La Francia de los ánimos
caldeados
Por: Alexánder Sequén-Mónchez
Ilustración: Juan Fernando Rodríguez
Vital o decadente, la tierra de Flaubert no ha perdido el encanto
del pataleo. Bastan una consigna y una barricada, los aires conspirativos,
para que los soñadores —más afuera que dentro
de Francia— deliberen la resurrección de mayo del
68. Pero el Fénix no saldrá de sus cenizas, así arda
una multitud que se jacta de sus glorias históricas. Recientemente,
una ola de protestas puso de rodillas a Jacques Chirac, ese vulgar
tramoyista del supuesto “excepcionalismo francés”.
Conservador de garras solapadas —acento y manicura— ha
servido de refugio paternal a los buenos salvajes latinoamericanos.
Tuvo sus minutos de fama cuando en 2003, dueño de una
postura teatral, sacó a su gente de los planes militaristas
de Bush. Ahora le audita las costillas a Irán, habiendo
bombardeado él mismo las aguas del mar con ensayos nucleares.

|
El caso es que estuvo a punto de desalojar el poder.
La suerte quiso que su contrincante en la segunda vuelta fuera
el demente Jean Marie Le Pen. Obvio que todo ciudadano con la cabeza
en su lugar iba a concederle, a regañadientes, el voto.
Pretendió entonces el monopolio de las lecciones morales. Mareado por
los vaivenes mediáticos, decidió someter la Constitución
europea a un referéndum que trajo el “no” como respuesta.
Un error característico de los novatos y de los ambiciosos. A esta sepultura
añadamos la corruptela y otros reveses que han sido el festín lanzado
a la calle. Primero, la juventud musulmana que, frustrada, echó a rodar
una violencia muy próxima a los tumultos ocurridos entre negros y blancos
en 1992 en Los Ángeles. Aquélla destrucción demostró que
la Libertad, la Igualdad y la Fraternidad eran letra muerta en los suburbios,
retórica desvergonzada cuando de inmigrantes se trata.
Lo que son las cosas: Dominique de Villepin solucionó los
disturbios valiéndose
de policías y de promesas. Bajo una lluvia de bastonazos, dijo que su
gobierno iba a promover la ocupación laboral mediante el establecimiento
de “zonas francas urbanas”. Con esta eliminación focalizada
de impuestos, se suponía que las empresas vendrían a intercambiar
salarios por trabajo. Los políticos no terminaban de sudar la gota gorda
y París ya era escenario de candentes reprobaciones. Nueva ingobernabilidad.
Esta vez causada por el Contrato de Primer Empleo, que estipulaba el despido
injustificado de los menores de 26 años durante un lapso de dos años
de prestación de servicios. En lugar de negociar, Chirac y sus colaboradores
se trenzaron en un pulso caprichoso. La intransigencia en ambos lados. Semanas
de furor y de intoxicaciones patriotas. El sindicalismo más rancio,
y por ende organizado, fue una plataforma para que millones se dieran el lujo
de torcer el brazo de un gobierno indiscretamente pro empresarial.
Como era lógico —subsidio a la vista—, se desechó el
contrato. Sin duda, este éxito no pertenece a la esfera opositora. Me
temo que el chauvinismo tuvo mucho que ver. Explico algún detalle: la
reciente revuelta protagonizada por los inmigrantes que piden un trabajo y que
se les deje de discriminar. No les importa que puedan ser despedidos en los próximos
veinticuatro meses. El orgullo nada volteriano entendió que ese despliegue
de adrenalina y dignidad musulmanas era una bofetada a su comodísima forma
de vivir. Evitando rezagarse, esperaron la menor provocación que carburara
su ansia insurrecta. Ningún meteco iba a enseñarles a los franceses
cómo se desatan los furores colectivos. Si nos fijamos, el elemento contractual
que tan ferozmente rechazaron es el pan diario del desarrollo y del subdesarrollo.
En la empresa o en la burocracia, sólo el empleador resuelve el tiempo
y las condiciones en que ha de trabajar el joven asalariado. Sea área
pública o privada, prevalecen los intereses del lado que suelta la plata,
y no del que ofrece sus capacidades. Sería hipócrita negarlo.
Veamos el expediente de Guatemala. En ciertos centros de investigación —que
juran con la mano izquierda—, no digamos en varias empresas y hasta dependencias
del Estado, las secciones de recursos humanos se esmeran por economizar el presupuesto
sacándole el mayor jugo a su nómina. (¿Y dónde ponemos
la humillante explotación infantil?) Jóvenes, y no tan jóvenes,
son obligados a firmar contratos en blanco, de manera que nunca puedan rehusarse
a ejecutar funciones que, teóricamente, no tienen incumbencia con los
términos de referencia originales. Los despiden y recontratan con periodicidad
para que no acumulen derechos. Para la juventud, este panorama es cuna de mediocridad
y servilismo. Sólo la riqueza francesa (de dinero, de bienestar garantizado)
podía propiciar un berrinche tan rotundo contra la inserción
laboral.
Para reeditar otro mayo del 68, se necesita no una masa desgañitándose:
el valor civil de renunciar al hedonismo. Porque esos franceses, púberes
en sus cortes de pelo y actitudes retozonas, están más cercanos
a MTV que a Cornelius Castoriadis o Claude Lefort y su influjo sobre la imaginación
al poder. Un modelo como aquél no lleva al cambio, apenas al mimetismo
idiota. Así de elocuente es la insatisfacción de los satisfechos.
Pero en América Latina hallamos una fuente en qué inspirarnos para
activar la fraternidad evanescente. Que el sentido común nos cuide de
replicar, tan pobres como somos (de bolsillo y de la cabeza), las contradicciones
de semejantes paraísos burgueses. Hoy por hoy, hasta las asonadas heroicas
incluyen su código de barras. |