedado destruida. él siente miedo. Se ha vuelto psicológica y mentalmente distante respecto de su esposa y sus dos hijos pequeños. Sufre pesadillas. No puede encontrar un empleo. Gira vertiginosamente de un brote de depresión al otro. Además, algunos ex amigos que son musulmanes ya no se relacionan con él debido a que “ellos temen convertirse en el siguiente objetivo”.

“Quiero decir, es evidente, nadie quiere saber de mí”, dijo. “Después de los atentados del 11 de septiembre del 2001, todo aquél con la etiqueta de terrorismo, pues, está condenado”.

Arar, actualmente de 35 años de edad, llevaba una vida desahogada como ingeniero programador antes de caer en el demoníaco abrazo del programa de rendición. Ahora nadie lo contrata. “Lo expresan de manera cortés”, dijo. “Le han dicho a la gente: Mira, nosotros creemos que él es inocente. Pero, sabes, no deseamos contratarlo”.

Las propias dificultades psicológicas de Arar han vuelto más complejos los desafíos externos que él enfrenta. “Fui invitado a Vancouver para hablar, al oeste de aquí”, comentó. “Pero, ya no puedo abordar el avión. Psicológicamente, me da mucho miedo volar. Así que no pude asistir”.

Asimismo, relató cómo frecuentemente carece de la confianza o motivación para desempeñar incluso tareas menores, y a menudo se siente abrumado por el pensamiento de algo tan ordinario como una reunión programada con el director de la escuela en la que estudia su hija, de nueve años de edad.

Después, contó que su hijo de cuatro años, Houd, entra en pánico cada vez que piensa que su padre está por salir a la calle. “El siempre quiere venir conmigo”, dijo Arar. “Insiste, y llora si yo no lo puedo llevar conmigo. Teme que si yo salgo, nunca vaya a regresar”.

Así que la pesadilla que empezó con la rendición continúa sin ningún final a la vista. Arar se siente agradecido de que su esposa fue capaz de obtener un empleo el año pasado con un partido político. “No gana mucho dinero”, dijo, “pero si ella no hubiera encontrado un empleo, nosotros estaríamos en una situación en verdad miserable. Actualmente estamos sobreviviendo a duras penas”.

Pese a todo, ha llegado apoyo emocional inesperado por parte de canadienses ordinarios; con frecuencia, personas extrañas se acercan a Arar en la calle y estrechan su mano. “A veces, hacen comentarios del tipo de, Estamos contigo, o Te apoyamos”, dijo. “Eso significa mucho para mí”.

El programa de rendición constituye un ejemplo más de la forma en que Estados Unidos, usando la amenaza del terrorismo como excusa, ha encerrado sus ideales en un cajón de algún lugar. Nosotros ya ni siquiera simulamos un respeto sin convicción hacia ellos. No se considera que una persona como Arar tenga derechos. Ni siquiera lo ven como un ser humano. A él se lo llevaron en conformidad con la política oficial de Estados Unidos, y lo trataron como a un animal.

“Ellos le está haciendo esto a la gente y está mal, muy, pero muy mal”, afirmó Arar. “Esta es una práctica malvada, y yo quiero que ellos lo reconozcan. Quiero que ellos reconozcan que lo que me hicieron fue inmoral”.

c. 2006 - The New York Times News

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