“El muro de Berlín”
preocupa a texanos
La ley valla segura fue diseñada
para darles gusto a electores aprehensivos con respecto a la seguridad
territorial .
Por Jesse Bogan
The New York Times News Service
Si hay un lugar a lo largo del ondulante Río Grande que
justificara la polémica valla que el Congreso de Estados
Unidos y el Presidente Bush autorizaron, todo parece indicar que
sería el rancho de Sonny
Miller.
Hace dos años, nueve personas, en su mayoría
salvadoreños, se ahogaron cuando el traficante humano (pollero)
que los llevaba dirigió un automóvil Crown Victoria,
modelo 87, al interior de un canal de irrigación. Además,
Miller tiene una fotografía de 60 inmigrantes que fueron
detenidos en su propiedad este verano.
Al igual que muchos rancheros del sur de Texas, él construyó escaleras
que pasan por encima de una cerca de alambrado para el ganado, para que así no
fuera destruida.
Claramente, abunda el tránsito de a pie, pero Miller, de 72 años
de edad, está entre los residentes y líderes a ambos lados de la
frontera que están molestos a causa del “Muro de Berlín”,
como muchos conocen a la estructura propuesta.
“Es un desperdicio de dinero”, afirmó Miller,
quien solía
cultivar vegetales y algodón pero actualmente sólo cría
unas cuantas cabezas de ganado. “Ellos la cruzarán, sea por encima
o por debajo”.
El Senado de la unión americana se unió hace
poco a la Cámara de Representantes en la aprobación de
la Ley valla segura, misma que se pronuncia por la construcción
de 1,126 kilómetros de barrera a lo largo de la frontera
sur, incluidos tres largos tramos en Texas: de Laredo a Brownsville,
desde Del Río hasta Eagle Pass, y desde El Paso hasta Nuevo
México.
En un año electoral, dicha ley fue diseñada para darles gusto
a electores aprehensivos con respecto a la seguridad territorial, sobre todo
conservadores que han buscado un cierre definitivo de la frontera desde hace
largo tiempo. Sin embargo, su edificación está lejos de ser una
certeza, y con la excepción de quienes la construirían, el respaldo
hacia ella al parecer no existe.
Una iniciativa de ley aparte, firmada la semana pasada por el Presidente
Bush, asignó US$1,200 millones para la seguridad fronteriza, mismos que pueden,
pero no necesariamente tienen que ser empleados para este proyecto.
Aún persisten muchos interrogantes. ¿Cuán cerca del río
se erigiría? ¿Expropiará el gobierno áreas privadas? ¿Qué hay
de los largos tramos de terreno escabroso que, según afirmaciones de
expertos, no es apropiado para ese tipo de construcción? ¿Y el
medio ambiente?
Los senadores Kay Hutchison y John Cornyn, ambos republicanos de
Texas, recibieron garantías en cuanto a que el Departamento de Seguridad Territorial tendrá amplia
discreción si la construye o no y si consulta con funcionarios estatales
y locales con respecto a su ubicación.
Oponentes dijeron que la barrera propuesta pasa por alto las causas
fundamentales de la inmigración, además que no es una actitud apropiada de
un vecino, aunado a que, a final de cuentas, ocasionaría un aumento
en las tarifas que cobran los polleros o fomentaría más intentos
por corromper a oficiales en puentes internacionales.
Entre las personas entrevistadas a lo largo de la frontera tras
la aprobación
de la Ley de valla segura, quienes no vieron aspectos negativos sobre ésta
generalmente fueron capaces de cruzar la frontera de manera legal, no les interesaba
cruzarla, o estaban entusiasmados por oportunidades financieras o laborales
que se derivarían del proyecto.
El alcalde de Brownsville, Eddie Treviño Jr., describió el muro
como un “intento por institucionalizar la discriminación y el
racismo”.
“Nosotros pasamos 40 años tratando de echar por tierra el Muro de
Berlín (en Alemania) y aquí estamos, construyendo uno en contra
de nuestro segundo socio comercial”, expresó, responsabilizando
al Congreso de su país por no haber logrado abordar exitosamente una amplia
reforma a la inmigración, incluido un programa mejorado para trabajadores
invitados y mejores avenidas para obtener la ciudadanía estadounidense.
Al otro lado del río Grande (Bravo, del lado mexicano) en Matamoros,
México, Matías Miss, uno de los gerentes de un refugio para indocumentados,
comentó que los residentes del espacio fronterizo no deberían
tener ningún problema con la barrera, ya que en su mayor parte cuentan
con visas láser que les permiten ir de compras, a comer y visitar a
sus familiares en esta sección, de 40 kilómetros, del sur de
Texas.
“Si yo tengo una casa y construyo un muro, me voy a sentir más seguro,
y eso no significa que yo no pueda ser un buen vecino”, dijo Miss, de 38
años de edad. La pesada carga, dio a conocer, recaerá con intensidad
sobre los residentes del refugio Casa San Juan Diego, algunos de los cuales han
sido objeto de violaciones, robo a mano armada y hambre a lo largo de sus largas
travesías al norte, impulsadas por sueños de empleos en la industria
de la construcción, la agricultura y los servicios.
Entre ellos están personas como Patricio Vázquez, de 23 años
de edad. Jornalero agrícola cuya madre está enferma, él
vendió unas cuantas vacas y su estéreo, además de haber
pedido algo de dinero prestado a unos parientes, para financiar su viaje desde
un área rural de Veracruz, sólo para que lo despojaran de sus
US$2,000 en las márgenes del Río Grande.
Vázquez dijo que la construcción del muro no sería una
acción justa, debido a que “todos nosotros tenemos el derecho
a comer y llevar una vida normal sin tanta pobreza”.
Eduardo Hinojosa Cepeda, el alcalde de Camargo, poblado fronterizo
del lado azteca, con 20,000 habitantes, preguntó: “¿Qué haría
Estados Unidos sin nuestra mano de obra?”
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