Semanario de Prensa Libre • No. 97 • 14 de Mayo de 2006    


   Portada
   Editorial
   Claroscuro
   Cartas
   D todo un poco
   D frente
   D reportaje
   D portafolio
   D fondo
   D arte
   D mundo
   D cultura
   D farándula
   D viaje
   Punto final
   D archivo
   Directorio


D frente

Roberto Díaz Castillo:
Me asombra seguir vivo
Roberto Díaz Castillo era presidente de la Asociación de Estudiantes Universitarios cuando cayó el gobierno de Jacobo Árbenz en 1954. Hace dos años sufrió un derrame cerebral pero sigue trabajando al frente del Centro Cultural Santo Tomás, de la USAC.

Texto y foto Gustavo Adolfo Montenegro

Aunque ha sido difícil superar el derrame cerebral que sufrió en 2004, ningún suceso ha sido más duro para Roberto Díaz Castillo que haber enfrentado el asesinato de su hijo José León Díaz Bermúdez, estudiante de medicina, en junio de 1980, durante la ola de represión militar en contra de diversos sectores. “Yo responsabilizo al (entonces presidente) general Romeo Lucas García por la muerte de mi hijo”, dice el escritor Díaz Castillo, quien salió al exilio aquel mismo año y volvería a Guatemala hasta 1994. Desde 1996, ha promovido la restauración y realización de actividades culturales en el antiguo Colegio de Santo Tomás, hoy Centro Cultural de la USAC en Antigua Guatemala.

"No tenía una identificación partidaria, ni ideológica. Solo nos interesaba el proceso revolucionario"

¿Cómo resumiría su vida en un minuto?

Tengo 75 años, que son la culminación de varias etapas que comienzan con mi adolescencia, los estudios secundarios, luego mi vida universitaria y mi participación en el debate nacional, también mis exilios, que son dos: uno en Chile, otro en Nicaragua; después, mi retorno al país que también coincide con mi vuelta a la actividad universitaria, en este tan querido Colegio Mayor de Santo Tomás, al cual estoy vinculado desde 1967 cuando la Universidad recuperó la propiedad de este inmueble, que se había perdido por la reforma liberal de 1871, cuando el gobierno confiscó y subastó las propiedades de la Iglesia.

Para quien no conoce ¿qué es el Colegio Mayor de Santo Tomás en la actualidad?

Es un centro cultural en el sentido más amplio: realizamos actividades académicas y culturales con un gran abanico de diversidad. Durante unos 40 sábados al año tenemos presentaciones de libros, lecturas de poesía, recitales de música, exposiciones de fotografía, pintura, escultura; también cine, teatro y algunos eventos de danza.

¿Cuán difícil es el trabajo de promoción cultural?

He contado con el apoyo de intelectuales amigos. Gracias a la colaboración de ellos resulta hasta cierto punto fácil. Lo que no ha sido tan sencillo ha sido la restauración de este recinto que , como le cuento a partir de 1999 ha sufrido una transformación grande: lo hemos restaurado y acondicionado gracias al apoyo de entidades privadas como la Cooperación Española, el club Rotario, la Fundación para la Conservación de la ciudad de Antigua, la Fundación G&T Continental, y el hotelmuseo Casa Santo Domingo, con el cual colindamos y compartimos el Paseo de los Museos.

Usted forma parte de una generación de guatemaltecos que vivieron, de jóvenes, llamada Primavera Democrática ¿cómo se siente al respecto?

Es cierto. Es una generación que se debe a esos 10 años de primavera en el país de la eterna tiranía, como decía Luis Cardoza. La mayor parte de quienes conformamos todavía un grupo afín, nos conocimos durante la época que estudiamos en el Instituto Nacional Central para Varones: entre ellos le puedo mencionar al arquitecto Amérigo Giracca, el abogado Mario López Larrave, el antropólogo Carlos Navarrete y también el estudiante Edgar Lemke, asesinado en una manifestación de apoyo al presidente Arévalo cuando todavía no cumplía 20 años. Esos tan sólo son algunos nombres, hay más...

¿A quienes considera sus maestros?

