Roberto Díaz Castillo:
Me asombra seguir vivo Roberto Díaz Castillo era presidente de la Asociación de Estudiantes
Universitarios cuando cayó el gobierno de Jacobo Árbenz en 1954.
Hace dos años sufrió un derrame cerebral pero sigue trabajando
al frente del Centro Cultural Santo Tomás, de la USAC.
Texto y foto Gustavo Adolfo Montenegro
Aunque ha sido difícil superar el derrame cerebral que sufrió en
2004, ningún suceso ha sido más duro para Roberto Díaz Castillo
que haber enfrentado el asesinato de su hijo José León Díaz
Bermúdez, estudiante de medicina, en junio de 1980, durante la ola de
represión militar en contra de diversos sectores. “Yo responsabilizo
al (entonces presidente) general Romeo Lucas García por la muerte de mi
hijo”, dice el escritor Díaz Castillo, quien salió al exilio
aquel mismo año y volvería a Guatemala hasta 1994. Desde 1996,
ha promovido la restauración y realización de actividades culturales
en el antiguo Colegio de Santo Tomás, hoy Centro Cultural de la USAC en
Antigua Guatemala.

"No tenía
una identificación partidaria, ni ideológica.
Solo nos interesaba el proceso revolucionario"
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¿Cómo resumiría su
vida en un minuto?
Tengo 75 años, que son la culminación de varias etapas
que comienzan con mi adolescencia, los estudios secundarios, luego
mi vida universitaria y mi participación en el debate nacional,
también mis exilios, que son dos: uno en Chile, otro en
Nicaragua; después, mi retorno al país que también
coincide con mi vuelta a la actividad universitaria, en este tan
querido Colegio Mayor de Santo Tomás, al cual estoy vinculado
desde 1967 cuando la Universidad recuperó la propiedad de
este inmueble, que se había perdido por la reforma liberal
de 1871, cuando el gobierno confiscó y subastó las
propiedades de la Iglesia.
Para quien no conoce ¿qué es el Colegio Mayor de Santo Tomás
en la actualidad?
Es un centro cultural en el sentido más amplio: realizamos actividades
académicas y culturales con un gran abanico de diversidad. Durante unos
40 sábados al año tenemos presentaciones de libros, lecturas de
poesía, recitales de música, exposiciones de fotografía,
pintura, escultura; también cine, teatro y algunos eventos de danza.
¿Cuán difícil es el trabajo de promoción
cultural?
He contado con el apoyo de intelectuales amigos. Gracias a la colaboración
de ellos resulta hasta cierto punto fácil. Lo que no ha sido tan sencillo
ha sido la restauración de este recinto que , como le cuento a partir
de 1999 ha sufrido una transformación grande: lo hemos restaurado y acondicionado
gracias al apoyo de entidades privadas como la Cooperación Española,
el club Rotario, la Fundación para la Conservación de la ciudad
de Antigua, la Fundación G&T Continental, y el hotelmuseo Casa Santo
Domingo, con el cual colindamos y compartimos el Paseo de los Museos.
Usted forma parte de una generación de guatemaltecos que vivieron, de
jóvenes, llamada Primavera Democrática ¿cómo se
siente al respecto?
Es cierto. Es una generación
que se debe a esos 10 años de primavera
en el país de la eterna tiranía, como decía Luis Cardoza.
La mayor parte de quienes conformamos todavía un grupo afín,
nos conocimos durante la época que estudiamos en el Instituto Nacional
Central para Varones: entre ellos le puedo mencionar al arquitecto Amérigo
Giracca, el abogado Mario López Larrave, el antropólogo Carlos
Navarrete y también el estudiante Edgar Lemke, asesinado en una manifestación
de apoyo al presidente Arévalo cuando todavía no cumplía
20 años. Esos tan sólo son algunos nombres, hay más...
¿A
quienes considera sus maestros?
Eso fue el gran aporte de la Revolución de Octubre a la formación
de nosotros. El escritor Enrique Muñoz Meany fue maestro nuestro,
también
el historiador Jorge Luis Arriola. El dramaturgo Manuel Galich, fue nuestro
director del Instituto. Todos ellos tuvieron que dejar la aulas porque fueron
funcionarios de gobierno, no obstante su juventud.
