El centro añejo
Fueron los comercios espléndidos del ayer. Tienen el
honor de haber mantenido el pulso vital de una parte de la ciudad que se niega a convertirse en recuerdo.
Por Gemma Gil Flores
Foto Carlos Sebastián
“Hasta hace poco había en la tienda
propaganda en la que se anunciaba su inauguración en 1925”,
dice Roberto Taqué, de la afiladuría La Especial
(7a. calle y 9a. avenida, zona 1), el sitio donde ha trabajado
durante casi 40 años. Está pasando la hoja de un
cuchillo de cocina sobre la piedra giratoria y el pequeño
local se llena de un remolino de chispas, como fuegos de artificio
a pequeña escala. Por cada cuchillo Taqué recibe
Q6, porque dentro de este micromundo los precios parecen tan antiguos
como el mobiliario y la maquinaria, original de los años
1920, o los carteles que cuelgan de las paredes. Justo Rufino Barrios
sonríe desde una textura amarillenta que conmemora la revolución
liberal de 1871. En el lado opuesto, los jugadores de un equipo
de béisbol permanecen impasibles a la capa de polvo que
oscurece sus rostros. “Es una foto de la liga de 1925”,
dice Roberto con sus ademanes pausados y su sonrisa de abuelo de
cuento, “el fundador del local jugaba al béisbol,
pero ya hace 50 años que murió”, aclara.

Las toallas con motivos contemporáneos
pueden despistar, pero el mobiliario de Los dos leones ha
permanecido intacto desde 1929. |
La Especial, como muchos otros comercios del Centro Histórico,
forma parte del alma de esta ciudad vieja que se resiste a desaparecer
en las manos de prestidigitador de la decadencia. Pero, ¿hasta
cuándo? “Mientras los dueños estén vivos,
seguirá el taller”, responde con poca certeza el afilador
antes de volver a sus cuchillos.
Sin miedos
A la vuelta de la esquina, el almacén La Palma (9a. avenida
y 6a. calle) afronta el futuro con más optimismo. Desde
que la abuela de Roberto Briz lo fundó hace 74 años,
la prosperidad del negocio le ha permitido adaptarse a los tiempos
para seguir ofreciendo productos de ferretería y menaje
del hogar.
Como testimonio de su solera, el establecimiento conserva el techo
original con centenares de ollas colgadas, antigua forma de almacenamiento. “Los centros
comerciales han acaparado parte de la clientela, pero el descenso de compradores
es, sobre todo, por la inseguridad, la dificultad para encontrar parqueo y por
razones de comodidad”, explica Briz. Desde su punto de vista, la percepción
de que el centro es peligroso está magnificada, aunque admite que en los últimos
10 años han sufrido tres robos. Los tres únicos de la historia
de este comercio. “Es más probable que te roben en otras zonas”,
insiste el propietario. Una visión que comparte Miriam Schaeffer, de la
ya clásica Cerería La Merced (10a. avenida y 5a. calle): “Mi
hija vive rumbo a la carretera a El Salvador, y le da miedo venir, pero no pasa
nada”, dice esta comerciante que empezó con el negocio de las velas
en 1965, cuando su familia política la animó a continuar con la
tradición.
“La gente está equivocada, los verdaderos asaltos se producen donde
está la gente de plata. La zona 1 es menos peligrosa que otros sitios
donde lo que te quieren robar es algo más que un collar o un reloj”,
opina por su parte Kay Schnoor, uno de los tres socios del almacén Los
dos leones (8a. avenida y 8a. calle). Esta tienda de textiles no es solamente
una de las más antiguas de la ciudad, sino que hace dos meses fue homenajeada,
junto con otros lugares emblemáticos del Centro, por el Ministerio de
Cultura y Deportes gracias a su contribución a la conservación
de la identidad y del patrimonio histórico.
“Estos muebles de caoba son de 1929 y no tienen ni un solo clavo. Fueron
fabricados por una sola persona utilizando tarugos de madera”, explica
con orgullo el alemán. El establecimiento data de 1880, pero un incendio
obligó a reconstruir el espacio tal y como luce actualmente, con excepción
de una oficina añadida en 1977.
Los anaqueles de madera se alzan casi
hasta el techo, coronados por los rieles por los que se desplaza la antigua
escalera corrediza que permitía a los empleados alcanzar los rollos de tela que
estaban más altos. De no ser por las toallas de Winnie de Pooh o del Futbol
Club Barcelona que cubren parte de las estanterías de madera, el espacio
sería la locación perfecta para rodar una película de época. Puntos de identidad
Los dos leones parece un suntuoso palacio persa en comparación con la
barbería Livingston (12 avenida, entre 9a. y 10a. calles), pero en cuestión
de méritos históricos la peluquería no parece quedarse atrás. “La
casa tendrá más de 100 años, porque vivió el terremoto
de 1917”, dice el empleado Francisco Amézquita. Sólo lleva
19 años trabajando en este local, pero parece haberse mimetizado a la
perfección con un mobiliario que conoció el glamour hace, al menos,
cuatro décadas. Con su techo de madera destartalada, los muebles carcomidos
y el suelo de azulejos desvaídos, Livingston parece un escenario petrificado
del pasado. Los carteles de estilismos de los años 1980 se superponen
sobre otros en blanco y negro donde los modelos, dibujados con trazo negro, lucen
cortes de pelo con toque militar. Como en otros casos, los dueños no parecen
interesados en arreglar comercios que les seguirán a la tumba.
A pocas cuadras se asoma a la calle
otro clásico en peligro de extinción:
la zapatería El Volante (11 avenida y 5a. calle), donde en 1977 entró a
trabajar Marco Antonio Cumes, en relevo de su padre, también zapatero.
El negocio continúa adelante, pero Cumes parece consciente de que
con él
termina la tradición. “Ya hay menos trabajo porque viene mucho
producto de importación”, comenta sin concesiones a la nostalgia.
El local muestra su gusto por las antigüedades, que se acumulan sin
orden ni concierto sobre el mobiliario, pero el tiempo pasa. “Mis hijos
ya son profesionales”,
afirma, esta vez con orgullo. “Todo en la vida es continuo y renovado,
y no hay que sentirse mal cuando las cosas cambian”, concluye... pero,
entre tanto, por qué no curiosear por el desván de los recuerdos. |