Javier Payeras
"Soy un escritor de karaoke"
No consigue limitarse a una sola forma
de expresión, por
eso ha incursionado en la literatura, el arte conceptual y la promoción
cultural.
Por Gemma Gil Flores
Foto Carlos Sebastián
“Es mejor hacer una novela breve,
así no les quitas mucho tiempo
a tus amigos”, dice, sentado a la mesa de un café de la zona 1,
mientras da un sorbo a su taza. Afuera, el paso de un avión enmudece
por un momento sus palabras. Los labios de Javier Payeras continúan
moviéndose,
pero más allá del rugido del motor sólo se distingue el
ruido de fondo de las bocinas de las camionetas. A medida que la aeronave se
aleja, recupera la voz “...lo más grande que te da la escritura
es el contacto humano”.
Parece un hombre tranquilo, y casi ausente, al menos hasta que
algo del mosaico urbano que lo rodea capta su atención. Sin embargo, su currículo
revela que es más inquieto de lo que parece. Payeras se presenta como
gestor cultural, crítico literario y autor de cuatro libros impresos. “Me
precio de ser un buen lector”, continúa, quizá porque —como
le oyó decir a Paul Auster, cuando recogió el premio Príncipe
de Asturias— “ necesitamos tanto de historias como de comida”.

“Queremos generar
un espacio de diálogo donde podamos integrar a la
gente de la provincia y a las agrupaciones independientes”. |
¿En qué está trabajando?
Acabo de terminar una novela que se llama Días amarillos. Es la historia
de un escritor que, para sobrevivir, tiene que hacer noticias chuscas y malolientes
en un periódico. De esas de “aserrucharon a no sé quién” o “dejaron
a una mujer hecha cebiche dentro de un tonel”, y otras noticias fantásticas,
como una que me encontré en un periódico sobre una banda de perros
homosexuales que anda violando perros rottweiler.
A diferencia de ese personaje, a usted le va razonablemente bien.
Yo no nací becado. Me encantaría
ser Tom Wolfe, vivir en la Quinta Avenida, vestirme de blanco,
pero no lo soy. Yo no estudié en Yale, ni
tengo agente literario, ni siquiera puedo salir de la capital por la plata. Vengo
de un sector popular y escribo por pura necedad. Si hiciera caso al ninguneo
nacional, ya habría dejado de escribir.
¿No cree que a veces los
escritores jóvenes están
sobrevalorados?
Todo lo que es pensamiento está infravalorado.
En Guatemala tener un poco de autoestima es ser una vedette.
Por lo que dice, no le gustan los críticos, pero usted mismo ejerce
la crítica literaria.
La gente que hace crítica, salvo algunas excepciones, tiene una visión
chata y unidimensional. Ejerce sin conocimiento de causa y con arrogancia.
Está a la búsqueda eterna de la segunda venida de Asturias o
Cardoza. Es gente que nunca va a escribir sobre los cuentos de Luis Aceituno.
No, ellos van a buscar a Thomas Mann. Yo pienso que es blanqueamiento cultural
y desdén hacia lo local. Esa idealización de la alta cultura
me hace gracia, cuando nosotros venimos de una educación mediocre. A
mí no me criaron escuchando arias. Mis referentes son el rock y la televisión. ¿Se
identifica con lo posmoderno?
Totalmente, aunque ya estamos en la ultramodernidad. Para los chicos
de ahora, Michael Jackson siempre fue blanco, pero yo vi la llegada
del cable a mi colonia como la llegada del hielo a Macondo. Yo
me enteré de la guerra por el
cable, aunque siempre hubo alusiones a mi tío (Mario Payeras). Pertenezco
a ese grupo de transición. La generación anterior estaba arraigada
a Hombres de Maíz y, de repente, te cae en tus manos The naked lunch,
de Burroughs, y uno piensa: “Me encanta, yo quisiera escribir así”.
Y hacia eso se encaminó con Soledadbrother
o Ruido de fondo...
