Semanario de Prensa Libre • No. 123 • 12 de Noviembre de 2006

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D ciudad

El centro añejo
Fueron los comercios espléndidos del ayer. Tienen el honor de haber mantenido el pulso vital de una parte de la ciudad que se niega a convertirse en recuerdo.

Por Gemma Gil Flores
Foto Carlos Sebastián

“Hasta hace poco había en la tienda propaganda en la que se anunciaba su inauguración en 1925”, dice Roberto Taqué, de la afiladuría La Especial (7a. calle y 9a. avenida, zona 1), el sitio donde ha trabajado durante casi 40 años. Está pasando la hoja de un cuchillo de cocina sobre la piedra giratoria y el pequeño local se llena de un remolino de chispas, como fuegos de artificio a pequeña escala. Por cada cuchillo Taqué recibe Q6, porque dentro de este micromundo los precios parecen tan antiguos como el mobiliario y la maquinaria, original de los años 1920, o los carteles que cuelgan de las paredes. Justo Rufino Barrios sonríe desde una textura amarillenta que conmemora la revolución liberal de 1871. En el lado opuesto, los jugadores de un equipo de béisbol permanecen impasibles a la capa de polvo que oscurece sus rostros. “Es una foto de la liga de 1925”, dice Roberto con sus ademanes pausados y su sonrisa de abuelo de cuento, “el fundador del local jugaba al béisbol, pero ya hace 50 años que murió”, aclara.

Las toallas con motivos contemporáneos pueden despistar, pero el mobiliario de Los dos leones ha permanecido intacto desde 1929.

La Especial, como muchos otros comercios del Centro Histórico, forma parte del alma de esta ciudad vieja que se resiste a desaparecer en las manos de prestidigitador de la decadencia. Pero, ¿hasta cuándo? “Mientras los dueños estén vivos, seguirá el taller”, responde con poca certeza el afilador antes de volver a sus cuchillos.

Sin miedos

A la vuelta de la esquina, el almacén La Palma (9a. avenida y 6a. calle) afronta el futuro con más optimismo. Desde que la abuela de Roberto Briz lo fundó hace 74 años, la prosperidad del negocio le ha permitido adaptarse a los tiempos para seguir ofreciendo productos de ferretería y menaje del hogar.

Como testimonio de su solera, el establecimiento conserva el techo original con centenares de ollas colgadas, antigua forma de almacenamiento. “Los centros comerciales han acaparado parte de la clientela, pero el descenso de compradores es, sobre todo, por la inseguridad, la dificultad para encontrar parqueo y por razones de comodidad”, explica Briz. Desde su punto de vista, la percepción de que el centro es peligroso está magnificada, aunque admite que en los últimos 10 años han sufrido tres robos. Los tres únicos de la historia de este comercio. “Es más probable que te roben en otras zonas”, insiste el propietario. Una visión que comparte Miriam Schaeffer, de la ya clásica Cerería La Merced (10a. avenida y 5a. calle): “Mi hija vive rumbo a la carretera a El Salvador, y le da miedo venir, pero no pasa nada”, dice esta comerciante que empezó con el negocio de las velas en 1965, cuando su familia política la animó a continuar con la tradición.

“La gente está equivocada, los verdaderos asaltos se producen donde está la gente de plata. La zona 1 es menos peligrosa que otros sitios donde lo que te quieren robar es algo más que un collar o un reloj”, opina por su parte Kay Schnoor, uno de los tres socios del almacén Los dos leones (8a. avenida y 8a. calle). Esta tienda de textiles no es solamente una de las más antiguas de la ciudad, sino que hace dos meses fue homenajeada, junto con otros lugares emblemáticos del Centro, por el Ministerio de Cultura y Deportes gracias a su contribución a la conservación de la identidad y del patrimonio histórico.

“Estos muebles de caoba son de 1929 y no tienen ni un solo clavo. Fueron fabricados por una sola persona utilizando tarugos de madera”, explica con orgullo el alemán. El establecimiento data de 1880, pero un incendio obligó a reconstruir el espacio tal y como luce actualmente, con excepción de una oficina añadida en 1977.

Los anaqueles de madera se alzan casi hasta el techo, coronados por los rieles por los que se desplaza la antigua escalera corrediza que permitía a los empleados alcanzar los rollos de tela que estaban más altos. De no ser por las toallas de Winnie de Pooh o del Futbol Club Barcelona que cubren parte de las estanterías de madera, el espacio sería la locación perfecta para rodar una película de época.

Puntos de identidad

Los dos leones parece un suntuoso palacio persa en comparación con la barbería Livingston (12 avenida, entre 9a. y 10a. calles), pero en cuestión de méritos históricos la peluquería no parece quedarse atrás. “La casa tendrá más de 100 años, porque vivió el terremoto de 1917”, dice el empleado Francisco Amézquita. Sólo lleva 19 años trabajando en este local, pero parece haberse mimetizado a la perfección con un mobiliario que conoció el glamour hace, al menos, cuatro décadas. Con su techo de madera destartalada, los muebles carcomidos y el suelo de azulejos desvaídos, Livingston parece un escenario petrificado del pasado. Los carteles de estilismos de los años 1980 se superponen sobre otros en blanco y negro donde los modelos, dibujados con trazo negro, lucen cortes de pelo con toque militar. Como en otros casos, los dueños no parecen interesados en arreglar comercios que les seguirán a la tumba.

A pocas cuadras se asoma a la calle otro clásico en peligro de extinción: la zapatería El Volante (11 avenida y 5a. calle), donde en 1977 entró a trabajar Marco Antonio Cumes, en relevo de su padre, también zapatero. El negocio continúa adelante, pero Cumes parece consciente de que con él termina la tradición. “Ya hay menos trabajo porque viene mucho producto de importación”, comenta sin concesiones a la nostalgia. El local muestra su gusto por las antigüedades, que se acumulan sin orden ni concierto sobre el mobiliario, pero el tiempo pasa. “Mis hijos ya son profesionales”, afirma, esta vez con orgullo. “Todo en la vida es continuo y renovado, y no hay que sentirse mal cuando las cosas cambian”, concluye... pero, entre tanto, por qué no curiosear por el desván de los recuerdos.


   

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