Semanario de Prensa Libre • No. 117 • 1 de Octubre de 2006

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En primera persona

Pastor urbano
Ocho cabras lo acompañan en su recorrido por la ciudad.

Hay días en que Ana María y Vanesa no están para portarse bien. A lo mejor son las largas caminatas diarias o el ruido de los carros lo que las pone intranquilas. A veces se quedan quietas en la banqueta hasta que indico que sigan caminando. Las llamo por su nombre (cada una tiene el propio) y les digo: “Bueno muchá, pórtense bien”. Las cabras son dóciles y obedecen.

Inicio mi camino a las siete de la mañana en la colonia El Edén, zona 5, donde se ubica el corral. Diariamente recorro unos 12 kilómetros por distintas calles de la zona 1 hasta llegar al Cementerio, en la zona 3. Hago sonar el látigo para que la gente sepa que vengo a ofrecer, a Q5, leche recién ordeñada. De mi morral saco un vaso desechable verde, me acerco a uno de los animales, le levanto la pata y empiezo la rutina.

Tengo clientela establecida en tiendas, oficinas, casas y con los vendedores que tienen puesto establecido. Un niño, hijo de comerciantes de la 18 calle, es de los compradores. También lo son algunos ayudantes de camioneta extraurbana en la 19 calle. Allí un señor guarda cáscaras de plátano para dar de comer a los animales.

Un día, una cabra se atoró en una pequeña armazón de hierro. Cuando se sintió atrapada corrió desesperada hacia los buses estacionados. Le ordené al resto del rebaño que esperaran sobre la banqueta, y fui a buscar a la que faltaba. La gente se reía de ver la escena. Otra vez una se bajó de la banqueta y un carro la golpeó en la pata. Además de las cabras, tengo que lidiar con otros rebaños: los de buses rojos, los carros y los camiones.

Hoy no sé que tiene Ana María. Va hasta adelante y se niega a obedecer. Eso descontrola a las otras que se dan de cabezazos, pero yo las vuelvo a la calma. Cada mañana, antes de salir, les digo que caminen tranquilas. En el trayecto también les hablo, platico con ellas.

Antes de dedicarme a esto cuidaba caballos de polo. Nací en Escuintla y crecí en la finca El Caobanal. Tengo tres años de haber venido a la capital. Aquí aprendí el nuevo trabajo con mi hermano mayor, Luis Emilio. Las cabras no son mías. El dueño vive a la orilla de un barranco donde tiene corral. No gano sueldo fijo, sino un porcentaje de la venta. Aun así, obtengo mayores ingresos que cuando trabajaba en la finca. Con el sueldo mantengo a mi familia, soy padre de gemelitos, niño y niña.

No me quedo mucho en un mismo lugar, apenas unos minutos. Vuelvo a golpear el látigo sobre el cemento y sigo mi camino.

Walter Ovidio Ramos


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