Como que entonces era otra la juventud...
Soy muy crítico, sanamente. Comparo nuestras inquietudes puestas en
el presente y futuro del país, con la actual apatía de los
jóvenes
hacia los problemas nacionales. Pero esto no es casual, está condicionado
por las circunstancias históricas, por la represión que se
vivió.
En aquel entonces veíamos un país en proceso de restauración.
Los felices años
Roberto Díaz Castillo nació en abril de 1931, vivió en
la 5ª. Avenida norte, No. 73, que hoy es, la cuadra entre la 1a. y 2a.
calles de la zona 1. Sin embargo, tras haber estudiado en la Escuela de Párvulos
No.1, su familia se trasladó a Cobán, en donde completó la
primaria. Así recuerda ese tiempo: “Era una ciudad jardín.
Ya no lo es hoy. La presencia de los alemanes en Cobán hizo posible
el florecimiento de muchas fincas, que los entonces patojos gozábamos
durante los paseos. No teníamos madurez suficiente para detenernos
en el análisis
de aspectos como la explotación del trabajador indígena”.
¿Cuándo entra al Instituto
Central para Varones?
En el año 1944. Estaba militarizado. Todos los planteles lo estaban.
Por lo tanto, íbamos uniformados. Eramos soldados.
¿Como se sentía en esa condición
de soldado?
No teníamos, a los 13 años, capacidad de darnos cuenta que era
una medida dictatorial. Lo veíamos con naturalidad y como jovencitos
inexpertos nos gustaba ponernos el uniforme de gala y marchar. Hoy vemos
todo eso con otros ojos…
¿Cómo llegó la rebelión
al instituto?
Los más pequeños aprendimos de los que estaban en grados mas
altos a proceder como ellos cuando se produjeron los hechos que desembocaron
el 20 de octubre. Fue una protesta, en el patio, contra el uso del uniforme.
Recuerdo que había 4 araucarias y bajo ellas nos quitamos las guerreras
y las tiramos al suelo. No teníamos armas porque días antes las
habían
retirado, por temor justamente a algo como eso.
¿Como cambio la vida?
Fue una tremenda ilusión y emoción. Llegaron aquellos y otros
maestros. Recuerdo que estudiábamos con entusiasmo dos materias: la
literatura guatemalteca y principios de filosofía, Nos las impartían
René Montes
Cóbar y Ramón Cadena, ambos recién salidos de la Penitenciería
en donde la dictadura los había tenido encarcelados.
Cuando cayó el gobierno de Arbenz, en 1954, ¿dónde
estaba usted?
Estaba yo de presidente de la Asociación de Estudiantes Universitarios.
Pronuncié un discurso por la TGW, antes del derrumbe de Árbenz,
justo cuando sobrevolaban la ciudad los aviones norteamericanos con lo cual
se consumaba parte de la intervención.
¿Y qué pasó al renunciar Árbenz?
Nos desconcertó mucho. Teníamos muchas esperanzas cifradas en él.
No lo censuro, hoy comprendemos muchas de las razones que lo llevaron a tomar
esa decisión. Se había dado un acorralamiento al gobierno revolucionario.
Lo cierto fue que quienes pudimos escapar nos asilamos. En mi caso, junto
a otros compañeros, buscamos asilo en la embajada de Chile. ¿Cuanto duró ese
primer exilio?
Cuatro años. Fue a Chile, porque había estado, meses
atrás, en una delegación junto al doctor Carlos Martínez
Durán, rector de la Universidad.
Políticamente ¿como se
identificaba?
No tenía una identificación partidaria, ni ideológica.
Solo nos interesaba el proceso revolucionario. Bueno, eso coincidía
más con la izquierda y luchábamos contra la derecha.
En aquella época la AEU era una voz importante en la política,
sin ser política. Fuimos claros en decir que defendíamos
la soberanía nacional.
¿Cómo sobrevivió en
Chile?
