Semanario de Prensa Libre • No. 97 • 14 de Mayo de 2006    


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Punto final

La Francia de los ánimos caldeados

Por: Alexánder Sequén-Mónchez
Ilustración: Juan Fernando Rodríguez

Vital o decadente, la tierra de Flaubert no ha perdido el encanto del pataleo. Bastan una consigna y una barricada, los aires conspirativos, para que los soñadores —más afuera que dentro de Francia— deliberen la resurrección de mayo del 68. Pero el Fénix no saldrá de sus cenizas, así arda una multitud que se jacta de sus glorias históricas. Recientemente, una ola de protestas puso de rodillas a Jacques Chirac, ese vulgar tramoyista del supuesto “excepcionalismo francés”. Conservador de garras solapadas —acento y manicura— ha servido de refugio paternal a los buenos salvajes latinoamericanos. Tuvo sus minutos de fama cuando en 2003, dueño de una postura teatral, sacó a su gente de los planes militaristas de Bush. Ahora le audita las costillas a Irán, habiendo bombardeado él mismo las aguas del mar con ensayos nucleares.

El caso es que estuvo a punto de desalojar el poder. La suerte quiso que su contrincante en la segunda vuelta fuera el demente Jean Marie Le Pen. Obvio que todo ciudadano con la cabeza en su lugar iba a concederle, a regañadientes, el voto. Pretendió entonces el monopolio de las lecciones morales. Mareado por los vaivenes mediáticos, decidió someter la Constitución europea a un referéndum que trajo el “no” como respuesta. Un error característico de los novatos y de los ambiciosos. A esta sepultura añadamos la corruptela y otros reveses que han sido el festín lanzado a la calle. Primero, la juventud musulmana que, frustrada, echó a rodar una violencia muy próxima a los tumultos ocurridos entre negros y blancos en 1992 en Los Ángeles. Aquélla destrucción demostró que la Libertad, la Igualdad y la Fraternidad eran letra muerta en los suburbios, retórica desvergonzada cuando de inmigrantes se trata.

Lo que son las cosas: Dominique de Villepin solucionó los disturbios valiéndose de policías y de promesas. Bajo una lluvia de bastonazos, dijo que su gobierno iba a promover la ocupación laboral mediante el establecimiento de “zonas francas urbanas”. Con esta eliminación focalizada de impuestos, se suponía que las empresas vendrían a intercambiar salarios por trabajo. Los políticos no terminaban de sudar la gota gorda y París ya era escenario de candentes reprobaciones. Nueva ingobernabilidad. Esta vez causada por el Contrato de Primer Empleo, que estipulaba el despido injustificado de los menores de 26 años durante un lapso de dos años de prestación de servicios. En lugar de negociar, Chirac y sus colaboradores se trenzaron en un pulso caprichoso. La intransigencia en ambos lados. Semanas de furor y de intoxicaciones patriotas. El sindicalismo más rancio, y por ende organizado, fue una plataforma para que millones se dieran el lujo de torcer el brazo de un gobierno indiscretamente pro empresarial.

Como era lógico —subsidio a la vista—, se desechó el contrato. Sin duda, este éxito no pertenece a la esfera opositora. Me temo que el chauvinismo tuvo mucho que ver. Explico algún detalle: la reciente revuelta protagonizada por los inmigrantes que piden un trabajo y que se les deje de discriminar. No les importa que puedan ser despedidos en los próximos veinticuatro meses. El orgullo nada volteriano entendió que ese despliegue de adrenalina y dignidad musulmanas era una bofetada a su comodísima forma de vivir. Evitando rezagarse, esperaron la menor provocación que carburara su ansia insurrecta. Ningún meteco iba a enseñarles a los franceses cómo se desatan los furores colectivos. Si nos fijamos, el elemento contractual que tan ferozmente rechazaron es el pan diario del desarrollo y del subdesarrollo. En la empresa o en la burocracia, sólo el empleador resuelve el tiempo y las condiciones en que ha de trabajar el joven asalariado. Sea área pública o privada, prevalecen los intereses del lado que suelta la plata, y no del que ofrece sus capacidades. Sería hipócrita negarlo.

Veamos el expediente de Guatemala. En ciertos centros de investigación —que juran con la mano izquierda—, no digamos en varias empresas y hasta dependencias del Estado, las secciones de recursos humanos se esmeran por economizar el presupuesto sacándole el mayor jugo a su nómina. (¿Y dónde ponemos la humillante explotación infantil?) Jóvenes, y no tan jóvenes, son obligados a firmar contratos en blanco, de manera que nunca puedan rehusarse a ejecutar funciones que, teóricamente, no tienen incumbencia con los términos de referencia originales. Los despiden y recontratan con periodicidad para que no acumulen derechos. Para la juventud, este panorama es cuna de mediocridad y servilismo. Sólo la riqueza francesa (de dinero, de bienestar garantizado) podía propiciar un berrinche tan rotundo contra la inserción laboral.

Para reeditar otro mayo del 68, se necesita no una masa desgañitándose: el valor civil de renunciar al hedonismo. Porque esos franceses, púberes en sus cortes de pelo y actitudes retozonas, están más cercanos a MTV que a Cornelius Castoriadis o Claude Lefort y su influjo sobre la imaginación al poder. Un modelo como aquél no lleva al cambio, apenas al mimetismo idiota. Así de elocuente es la insatisfacción de los satisfechos. Pero en América Latina hallamos una fuente en qué inspirarnos para activar la fraternidad evanescente. Que el sentido común nos cuide de replicar, tan pobres como somos (de bolsillo y de la cabeza), las contradicciones de semejantes paraísos burgueses. Hoy por hoy, hasta las asonadas heroicas incluyen su código de barras.

 
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