Escribí Ruido de fondo cuando enseñaba literatura a unos chicos
de cuarto de bachillerato. La clase era después del receso, y yo aprovechaba
esa hora para escribir relatos para mis alumnos. Si hubieran sabido lo que
les estaba leyendo me hubieran despedido, pero a ellos les gustaba el tono,
el sarcasmo. Lo más maravilloso fue que me preguntaran si era autobiográfico.
Una vez me invitaron a la Universidad del Valle a hablar sobre el libro; entré al
aula, todos estaban en silencio, y alguien atrás susurró: “¡Ah!,
así es”.
¿Es autobiográfico?
Sí y no. Es un personaje colectivo.
Su siguiente novela, Afuera, tenía
un tono muy distinto.
Es la historia de un niño solitario y su relación con su mamá,
una mujer neurótica. Trata el tema del poder; la relación con
una madre puede ser dominante, como una dictadura.
¿Cómo define su estilo?
Todo lo que he escrito y leído ha sido caminado. He escrito en lugares
indeseables o lindos, sin un centavo o con mucha plata, he escrito borracho
y he releído sobrio. Me gustan los libros que conectan con mis sentimientos.
Walt Whitman decía que tocar un libro debe ser como tocar a un ser humano.
¿Por dónde van las nuevas
generaciones?
Están trabajando mucha poesía, me gusta el trabajo de Winston
González, el de Julio Serrano y el de Alan Mills, aunque también
hay narradores muy interesantes como Renato Buezo, Mario Juárez —que
acaba de publicar Mariposas del vértigo—, o Lorena Flores. También
me gustan los cuentos de Luis Alejos.
Usted también trabaja para la Editorial Cultura ¿Por qué es
tan difícil que los jóvenes lleguen a publicar?
Por el prejuicio de que para ser escritor tenés que ser viejo. La cultura
en Guatemala es clasista, racista y discriminatoria. Te discrimina por tu edad,
por lo que decís, por de dónde venís y por lo que sos.
Si sos de algún departamento, se te va a ver como un provinciano, un
indio o un negro. Si sos mujer, porque sólo vas a hablar de tus rollos íntimos.
¿Se siente parte de una generación?
En Guatemala odiamos pensar colectivamente,
pero sí está claro
quiénes éramos la generación X. Surgimos después
de un largo período de silencio y militancia ideológica,
y el problema y la razón por la que se nos atacó fue
porque no hicimos cola.
Pero esa oposición hacia lo
establecido es común a todos los
relevos generacionales.
Aquí había una especie de lista de alumnos que celebraban a sus
maestros y que iban a ser legitimados por esa secuencia. Aparecimos publicando
nuestros libros de forma artesanal, con faltas de ortografía, llenos
de palabrotas, con referencias políticamente incorrectas y donde la
idea de literatura nacional, con mayúsculas, nos importaba poco. Cuando
empezamos a tener impacto, a los chicos que estaban esperando para recibir
el reconocimiento que les tocaba por continuidad les caímos muy mal.
Los jóvenes escritores parecen estar
muy enfrentados…
¡Es tan difícil valorar el trabajo del otro! Los que hacen reseñas
de libros se la pasan defenestrando a los demás, e incluso negándoles
espacios.
¿Cuál es la mejor crítica
que le han hecho?
Un chico de 16 años en un colegio me dijo: “Me gustó tu
libro porque parece como cuando estás viendo tele y cambiás de
canal con el control remoto, y no encontrás nada, y al final terminás
apagando”. Ruido de fondo es eso, un zapping.
¿Y la peor?
Un amigo que, cuando saqué Raktas, me comparó con Cardoza y Aragón.
No es que no lo admire, pero mi intención con ese libro era mofarme
del ideal romántico de la modernidad.
¿Qué pasó con su etapa
de artista conceptual?
Aquello era fruto del hartazgo de ver y expresarse de la misma
manera, de pasarse el tiempo en un cafecito de la zona 1 dándose golpes en el pecho por la
derrota de la izquierda. A mí no me quedó mal la izquierda. Yo
no soy un desencantado; cuando yo llegué, la piñata ya la habían
quebrado y se habían llevado los dulces.
