Semanario de Prensa Libre • No. 97 • 14 de Mayo de 2006    


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Bienvenido al mundo del sida
Vi hacia todos lados y ella no estaba. Rápidamente pensé: ¡Mi billetera!, pero el dinero estaba completo.

Por Eugenio Véliz

Toda la semana mi esposa se había estado preparando para ir a la fiesta. La Banda FM de Zacapa, la Disco Power y el grupo Rana iban a amenizar, por lo que sería algo estupendo. Pero esa tarde vi a una chica muy hermosa caminar en la calle, por lo que la invité a subir al Cámaro de mi jefe, el cual me había prestado para ir a depositar al banco los Q1 mil de las ventas del día anterior.

Nunca creí que Linda (así se llamaba la chica) aceptaría que la llevara al hotel donde se hospedaba. La invité a la fiesta de esa noche y aceptó, así que no deposité el dinero, porque podría servirme esa noche. Mi esposa nunca se enteraría y le pondría como pretexto que tendría una “junta con mi jefe”.

Inocentemente mi esposa creyó lo que le dije y con dulzura me contestó: “primero está tu trabajo, luego habrá tiempo para ir a muchas fiestas más”.

Fue una fiesta formidable, bailamos estrechados hasta después de la media noche. Cuando consideré que los deseos que yo sentía, me eran correspondidos la llevé al hotel. Nos envolvimos en un laberinto de amor que duró hasta al amanecer.

Cuando desperté, al día siguiente, eran las 9 horas. Vi hacia todos lados y ella no estaba. Rápidamente pensé: ¡Mi billetera!, pero el dinero estaba completo. Se había marchado sin llevarse ni un centavo. Me cambié inmediatamente y fui al baño a lavarme. Vi un crayón de labios sobre el lavamanos y un mensaje escrito en el espejo que decía: “Bienvenido al mundo del sida”.

Mis facciones cambiaron totalmente. Un extraño escalofrío cubrió mi cuerpo, los vellos se me erizaron y sentí que mi cabeza daba vueltas como un trompo. Mil ideas vinieron a mi mente, la primera fue suicidarme, pero inmediatamente pensé en mi familia ¿Qué sería de ellos?. También me pregunté si el mensaje de Linda sería verdad o solamente una broma.

Cuando me di cuenta, el astro rey estaba por ocultarse, no quise ir a dormir a mi casa y como un pordiosero me quedé a dormir en la banqueta de uno de los parques de la ciudad.

Al otro día, ya más sereno, busqué información relacionada con el sida y un médico especialista me dijo que debía hacerme exámenes en unos cuatro meses, porque en esos momentos no arrojarían ningún resultado, así que tuve que esperar. Mi esposa y mis hijos sintieron mi alejamiento, pues ya no los abrazaba ni besaba como antes.

Por fin llegó el día esperado. Había bajado casi 10 libras de peso debido a que durante ese tiempo casi no comía. Después de tres horas de esperar me tocó mi turno y extrajeron la muestra de sangre y me dijeron que volviera ocho días después para recibir los resultados. Volví la fecha indicada y ese día el médico me dijo: “Los resultados son positivos.. lo siento es demasiado tarde. ¡Ya es demasiado tarde... tienes que ir a trabajar! Eran las palabras que repetía mi esposa cuando desperté sobresaltado. Vi a mis hijos y mi esposa, y los abracé... mis ojos comenzaron a llenarse de lágrimas.

 
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