Cotzumalguapa en El Salvador
Las milenarias ruinas de Cara Sucia son testimonio
de la grandeza de la cultura de Cotzumalguapa, que se extendió hacia
el sur.
Texto y foto Sebástien Perrot-Minot
Mucho se ha escrito acerca de la cultura de Cotzumalguapa, que
floreció en
la costa del Pacífico y las tierras altas de Guatemala, entre 600 y 1000
d. C. Sus mayores centros conocidos son El Baúl y Bilbao, en Santa Lucía
Cotzumalguapa (Escuintla). Los museos del ingenio El Baúl y de la finca Las Ilusiones, en Santa Lucía,
permiten apreciar docenas de monumentos esculpidos en el característico
estilo; muestran una religión enfocada en la fertilidad agrícola,
un énfasis en el juego de pelota y el sacrificio humano así como
una ideología guerrera y conquistadora. La mayoría de los vestigios
de los antiguos cotzumalguapas se han hallado en Guatemala. No obstante, en El
Salvador, el sitio de Cara Sucia es otro importante legado de la misma cultura,
situado al extremo suroriental del territorio de los cotzumalguapas.

Juego
de pelota |
El Parque Arqueológico Cara Sucia está a sólo 12 kilómetros
de la frontera guatemalteca, en la costa occidental de El Salvador, pocos kilómetros
al sur de las maravillosas montañas del Parque Nacional El Imposible.
Es de fácil acceso desde la carretera del Litoral, donde lo anuncia un
rótulo puesto el año pasado. Conocido localmente como “Los
cerritos”, este sitio prehispánico es uno de los más importantes
de El Salvador pero ha vivido una verdadera tragedia griega: desde su grandeza,
hace más de mil años, hasta su depredación hace 25 años.
Las ruinas parecen dormidas y olvidadas en su cama vegetal, de
monte y árboles.
No obstante, el sitio nunca dejó de intrigar a los investigadores, desde
que en 1892 el historiador Santiago Barberena reportara el “hermosísimo
disco de piedra”, que hoy se exhibe en el Museo Nacional de Antropología
Dr. David J. Guzmán, de San Salvador, y que se ha vuelto el símbolo
del Banco Cuscatlán. El monumento muestra la cara feroz de un jaguar,
que recuerda mucho la cara del imponente “Tigre” de piedra de El
Baúl.
En el tiempo de Barberena, el sitio todavía estaba hundido en un denso
bosque subtropical, donde deambulaban un sinnúmero de monos. Estos animales
ocupaban un lugar importante en la religión de los cotzumalguapas, y aparecen
en muchas antigüedades de Cara Sucia (por ejemplo, en un enorme incensario
ceremonial que se puede admirar en el Museo Nacional de Antropología).
En la primera mitad del siglo 20, algunos exploradores mencionaron
el sitio de Cara Sucia, hacia el cual era muy difícil el acceso, pues no existía
la carretera del Litoral. En 1958, el destacado científico alemán
Franz Termer quiso investigar el sitio, pero los dueños de la hacienda
Cara Sucia no le dieron permiso, según me cuenta el Dr. Wolfgang Haberland,
que ha sido alumno de Termer. Los propietarios habían restringido considerablemente
el acceso al sitio, y lo protegían celosamente. Sin embargo, en los años
1960, el arqueólogo norteamericano Stanley Boggs tuvo el privilegio de
hacer el primer reconocimiento del lugar. Existían entonces 31 montículos
(restos de antiguos edificios), en un área de 20 hectáreas. Pero
el profundo arado de la entonces algodonera borró poco a poco los montículos
más bajos (el tractor no pasaba encima de las estructuras mayores).
En 1980, en medio de crecientes tensiones políticas, la Junta de Gobierno
de El Salvador ordenó una reforma agraria. El último dueño
de la hacienda Cara Sucia, don Alfonso Salaverría, fue despojado de sus
tierras. Un masivo saqueo arqueológico empezó entonces, causando
enormes destrucciones. Las despiadadas palas y piochas sacaron numerosas piezas,
especialmente de las tumbas y ofrendas, y muchas antigüedades salieron del
país. Se registraron más de 6 mil hoyos ilícitos, de los
cuales 3 mil han sido rellenados. El resto permanece como una triste cicatriz
y un testimonio para las generaciones futuras.
La gigantesca depredación fue detenida por la fuerza pública en
1981, y luego se ordenaron excavaciones arqueológicas, a cargo de Jorge
Mejía. El arqueólogo estadounidense Paul Amaroli realizó más
estudios, en 1983, 1986 y 1987.
En 2004, la misión arqueológica franco-salvadoreña llevó a
cabo una prospección eléctrica y magnética, para detectar
construcciones enterradas. Y este año, tuve el honor de dirigir nuevas
excavaciones en Cara Sucia, bajo la autoridad del Consejo Nacional para la Cultura
y el Arte (gobierno de El Salvador), y gracias al apoyo financiero de la Embajada
de Francia en El Salvador, el Centro Francés de Estudios Mexicanos y Centroamericanos
(CEMCA) y la Fundación Nacional de Arqueología de El Salvador (FUNDAR).
Para apreciar bien el sitio se recomienda subir a la cumbre de
la pirámide
principal, de 14 metros de altura. Los otros edificios incluyen pirámides
más pequeñas, una acrópolis (soportando 4 montículos
pequeños) y un gran juego de pelota. Las últimas excavaciones revelaron,
debajo de la cancha, a un metro de profundidad, una casa aristocrática
con sus cimientos de canto rodados. Los empedrados y el revestimiento de los
edificios evidencian también la importancia de las piedras de río
en la arquitectura. Las esculturas, las vasijas, los incensarios, las figurillas,
los malacates decorados, las navajas de obsidiana y las humildes piedras de moler
constituyen otros testimonios de la intensa actividad que existió alguna
vez en el sitio.
La ocupación humana en Cara Sucia se remonta al menos a 800 a. C., y desde
un principio, los habitantes supieron aprovechar las riquezas del océano:
los pescados, los moluscos y la sal. El sitio alcanzó su auge entre 600
y 900 d. C., cuando floreció allí la intrépida cultura de
Cotzumalguapa. Luego, Cara Sucia colapsó, probablemente bajo los golpes
de invasores mexicanos. Cuando Pedro de Alvarado pasó por la zona, en
1524, el sitio ya había caído en el olvido. Pero en sus tumbas,
los antiguos cotzumalguapas se decían tal vez, como Tertuliano: “El
tiempo todo lo descubre”.
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