Eso fue el gran aporte de la Revolución de Octubre a la formación de nosotros. El escritor Enrique Muñoz Meany fue maestro nuestro, también el historiador Jorge Luis Arriola. El dramaturgo Manuel Galich, fue nuestro director del Instituto. Todos ellos tuvieron que dejar la aulas porque fueron funcionarios de gobierno, no obstante su juventud.

Como que entonces era otra la juventud...

Soy muy crítico, sanamente. Comparo nuestras inquietudes puestas en el presente y futuro del país, con la actual apatía de los jóvenes hacia los problemas nacionales. Pero esto no es casual, está condicionado por las circunstancias históricas, por la represión que se vivió. En aquel entonces veíamos un país en proceso de restauración.

Los felices años

Roberto Díaz Castillo nació en abril de 1931, vivió en la 5ª. Avenida norte, No. 73, que hoy es, la cuadra entre la 1a. y 2a. calles de la zona 1. Sin embargo, tras haber estudiado en la Escuela de Párvulos No.1, su familia se trasladó a Cobán, en donde completó la primaria. Así recuerda ese tiempo: “Era una ciudad jardín. Ya no lo es hoy. La presencia de los alemanes en Cobán hizo posible el florecimiento de muchas fincas, que los entonces patojos gozábamos durante los paseos. No teníamos madurez suficiente para detenernos en el análisis de aspectos como la explotación del trabajador indígena”.

¿Cuándo entra al Instituto Central para Varones?

En el año 1944. Estaba militarizado. Todos los planteles lo estaban. Por lo tanto, íbamos uniformados. Eramos soldados.

¿Como se sentía en esa condición de soldado?

No teníamos, a los 13 años, capacidad de darnos cuenta que era una medida dictatorial. Lo veíamos con naturalidad y como jovencitos inexpertos nos gustaba ponernos el uniforme de gala y marchar. Hoy vemos todo eso con otros ojos…

¿Cómo llegó la rebelión al instituto?

Los más pequeños aprendimos de los que estaban en grados mas altos a proceder como ellos cuando se produjeron los hechos que desembocaron el 20 de octubre. Fue una protesta, en el patio, contra el uso del uniforme. Recuerdo que había 4 araucarias y bajo ellas nos quitamos las guerreras y las tiramos al suelo. No teníamos armas porque días antes las habían retirado, por temor justamente a algo como eso.

¿Como cambio la vida?

Fue una tremenda ilusión y emoción. Llegaron aquellos y otros maestros. Recuerdo que estudiábamos con entusiasmo dos materias: la literatura guatemalteca y principios de filosofía, Nos las impartían René Montes Cóbar y Ramón Cadena, ambos recién salidos de la Penitenciería en donde la dictadura los había tenido encarcelados.

Cuando cayó el gobierno de Arbenz, en 1954, ¿dónde estaba usted?

Estaba yo de presidente de la Asociación de Estudiantes Universitarios. Pronuncié un discurso por la TGW, antes del derrumbe de Árbenz, justo cuando sobrevolaban la ciudad los aviones norteamericanos con lo cual se consumaba parte de la intervención.

¿Y qué pasó al renunciar Árbenz?

Nos desconcertó mucho. Teníamos muchas esperanzas cifradas en él. No lo censuro, hoy comprendemos muchas de las razones que lo llevaron a tomar esa decisión. Se había dado un acorralamiento al gobierno revolucionario. Lo cierto fue que quienes pudimos escapar nos asilamos. En mi caso, junto a otros compañeros, buscamos asilo en la embajada de Chile.

¿Cuanto duró ese primer exilio?

Cuatro años. Fue a Chile, porque había estado, meses atrás, en una delegación junto al doctor Carlos Martínez Durán, rector de la Universidad.

Políticamente ¿como se identificaba?

No tenía una identificación partidaria, ni ideológica. Solo nos interesaba el proceso revolucionario. Bueno, eso coincidía más con la izquierda y luchábamos contra la derecha. En aquella época la AEU era una voz importante en la política, sin ser política. Fuimos claros en decir que defendíamos la soberanía nacional.

¿Cómo sobrevivió en Chile?

Trabajé en la Universidad, fui ayudante de una cátedra en la facultad de Bellas Artes. Me interesó mucho el estudio de las artes populares, por ello, años después fundamos el Centro de Estudios Folklóricos de la USAC, Cefol.

