Semanario de Prensa Libre • No. 123 • 12 de Noviembre de 2006

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D viaje

Las "aguas grandes" de Argentina
Al norte del país gaucho, la espesa selva cede ante la imponencia de las cataratas del Iguazú, zona de los indígenas guaraníes donde se mezclan la belleza, la aventura y la naturaleza.

Fotos y texto Leonardo Cereser

Era septiembre, y aunque la primavera había llegado al sur del continente, las bajas temperaturas (cuatro grados) en Buenos Aires no daban tregua.

Junto a tres amigos guatemaltecos, dos de ellos residentes en Argentina, emigramos, como las aves, a climas más afables: al norte tropical, en la frontera con Brasil, donde se encuentran las cataratas del Iguazú (agua grande en lengua guaraní), famosas en el mundo por su belleza.

Las cataratas “rugen” dentro de un espacio lleno de fauna, flora y belleza repartidas en 66 mil hectáreas.

Cotizar los boletos de autobús no fue difícil, las opciones son variadas y para todos los bolsillos. Elegimos uno con butacas reclinables, más cómodas que una cama, para afrontar las 19 horas que dura el recorrido desde la capital gaucha hasta Puerto Iguazú.

Éste es el poblado más cercano al parque nacional del mismo nombre, reserva de fauna y flora que posee 66 mil hectáreas, y dueño de las famosas cataratas.

Salimos a las siete de la noche. Después de dos horas que nos tomó escapar de la ciudad, el paisaje de la célebre pampa argentina empezó a aparecer con su verde pradera. Luego de cenar y ver una película, dormimos toda la noche. Al día siguiente, al despertar, vimos un paisaje diferente: los pastos verdes de la plana pampa se tornaron en palmeras y selva de la ondulada provincia de Misiones, que nos hizo recordar los paisajes a los que estamos acostumbrados (costa sur de Guatemala). Llamó nuestra atención el intenso color rojo de la tierra que contrasta con el verde de la selva.

Llegamos al Puerto Iguazú a las 11 de la mañana. Tras registrarnos en el hotel, no esperamos mucho para conocer el lugar.

Decidimos abordar un bus turístico que cubre la ruta entre la zona hotelera y el ingreso del parque nacional. Caminamos un par de cuadras y abordamos un pequeño tren que recorre la selva —el periplo permite observar orquídeas, urracas y pizotes, que en Sudamérica son conocidos como coatíes—. A medida que el tren avanzaba, pudimos escuchar el “rugir” de agua.

Otros puntos
de interés del área
> Misiones Jesuíticas. Las ruinas de San Ignacio Miní testifican la obra de dicha orden que, sin conflictos, fusionó la cultura indígena y europea.

> Saltos de Moconá. Cascadas paralelas al río Iguazú que acompañan al viajero por varios kilómetros.

> Oberá. Población cuya Fiesta Nacional del Inmigrante es un ejemplo de la nutrida inmigración centro-europea y escandinava, que pobló la provincia de Misiones.

> Hito de tres fronteras. Monumento piramidal desde donde se puede observar el río Iguazú que divide a Argentina de Paraguay y Brasil.

> Montecarlo. Sede de la Fiesta Nacional de la Orquídea.

> Minas de Wanda. Centro minero donde se extraen numerosas piedras preciosas.

Los costos
> Boleto en bus (de Buenos Aires a Iguazú): US$50

> Boleto en avión (de Buenos Aires a Iguazú): US$ 500

> Entrada al Parque Nacional Iguazú: US$10

> Bus turístico que lleva al Parque: US$ 1.5

La locomotora hace dos paradas, nosotros elegimos ir a la más lejana. Al llegar a una pasarela metálica nos indicaron que debíamos caminar 600 metros hasta llegar a la Garganta del Diablo, nombre de la más caudalosa caída de agua. Sólo caminando por este medio sobre el río Iguazú se aprecia la magnitud de este gigantesco espejo de agua dividido por islotes de selva. A medida que íbamos avanzando, el estruendo que causa el agua al caer se hacía más fuerte. Nos llamó la atención que los turistas que se dirigían en sentido contrario llevan gotas de agua en sus rostros.

Cuando estuvimos a unos cuantos metros, tuvimos el primer detalle de un espectáculo sin igual: una impresionante cascada de 70 metros de alto y más de un kilómetro de ancho que se precipita en forma de U.

Todos nos quedamos callados y fue sólo después de varios minutos que empezamos a comentar y a tomar las primeras fotos. Fue impresionante observar cómo el agua, por la potencia con que revienta sobre las piedras al caer al fondo y levanta un vapor que alcanza casi los 70 metros de altura.

Otro espectáculo es ver cómo las gotas de vapor refractan numerosos arco iris intermitentes. Pasamos más de una hora en ese lugar sin ganas de abandonarlo, pero otra aventura nos esperaba al día siguiente.

Sólo amaneció, desayunamos y regresamos al Parque. En esa ocasión recorrimos el circuito que lleva a la parte baja de las cascadas, de más de 1.2 kilómetros de longitud. Los primeros paisajes de los saltos Bosseti entre el verde de la selva eran impresionantes, hecho que nos ayudó a comprender por qué las cascadas fueron declaradas en 1984 por la Unesco Patrimonio Natural de la Humanidad. En ese lugar nos ofrecieron un paseo en lancha inflable, que hace un recorrido por los rápidos del río hasta pasar por debajo de dos cascadas. Aceptamos el reto, la aventura desde el bote es indescriptible. Cuando la lancha ingresa por debajo de las cataratas, y el agua tibia y la bruma simulan una regadera gigante, la adrenalina no abandona a los que viven la experiencia. El tour dura unos 20 minutos.

Al final de la tarde, aprovechamos nuestras últimas horas y regresamos a la Garganta del Diablo para contemplar el atardecer y con esa vista del Edén concluimos nuestro recorrido por las cataratas de Iguazú, no sin antes lanzar unas monedas al vacío, porque según dicen los lugareños, asegura retornar algún día a los lugares queridos. Yo, por si las dudas, lancé tres.


   

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