Estar en una boleta
en la que vota el mundo
Guatemala aprendió que aunque
nos rompamos platos adentro en política, en metas válidas
debemos ser una sola voz ante el resto del planeta.
Por Martín Rodríguez Pellecer
(enviado especial a la ONU)
Los pasillos de la ONU, estuvieron llenos de carteles electorales.
vote por Venezuela, absténgase, vote por otro... . y no
en las paredes o los escritorios, sino en las conversaciones y
en el aire. Entender cómo funcionan y piensan en ese edificio
es tan complicado como adivinar a primera vista si un blanco es
sueco o kazajistano o si un negro es haitiano o senegalés.
En este laberinto, que es el mundo representado, Guatemala compitió con
Venezuela por un escaño en el Consejo de Seguridad, y a
mí me tocó describirlo al país.
El salón de la Asamblea General de la ONU bien podría
tener su equivalente en el Olimpiastadion de Berlín, donde
fue la final del Mundial de futbol. La diferencia es que no se
juegan unos aplausos frente a televisores, sino por ocupar un asiento
por dos años en el Consejo de Seguridad, el foro más
poderoso del mundo para intentar mantener la paz mundial.
Allí Guatemala no cambiaría el curso del planeta,
pero sí aportaría los éxitos y fracasos de
su experiencia en el proceso de paz. Esto podría haber sido
clave para 18 países donde hay misiones de paz de la ONU
o no han terminado las guerras. Y se podría haber devuelto
a la comunidad internacional algo de la ayuda recibida para terminar
nuestra guerra de 40 años y 250 mil muertos.
Estas credenciales, más postularse desde 2002 y nunca haber
sido parte del Consejo en los 61 años de la ONU, parecían
dejar el camino libre a Guatemala. Pero Venezuela —que ha
sido cuatro veces parte de ese foro, la última en 1992— se
lanzó a la competición con una campaña millonaria
que la cadena árabe Al Jazzera calculó en más
de US$1 mil millones y la agencia estadounidense AP en US$4 mil
millones, casi todo en petróleo, viajes y propaganda anti-estadounidense.
La partida
Aunque no es un partido de fútbol, es el arte más
fácil para compararlo. Venezuela metió zancadillas
cada vez que pudo, trató de engañar al árbitro,
gritó para poner al público a su favor, intentó invisibilizar
a Guatemala y sedujo a los jueces con acuerdos petroleros.
Guatemala, en cambio, trató de poner el fair play sobre la cancha. Y si
Venezuela no hubiera hecho enojar a otros jugadores, como Estados Unidos, es
probable que el “juego limpio” y las credenciales guatemaltecas hubieran
sido suficientes para decidir al ganador: el centroamericano.
Los “aliados-nunca pedidos” de Guatemala sí quisieron jugar
a las zancadillas contra Venezuela, sin importarles si ganaba Guatemala; Estados
Unidos capitaneó este esfuerzo. Así, este partido se convirtió en
patadas entre Washington y Caracas, y por esto, el 40 por ciento de la Asamblea
General, 78 países, le sacaron tarjeta roja a Guatemala.
Tan cerca del mundo y lejos del Sur
Lograr cien de los 159 votos de Europa, Norteamérica, África, Asia
y Oceanía en 47 rondas fue un espaldarazo. Éste reconoció que
Guatemala ya no es el paria mundial que era hace 25 años —al estilo
de lo que hoy es Birmania, Irán o Corea del Norte—. Pero el país
no pudo quitarse la caricatura que dibujó Venezuela (con ayuda de EEUU)
ante Suramérica, el Caribe y otros 55 países: “Guatemala
es una marioneta gringa”.
Es triste que Suramérica y el Caribe (22 países) nos consideren
como un país no-pensante y colonia estadounidense, olvidándose
de una diplomacia independiente de EEUU desde 1986 hasta 2003. La oposición
a la invasión a Nicaragua y a Panamá o la no participación
en la invasión a Irak o Afganistán —a diferencia de nuestros
vecinos— son cuatro ejemplos. Pero igual “la culpa es de uno cuando
no enamora, y no de los pretextos ni del tiempo” (como dibujó una
vez Mario Benedetti, poeta uruguayo).
Guatemala cometió dos errores
que le impidieron ganar. No se preocupó por
convencer a los medios de comunicación internacionales de que el país
es pensante y no colonial. Esto hizo que éstos trasladaran sin cuestionamientos
la propaganda venezolana y la opinión pública de 78 países
respaldara que sus gobiernos no apoyasen “al candidato estadounidense”.
El segundo fue desde el 14 de enero de 2004 hasta el 21 de julio
de 2006: un alineamiento con Estados Unidos, decidido por el
ex canciller Jorge Briz y el presidente Óscar Berger. En todas las divisiones latinoamericanas, en
la Organización de Estados Americanos (OEA); en los votos sobre Cuba en
la ONU en Ginebra; en los debates sobre campañas políticas y en
cada vez que se pudo, Guatemala se alineó con los candidatos u órdenes
de Washington, al mejor estilo de un gobierno títere. No dieron una señal
de independencia o lucidez; no hasta que Berger logró convencer a Gert
Rosenthal de comandar la diplomacia nacional.
El gol: hacer una política de Estado
Rosenthal —diplomático de carrera con tantos años como experiencia
y humildad encima— fue el capitán ideal para navegar esta candidatura.
La salida de darle la candidatura a Panamá fue una de las más dignas,
aunque quede el sabor de boca de que se pudo haber obtenido más.
Si bien no se ganó el escaño, especialmente por culpa de la propaganda
de Hugo Chávez y la testarudez de George Bush en responderle, Guatemala
y Rosenthal se han anotado un triunfo. Lograron convencer a la oposición
en el Congreso y a la opinión pública de que no importa si nos
rompemos platos en la cabeza en política interna, en metas válidas
la política exterior debe ser de Estado y no sólo de Gobierno,
y hacia el resto del mundo tenemos que ser una sola voz. |