Bienvenido al mundo del sida
Vi hacia todos lados y ella no estaba. Rápidamente
pensé: ¡Mi billetera!, pero el dinero estaba completo.
Por Eugenio Véliz
Toda la semana mi esposa se había estado
preparando para ir a la fiesta. La Banda FM de Zacapa, la Disco
Power y el grupo Rana iban a amenizar, por lo que sería
algo estupendo. Pero esa tarde vi a una chica muy hermosa caminar
en la calle, por lo que la invité a subir al Cámaro
de mi jefe, el cual me había prestado para ir a depositar
al banco los Q1 mil de las ventas del día anterior.
Nunca creí que Linda (así se llamaba la chica) aceptaría
que la llevara al hotel donde se hospedaba. La invité a la fiesta de esa
noche y aceptó, así que no deposité el dinero, porque podría
servirme esa noche. Mi esposa nunca se enteraría y le pondría como
pretexto que tendría una “junta con mi jefe”.
Inocentemente mi esposa creyó lo que le dije y con dulzura me contestó: “primero
está tu trabajo, luego habrá tiempo para ir a muchas fiestas más”.
Fue una fiesta formidable, bailamos estrechados hasta después de la media
noche. Cuando consideré que los deseos que yo sentía, me eran correspondidos
la llevé al hotel. Nos envolvimos en un laberinto de amor que duró hasta
al amanecer.
Cuando desperté, al día
siguiente, eran las 9 horas. Vi hacia todos lados y ella no estaba.
Rápidamente pensé: ¡Mi billetera!,
pero el dinero estaba completo. Se había marchado sin llevarse ni un
centavo. Me cambié inmediatamente y fui al baño a lavarme. Vi
un crayón
de labios sobre el lavamanos y un mensaje escrito en el espejo que decía: “Bienvenido
al mundo del sida”.
Mis facciones cambiaron totalmente.
Un extraño escalofrío cubrió mi
cuerpo, los vellos se me erizaron y sentí que mi cabeza daba vueltas
como un trompo. Mil ideas vinieron a mi mente, la primera fue suicidarme, pero
inmediatamente pensé en mi familia ¿Qué sería de
ellos?. También
me pregunté si el mensaje de Linda sería verdad o solamente una
broma.
Cuando me di cuenta, el astro rey estaba por ocultarse, no quise
ir a dormir a mi casa y como un pordiosero me quedé a dormir en la banqueta de uno
de los parques de la ciudad.
Al otro día, ya más sereno, busqué información relacionada
con el sida y un médico especialista me dijo que debía hacerme
exámenes en unos cuatro meses, porque en esos momentos no arrojarían
ningún resultado, así que tuve que esperar. Mi esposa y mis hijos
sintieron mi alejamiento, pues ya no los abrazaba ni besaba como antes.
Por fin llegó el día esperado. Había bajado casi 10 libras
de peso debido a que durante ese tiempo casi no comía. Después
de tres horas de esperar me tocó mi turno y extrajeron la muestra de sangre
y me dijeron que volviera ocho días después para recibir los resultados.
Volví la fecha indicada y ese día el médico me dijo: “Los
resultados son positivos.. lo siento es demasiado tarde. ¡Ya es demasiado
tarde... tienes que ir a trabajar! Eran las palabras que repetía mi esposa
cuando desperté sobresaltado. Vi a mis hijos y mi esposa, y los abracé...
mis ojos comenzaron a llenarse de lágrimas. |