¿En qué era diferente el país, cuatro años después?

Nos fuimos con la huella de esos 10 años democráticos y volvimos cuando se habían iniciado los gobiernos de dictadura. Empezamos a ser perseguidos, otros asesinados. Todos pasamos por las cárceles, por esa misma Tigrera.

Su vida
Roberto Díaz Castillo nació en la ciudad de Guatemala en 1931.

- Ha sido ensayista, investigador universitario, dirigente estudiantil y editor. Fundó y dirigió publicaciones como Arte y literatura, Lanzas y letras, Estudios, Alero, Cuadernos universitarios, Tradiciones de Guatemala y La tradición popular.

- Es licenciado en Historia por la Universidad de San Carlos de Guatemala. Cofundador del Centro de Estudios Folklóricos, Cefol.
Fue director de la Editorial Nueva Nicaragua durante 13 años. Autor de libros como Luis Cardoza y Aragón: ciudadano de la Vía Láctea, Las redes de la memoria y Para no saber de olvido.

¿Ud. también estuvo en la Tigrera?

Sí, era una celda del segundo cuerpo, pura jaula del zoológico La Aurora, creo que por eso le pusieron así. Era maloliente y siniestra. Yo estudié Derecho e hicimos trabajo a favor de los presos políticos. Llegamos a sacar a 51 personas de la cárcel, entre ellos a Rodrigo Asturias, tras un proceso de 15 meses. También me tocó hacer la defensa de Jorge Sarmientos y Carlos Navarrete. Lo peor es que no eran tribunales civiles, sino una auditoría de guerra. Cuando me detuvieron también se llevaron al escultor Dagoberto Vásquez y a José Luis Balcárcel. Estuvimos desde octubre hasta el día antes de Navidad.

¿De qué los acusaron?

De atentar contra la ley de Defensa de las Instituciones Democráticas. ¿Cuál democracia? Pero suerte que entonces no mataban a la gente. Después sólo la desaparecían. En fin ese fue el país que encontramos de regreso.

¿Cuándo se fue al exilio otra vez?

Yo fui Secretario General de la USAC en el gobierno de Carlos Arana (1970-74). Fueron asesinados muchos profesores y estudiantes, entre ellos mi José León. No sé si fue una represalia contra mí. Yo había recibido amenazas por teléfono y escritas, pero a raíz de su muerte, salí del país, primero a México donde estuve trabajando en una editorial junto a Augusto Monterroso. Después me fui a Nicaragua donde el escritor Sergio Ramírez me llamó para fundar y dirigir la editorial Nueva Nicaragua, en la que estuve durante 13 años. Fue la editorial más relevante de Centroamérica pues publicábamos tirajes de entre 5 mil y 50 mil ejemplares.

¿Por qué regresar?

Cuando llegó al poder Ramiro de León Carpio (1993), parecía una esperanza de cambio. Empecé a trabajar en FLACSO, como encargado de publicaciones. Poco después me llamaron de la Universidad.

¿Y ha perdido la esperanza del cambio?

Creo que aunque la esperanza no este bien cimentada, vale. Como decía hace poco Alfonso Bauer Paiz: está decepcionado pero seguirá en la lucha. O bien una frase del escritor Robert Frost, que es como un lema para mí: no hay que dejar de creer en algo simplemente porque se ha vuelto increíble.

¿Cambió mucho su vida con el derrame?

Me asombra seguir vivo y no haber perdido el optimismo. Me cuesta caminar, pero más me cuesta estar sentado. Al salir del hospital tenía la boca torcida, era una mueca tremenda. Yo me inventé que el doctor Barnoya me dijo: ¿Y usted de qué se está riendo?

¿Cuál es actualmente su sueño?

Este trabajo que hago, que he hecho, de verdad es un sueño. Tengo la suerte de que mi sueño se ha tornado en realidad.

 
© Copyright 2004 Prensa Libre. Derechos Reservados.
Se prohibe la reproducción total o parcial de este sitio web sin autorización de Prensa Libre.
revistad@prensalibre.com.gt
www.prensalibre.com