Lealtades incomprendidas
A la fecha, los inmigrantes nacidos en
Brasil, Colombia Costa Rica, Ecuador, El Salvador, México,
Panamá, Perú, República Dominicana y Uruguay
pueden hacerse ciudadanos estadounidenses.
Por Sergio Muñoz Bata
Ilustración Juan Fernando Rodríguez
Aún cuando no hay una mención directa,
es evidente que las leyes migratorias que hoy se discuten en el
Congreso estadounidense se escribieron pensando en México
y en la migración de latinoamericanos a Estados
Unidos.
La cantidad de inmigrantes que cruza
ilegalmente la frontera; el cada vez más extendido uso del
español por todo el país; los despliegues de
banderas aztecas en las marchas de protesta en ciudades como Los Ángeles,
Chicago o Atlanta; el creciente número de países latinos que permiten
la doble nacionalidad a sus emigrados, así como la participación
de éstos, especialmente los mexicanos, en los procesos electorales de
sus países de origen han elevado a dogma la noción de que no se
puede confiar en la lealtad de éstos a su país adoptivo.El argumento
de la fidelidad dividida no es nuevo.

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Históricamente,
los nativos lo han usado para discriminar a los inmigrantes no
anglosajones. A principios de siglo se usó contra los italianos;
después para aislar a los alemanes-americanos y para internar
a los japoneses-americanos en campamentos prisiones. Ahora le toca
el turno a los de América Latina que vienen de países
que permiten la doble nacionalidad y el voto de su diáspora
en las elecciones de su región natal.
A la fecha, los inmigrantes nacidos
en Brasil, Colombia, Costa Rica, Ecuador, El Salvador, México,
Panamá,
Perú,República
Dominicana y Uruguay pueden hacerse ciudadanos de la unión
americana sin perder su nacionalidad de origen. En el caso de México,
los esfuerzos de la izquierda y sus simpatizantes en las comunidades
en EEUU por involucrar a los inmigrantes en el proceso político
de su país sirvieron para darle credibilidad al mito de
la imposible asimilación de los mexicanos a su país
adoptivo promovido por la derecha estadounidense.
“Desde 1980”, escribió el profesor
Samuel Huntington en su famoso y controvertido ensayo deplorando
la inmigración
latinoamericana, “el gobierno mexicanos ha buscado expandir
el número, la riqueza y el poder político de su
comunidad en el suroeste de Estados Unidos y la integración
de esa población a México”. Aún concediéndole
a Huntington que el gobierno mexicano procura el bienestar económico,
político y social de su diáspora, y la reafirmación
de los vínculos con la madre patria, un esclarecedor suceso
de la historia reciente debería obligar al reconocido
historiador a revisar su tesis.
Me refiero a la débil participación
de los mexicanos residentes en el exterior en la reciente contienda
electoral contraviniendo la opinión de que el voto de millones
emigrados mostraría
su desapego a EEUU.
Las expectativas se redujeron un poco
cuando el Congreso mexicano y el instituto electoral limitaron
el universo de posibles votantes a los 4 millones que cuentan con
su credencial de elector. En privado se decía que una participación
de 400,000 compensaría
con creces el brutal gasto de su participación.
El 2 de julio, sin embargo, el conteo
de votos mostró que
de los 42 millones de personas que participaron en la elección
sólo 33 mil enviaron su voto por correo desde Estados
Unidos. Y que la inmensa mayoría de que participó votó por
Felipe Calderón. El 58% escogió al candidato conservador
que cree fervorosamente en las bondades del sistema capitalista,
en la economía de mercado, en la observancia del estado
de derecho. Es decir, al candidato más afín a los
valores que EEUU proclama como suyos.
Con estas evidencias yo me pregunto
sino es hora ya dejar de cuestionar la lealtad de quienes se esfuerzan
por hablar dos idiomas. Basta ya de estar contando banderas mexicanas
cuando la gente marcha para protestar una injusticia o de ofenderse
porque los aficionados al futbol prefieren a la selección de su
país
y no se entusiasman con la selección de Estados Unidos.
La experiencia ha probado que con
el tiempo los inmigrantes de América
Latina y sus hijos siguen el mismo patrón que los inmigrantes de otras
latitudes. Es más, la naturalización de los inmigrantes de este
continente ha crecido de forma desmesurada a partir de 1986, cuando una generosa
provisión de amnistía en la ley de inmigración permitió la
legalización de unos tres millones de inmigrantes.
Si en algo están correctos
los congresistas que redactaron las leyes que se discuten en la
actualidad es que sin la participación de México
no puede haber una reforma migratoria completa. El Congreso y el presidente
deberían
darle a Calderón la oportunidad que injustamente le negaron a Vicente
Fox para establecer una sociedad de beneficio mutuo. |