Semanario de Prensa Libre • No. 117 • 1 de Octubre de 2006

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D colección

Pasatiempo
Star Wars contraataca
La Guerra de las Galaxias aún sigue de moda, si no que se lo pregunten a Alfonso Iriarte, quizá el mayor coleccionista de figurillas relacionadas con la odisea galáctica.

Por Gemma Gil Flores
Foto Carlos Sebastián

“Hubo un momento en que sentí que se me iba de las manos. La alarma llegó cuando la parte de arriba de la refrigeradora estaba llena de muñecos y el horno lleno de naves; cuando te levantas y todo lo que te rodea son afiches y adornos, y comienza a pesarte”, explica Alfonso Iriarte, rodeado por una parte de su colección de objetos relacionados con la saga de Star Wars (La Guerra de las Galaxias). Cinco mil piezas lo convierten en el poseedor de una de las mayores colecciones de figuritas relacionadas con las aventuras galácticas en Guatemala. Sin embargo, su afición puede llegar a considerarse adictiva. “Hay que tener cuidado para saber meter el freno cuando te aceleras”, comenta, a pesar de que sus “excesos” no le han llevado a situaciones como la de un amigo, cuya esposa, harta de la afición de su marido, acabó haciendo cacería de brujas y quemando todos los muñecos.

“Más de 250 mil aficionados llegan a las convenciones , y hay que hacer cola hasta 13 horas para lograr una pieza de 20 dólares.”

“Siempre hay gente que se obsesiona, que pierde el sueño por conseguir una pieza o que pone en riesgo su estabilidad económica. He visto gente que se gasta el cuerpo, la ansiedad, el sueño, el tiempo y el dinero para obtener una pieza y guardarla en un clóset. Por eso es importante no olvidar que un hombre tiene sus prioridades”, afirma. En su caso, no le cuesta enumerarlas: Dios, la familia y el trabajo. La colección llega después, en calidad de pasatiempo, aunque al contemplar su profunda emoción es inevitable preguntarse si no se trata de una pasión sedienta: añoranzas de un mundo imaginario, complacencia ante lo obtenido y cierta dosis de fetichismo. “Conseguí la entrada 001 de La Venganza de los Sith, por supuesto, no la utilicé, la conservo entera”, sonríe con picardía. Rodeado de sus piezas más antiguas, este empresario, de 38 años, irradia la misma felicidad que un niño el día de Navidad.

Acá, un póster del estreno en el cine Lux de 1978; allá, dos versiones casi idénticas de la misma figurilla de Luke Skywalker: una tiene el cabello rubio, la otra, moreno. “El interés por una variante o una pieza defectuosa radica en que es única”, afirma cuando señala un muñeco aún empacado, al cual le falta un brazo: un error de fábrica lo convierte en especial, aunque tales detalles sólo se aprecien desde la platea del coleccionismo profesional. “Lo que nos diferencia de un fanático de las películas es que nos mueve la búsqueda de las piezas más raras y exclusivas, y no es fácil, porque a veces sacan series de 50 mil copias y somos dos millones de coleccionistas.

Las convenciones son una locura: se celebran una vez al año, y llegan casi 250 mil aficionados. Hay que hacer colas de hasta 13 horas para lograr una pieza de 20 dólares”, cuenta.

Mucho más que juguetes

Star Wars llegó a la vida de Alfonso Iriarte en 1977, meses antes del estreno de la primera parte de la saga, gracias a la campaña de mercadeo en forma de álbumes y figuritas. Sólo tenía 8 años, pero con una visión de futuro inaudita para su edad, se dio cuenta de que las piezas eran mucho más que un juguete. Ya estaba pensando en coleccionar, era tan celoso con su pasión recién descubierta que para permitir a sus amigos que jugaran con esos tesoros diminutos, les exigía que se lavaran las manos siete veces . “Eso era porque en esa época también apareció el video. Otro amigo y yo queríamos utilizar las figuras para hacer nuestra propia película”, explica. Así fue como Alfonso empezó a buscar más muñecos.

Para conservarlos, los mantenía empacados (eso explica que ahora tenga dos versiones de todas las figuras: con y sin caja original). La idea era sacarlas nuevas del camerino. Aunque el proyecto de película nunca se materializó —para simular las explosiones propias de una guerra galáctica era necesario utilizar cohetes, lo que ponía en peligro la integridad de las piezas—, el gusanillo del coleccionista profesional ya había inoculado el virus.

La locura se hizo pasión

Pasaron los años de infancia y la afición quedó olvidada en un rincón de la casa— “el peor enemigo de un coleccionista es la adolescencia cuando lo único que te preocupan son las modas”, puntualiza el empresario—. En 1999, el deseo de rescatar la afición renació y se convirtió en algo serio, tanto que en la actualidad preside la Asociación de Coleccionistas de Star Wars, un grupo integrado por 25 “locos” por las aventuras de la dinastía Skywalker. Los miembros del grupo se reúnen una vez por mes para cenar, hablar de las nuevas adquisiciones y, cómo no, de posibles intercambios. Para este último asunto, han constituido un tribunal de honor encargado de controlar que las compraventas se realicen con justicia (no olvidemos que se trata de fieles admiradores de los caballeros Jedi). La corte es necesaria porque un buen coleccionista es, a la vez, un estratega que calcula lo que los otros pueden necesitar, predice lo que se va a revalorizar o espera el momento adecuado para comprar, eso sí, siempre a un precio razonable.

“Si tienes dinero, por Internet lo puedes encontrar todo, pero el chiste es ir haciendo tu colección sin gastar tanto. Mucha gente cree que esto es una forma de invertir, pero en Guatemala una colección de este tipo no vale tanto”, apunta Iriarte, quien, pese a todo, prefiere mantener sus piezas cuidadosamente almacenadas en una bodega con custodio, porque “es la única forma de que no se estropeen”. No en vano, el empresario asegura que lo que hoy puede parecer basura, en 20 años podría transformarse en un codiciado artículo.


   

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