Trabajé en la Universidad, fui ayudante de una cátedra
en la facultad de Bellas Artes. Me interesó mucho el estudio
de las artes populares, por ello, años después fundamos
el Centro de Estudios Folklóricos de la USAC, Cefol.
¿En qué era diferente el país, cuatro años
después?
Nos fuimos con la huella de
esos 10 años democráticos
y volvimos cuando se habían iniciado los gobiernos de
dictadura. Empezamos a ser perseguidos, otros asesinados. Todos
pasamos por las cárceles, por esa misma Tigrera.
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Su vida
Roberto Díaz Castillo nació en
la ciudad de Guatemala en 1931.
- Ha sido ensayista, investigador
universitario, dirigente estudiantil y editor. Fundó y
dirigió publicaciones como Arte y literatura,
Lanzas y letras, Estudios, Alero, Cuadernos universitarios,
Tradiciones de Guatemala y La tradición popular.
- Es licenciado en Historia por
la Universidad de San Carlos de Guatemala. Cofundador
del Centro de Estudios Folklóricos, Cefol.
Fue director de la Editorial Nueva Nicaragua durante 13 años.
Autor de libros como Luis Cardoza y Aragón: ciudadano de la Vía
Láctea, Las redes de la memoria y Para no saber de olvido.
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¿Ud. también estuvo en
la Tigrera?
Sí, era una celda del segundo cuerpo, pura jaula del zoológico
La Aurora, creo que por eso le pusieron así. Era maloliente
y siniestra. Yo estudié Derecho e hicimos trabajo a favor
de los presos políticos. Llegamos a sacar a 51 personas
de la cárcel, entre ellos a Rodrigo Asturias, tras un proceso
de 15 meses. También me tocó hacer la defensa de
Jorge Sarmientos y Carlos Navarrete. Lo peor es que no eran tribunales
civiles, sino una auditoría de guerra. Cuando me detuvieron
también se llevaron al escultor Dagoberto Vásquez
y a José Luis Balcárcel. Estuvimos desde octubre
hasta el día antes de Navidad.
¿De qué los acusaron?
De atentar contra la ley de Defensa de las Instituciones Democráticas. ¿Cuál
democracia? Pero suerte que entonces no mataban a la gente. Después
sólo la desaparecían. En fin ese fue el país
que encontramos de regreso.
¿Cuándo se fue al exilio
otra vez?
Yo fui Secretario General de la USAC en el gobierno de Carlos
Arana (1970-74). Fueron asesinados muchos profesores y estudiantes,
entre ellos mi José León. No sé si fue una represalia
contra mí. Yo había recibido amenazas por teléfono
y escritas, pero a raíz de su muerte, salí del país,
primero a México donde estuve trabajando en una editorial
junto a Augusto Monterroso. Después me fui a Nicaragua donde
el escritor Sergio Ramírez me llamó para fundar y
dirigir la editorial Nueva Nicaragua, en la que estuve durante
13 años. Fue la editorial más relevante de Centroamérica
pues publicábamos tirajes de entre 5 mil y 50 mil ejemplares.
¿Por qué regresar?
Cuando llegó al poder Ramiro de León Carpio (1993),
parecía una esperanza de cambio. Empecé a trabajar
en FLACSO, como encargado de publicaciones. Poco después
me llamaron de la Universidad.
¿Y ha perdido la esperanza del
cambio?
Creo que aunque la esperanza no este bien cimentada, vale.
Como decía hace poco Alfonso Bauer Paiz: está decepcionado
pero seguirá en la lucha. O bien una frase del escritor
Robert Frost, que es como un lema para mí: no hay que dejar
de creer en algo simplemente porque se ha vuelto increíble.
¿Cambió mucho su vida
con el derrame?
Me asombra seguir vivo y no haber perdido el optimismo. Me
cuesta caminar, pero más me cuesta estar sentado. Al salir del
hospital tenía la boca torcida, era una mueca tremenda.
Yo me inventé que el doctor Barnoya me dijo: ¿Y usted
de qué se está riendo?
¿Cuál es actualmente su sueño?
Este trabajo que hago, que
he hecho, de verdad es un sueño.
Tengo la suerte de que mi sueño se ha tornado
en realidad.
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