Presto non troppo
Cine mudo Guatemalteco
Una experiencia singular
Por Paulo Alvarado
presto_non_troppo@yahoo.com
Definido lacónicamente por el diccionario
como aquel tipo de cine que no conlleva sonido, el término “mudo” se
antoja bastante despectivo para un arte que desde sus primeros
momentos produjo obras de gran valor estético a pesar
de que le faltaba la tecnología para proveer al registro
visual con su correspondiente registro sonoro.
Con todo, el cine mudo marcó el ulterior desarrollo de muchas
artes. Gracias a pioneros como Méliès, Feuillade
y Linder, y partiendo de la pantomima, transmutó y rebasó las
posibilidades prácticas del circo y del teatro, para llegar
a figuras indispensables en la historia de la cinematografía,
como Lloyd, Keaton o Chaplin, y su lenguaje no desapareció automáticamente
cuando surgió el cine sonoro a finales de los años
veinte. En buena medida esto se debía a las considerables
dificultades técnicas que presentaba no sólo la
toma de sonido al momento del rodaje, sino su acoplamiento a
la imagen en la edición final del celuloide. Sin embargo,
en tanto expresión artística, el mudo, el blanco
y negro, el formato de 8 ó 16 milímetros, todos
mantienen su validez en una era saturada de sonido, color y recursos
digitales.
En Guatemala se produce, todavía hasta finales de los sesentas,
una sucesión de películas breves que han caído
en el olvido o que pocos conocen. Bajo la tutela de la Universidad
de San Carlos y con el impulso organizativo de la Cinemateca
Universitaria “Enrique
Torres”, en el transcurso del pasado año y medio
tomó forma
la idea de un acercamiento a dicho cine con varias proyecciones
de una colección de cortos guatemaltecos filmados entre
1926 y 1968. Además, estas galas de cine mudo han contado
con una musicalización en vivo que le agrega encanto y
elementos de espontaneidad, como se solía hacer en otrora.
El filme que corre inexorable y el músico que lo interpreta
cual partitura gigante, extemporizando en el mismo instante de
su representación
al público. Así, de documentales como Tacita de Plata (1926) y Coronación
de la Virgen del Rosario (1934), hasta ficciones como Violencia
(1948) de Alfredo Mackenney y Dinero ensangrentado (1955) de
Marcel Reichenbach, estas sesiones han revivido un pasado próximo
-y, a la vez, remoto- que sirve para descubrir los esfuerzos
de los precursores de la cinematografía nacional de actualidad.
La experiencia, singular, de un cine que habla sin necesidad
de sonido.
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