Semanario de Prensa Libre • No. 123 • 12 de Noviembre de 2006

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En primera persona

Mi hijo es un milagro
Después de un año de terapia, Gabriel sobrevivió al cáncer.

El 24 de octubre, mi hijo cumplió 4 años, y damos infinitas gracias a Dios porque esté junto a nosotros. Hace exactamente tres años finalizamos su tratamiento en la Unidad de Oncología Pediátrica, pues, cuando Gabriel iba a cumplir 3 meses, un médico nos dijo que tenía una hernia en uno de sus testículos, en el derecho, y que debía ser operado de emergencia.

Luego nos comunicaron que se trataba de un tumor y que debía ser enviado a patología. Una semana más tarde, una de las más largas de mi vida, me llamó a mi casa el médico y me dijo: “Los resultados son buenos, señora; no se preocupe por nada, era benigno. La espero en mi clínica”.

Fuimos a verlo y allí nos reiteró que la recuperación era cuestión de tiempo, que mi bebé estaba bien; incluso me regañó por la cara de preocupación que tenía. Una vez más expresó: “No se preocupe por nada”.

Pasaron 20 días y noté algo raro; Gabriel tenía una masa deforme y de gran tamaño en el testículo. Inmediatamente me presenté en la clínica, y el médico me dijo, muy fresco: “Ya me recordé de usted”. Le pidió el expediente de mi hijo a su secretaria y, en ese momento, mi mundo se vino abajo; sentí morirme cuando leyó el resultado de la patología: cáncer.

Mi bebé tenía cáncer, era un tumor maligno, y había vuelto a crecer. No quiero hablar de la negligencia de ese médico, pues aprendí que Dios tiene un propósito para cada uno de nosotros, y para que sus planes se cumplan, algunas veces nos llevará por caminos difíciles, aunque nos duela, pero tenemos que aprender a ser barro en sus manos.

Estábamos desesperados, no sabíamos a quién recurrir, no teníamos los recursos para que recibiera su tratamiento, ya que en un lugar privado el costo oscila más o menos entre Q300 mil y Q350 mil, y en el IGSS me dijeron que me tenía que esperar para una cita. El cáncer avanzaba, y cada día que pasaba era un día perdido para la vida de mi hijo. Gracias a la ayuda de una compañera de trabajo (que fue como un ángel enviado por Dios), llegué a la clínica de un médico que nos dijo que trabajaba en la Fundación Ayúdame a Vivir, y allí nos atendieron sin preguntarnos si teníamos dinero para pagar. Nos recibieron y le hicieron todos los exámenes y tomografías a Gabriel; en menos de una semana lo admitieron para quimioterapia. Fue un año difícil, duro, y muchas veces perdí la esperanza y casi tiré la toalla, pero Dios me dio su fortaleza para seguir adelante y para aprender a depender de Él. Hoy mi hijo está sano, ¡está bien!

Lucrecia Alonso de López


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