¿No aprecia la cultura militante?
La cultura siempre es política, y de alguna forma, transforma. La de los
60 fue una militancia política que terminó siendo anacrónica
como una canción de César Costa y Enrique Guzmán. Eran niños
bien jugando a ser guerrilleros. Mucha gente escapó de sus colegios privados
para combatir en un proceso ideológico, pero ¿quiénes murieron?
La gente que de verdad no tenía otra opción. De todos modos, hay
trabajos muy valiosos de esa época: los de Luis de Lión, los de
Francisco Morales Santos, o Los compañeros, de Marco Antonio Flores.
¿Qué clase de escritor se
considera?
Soy un escritor de karaoke.
¿A qué se refiere?
Pues a que en un texto vas a ser un Dostoievski, y en otro, Henry
Miller. Sólo
estamos haciendo anotaciones al pie de página de lo que ya está escrito.
Shakespeare o Cervantes repiten a sus antecesores. Tu voz está segmentada
en miles de voces y rostros, y juegas en un karaoke a cantar lo que ya está escrito,
pero te lo apropias y añades algo. Hace unos días, me puse a pensar
en 10 libros que me llevaría si me fuera de Guatemala. Ya voy por 76 y
la lista sigue aumentado.
Su trayectoria
> Nació en Guatemala, en 1974. Ha publicado los libros Raktas (2000),
SoledadBrother (2003), Ruido de fondo (2003) y Afuera
(2006).
> Como promotor cultural,
fue coorganizador del festival Octubre Azul (1999-2000)
y director de la Fundación Colloquia de Arte Contemporáneo. > Actualmente
es director del Proyecto Crea, de la Dirección General
de Culturas y Artes, y del proyecto Ex Libris del Centro
Cultural de España. |
¿Quiere irse del país?
Mario Monteforte decía que vivir en un país pequeño es tener
sueños pequeños y destinos pequeños. Este país es
un espejo roto y, para poderte reflejar en él, tenés que pegar
todos los microcristales.
¿Qué le llevó a la promoción
cultural?
En Guatemala tenés un 20 por ciento del tiempo para crear y el resto del
tiempo lo dedicás a conseguir el espacio para poder crear. Con el grupo
de la Casa Bizarra, Editorial X, los festivales del Centro Histórico y
Octubre Azul empezamos a pensar que hacía falta abrir los escenarios.
¿Sus objetivos con Crea siguen en esa línea?
Queremos generar un espacio de diálogo donde podamos integrar a la gente
de los departamentos y a las agrupaciones independientes. La idea es reflexionar
sobre los imaginarios culturales y la invisibilidad.
A las actividades culturales siempre llegan los
mismos...
Uno cree que en Guatemala la gran confrontación se va a dar entre clases
o entre indígenas o ladinos, pero la gran confrontación va a ser
generacional. Los jóvenes no tienen miedo a ser más democráticos,
y ponerse en contra de la juventud siempre es un error.
Es necesario que la gente que ha escuchado toda
la vida, hable, y que la gente que siempre ha hablado,
escuche. En Guatemala, los criterios siempre han sido
impuestos.
Supongo que ve la imposición
de modelos en otros ámbitos.
Claro, ¿qué te legitima como guatemalteco? ¡Los mismos defensores
feroces de la Patria, los que dicen que Guatemala es una maravilla son la gente
que paga el salario mínimo a sus sirvientas! Todos esos símbolos
que cohesionan el país no se han dialogado. ¿La nación guatemalteca le parece una ficción?
Sí, cada quien vive su país.
¿No cree que eso pasa en todo el
mundo?
Sí, pero uno es del lugar donde
cobra conciencia. Con Ruido de fondo la gente me preguntaba “¿cómo
puede vivir así, si usted
no ama su país?”. Pero yo hago
más por Guatemala que cualquiera
de esas personas que me critican.
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