Pastor urbano
Ocho cabras lo acompañan en su recorrido
por la ciudad.
Hay días en que Ana María y Vanesa
no están para portarse bien. A lo mejor son las largas caminatas
diarias o el ruido de los carros lo que las pone intranquilas.
A veces se quedan quietas en la banqueta hasta que indico que sigan
caminando. Las llamo por su nombre (cada una tiene el propio) y
les digo: “Bueno muchá, pórtense bien”.
Las cabras son dóciles y obedecen.
Inicio mi camino a las siete de la mañana en la colonia
El Edén, zona 5, donde se ubica el corral. Diariamente recorro
unos 12 kilómetros por distintas calles de la zona 1 hasta
llegar al Cementerio, en la zona 3. Hago sonar el látigo
para que la gente sepa que vengo a ofrecer, a Q5, leche recién
ordeñada. De mi morral saco un vaso desechable verde, me
acerco a uno de los animales, le levanto la pata y empiezo la rutina.
Tengo clientela establecida en tiendas, oficinas, casas y con los
vendedores que tienen puesto establecido. Un niño, hijo
de comerciantes de la 18 calle, es de los compradores. También
lo son algunos ayudantes de camioneta extraurbana en la 19 calle.
Allí un señor guarda cáscaras de plátano
para dar de comer a los animales.
Un día, una cabra se atoró en una pequeña
armazón de hierro. Cuando se sintió atrapada corrió desesperada
hacia los buses estacionados. Le ordené al resto del rebaño
que esperaran sobre la banqueta, y fui a buscar a la que faltaba.
La gente se reía de ver la escena. Otra vez una se bajó de
la banqueta y un carro la golpeó en la pata. Además
de las cabras, tengo que lidiar con otros rebaños: los de
buses rojos, los carros y los camiones.
Hoy no sé que tiene Ana María. Va hasta adelante
y se niega a obedecer. Eso descontrola a las otras que se dan de
cabezazos, pero yo las vuelvo a la calma. Cada mañana, antes
de salir, les digo que caminen tranquilas. En el trayecto también
les hablo, platico con ellas.
Antes de dedicarme a esto cuidaba caballos de polo. Nací en
Escuintla y crecí en la finca El Caobanal. Tengo tres años
de haber venido a la capital. Aquí aprendí el nuevo
trabajo con mi hermano mayor, Luis Emilio. Las cabras no son mías.
El dueño vive a la orilla de un barranco donde tiene corral.
No gano sueldo fijo, sino un porcentaje de la venta. Aun así,
obtengo mayores ingresos que cuando trabajaba en la finca. Con
el sueldo mantengo a mi familia, soy padre de gemelitos, niño
y niña.
No me quedo mucho en un mismo lugar, apenas unos minutos. Vuelvo
a golpear el látigo sobre el cemento y sigo mi camino. Walter Ovidio Ramos
La
vida está llena de anécdotas, unas tristes, otras
alegres,
pero también hay sucesos fantásticos y
heroicos. Cuéntenos la suya.
Envíela a revistad@prensalibre.com.gt o por correo a 13
calle 9-31 zona 1, 9o. piso.
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