Semanario de Prensa Libre • No. 120 • 22 de Octubre de 2006

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Punto final

“El muro de Berlín”
preocupa a texanos

La ley valla segura fue diseñada para darles gusto a electores aprehensivos con respecto a la seguridad territorial .

Por Jesse Bogan
The New York Times News Service

Si hay un lugar a lo largo del ondulante Río Grande que justificara la polémica valla que el Congreso de Estados Unidos y el Presidente Bush autorizaron, todo parece indicar que sería el rancho de Sonny Miller.

Hace dos años, nueve personas, en su mayoría salvadoreños, se ahogaron cuando el traficante humano (pollero) que los llevaba dirigió un automóvil Crown Victoria, modelo 87, al interior de un canal de irrigación. Además, Miller tiene una fotografía de 60 inmigrantes que fueron detenidos en su propiedad este verano.

Al igual que muchos rancheros del sur de Texas, él construyó escaleras que pasan por encima de una cerca de alambrado para el ganado, para que así no fuera destruida.

Claramente, abunda el tránsito de a pie, pero Miller, de 72 años de edad, está entre los residentes y líderes a ambos lados de la frontera que están molestos a causa del “Muro de Berlín”, como muchos conocen a la estructura propuesta.

“Es un desperdicio de dinero”, afirmó Miller, quien solía cultivar vegetales y algodón pero actualmente sólo cría unas cuantas cabezas de ganado. “Ellos la cruzarán, sea por encima o por debajo”.

El Senado de la unión americana se unió hace poco a la Cámara de Representantes en la aprobación de la Ley valla segura, misma que se pronuncia por la construcción de 1,126 kilómetros de barrera a lo largo de la frontera sur, incluidos tres largos tramos en Texas: de Laredo a Brownsville, desde Del Río hasta Eagle Pass, y desde El Paso hasta Nuevo México.

En un año electoral, dicha ley fue diseñada para darles gusto a electores aprehensivos con respecto a la seguridad territorial, sobre todo conservadores que han buscado un cierre definitivo de la frontera desde hace largo tiempo. Sin embargo, su edificación está lejos de ser una certeza, y con la excepción de quienes la construirían, el respaldo hacia ella al parecer no existe.

Una iniciativa de ley aparte, firmada la semana pasada por el Presidente Bush, asignó US$1,200 millones para la seguridad fronteriza, mismos que pueden, pero no necesariamente tienen que ser empleados para este proyecto.

Aún persisten muchos interrogantes. ¿Cuán cerca del río se erigiría? ¿Expropiará el gobierno áreas privadas? ¿Qué hay de los largos tramos de terreno escabroso que, según afirmaciones de expertos, no es apropiado para ese tipo de construcción? ¿Y el medio ambiente?

Los senadores Kay Hutchison y John Cornyn, ambos republicanos de Texas, recibieron garantías en cuanto a que el Departamento de Seguridad Territorial tendrá amplia discreción si la construye o no y si consulta con funcionarios estatales y locales con respecto a su ubicación.

Oponentes dijeron que la barrera propuesta pasa por alto las causas fundamentales de la inmigración, además que no es una actitud apropiada de un vecino, aunado a que, a final de cuentas, ocasionaría un aumento en las tarifas que cobran los polleros o fomentaría más intentos por corromper a oficiales en puentes internacionales.

Entre las personas entrevistadas a lo largo de la frontera tras la aprobación de la Ley de valla segura, quienes no vieron aspectos negativos sobre ésta generalmente fueron capaces de cruzar la frontera de manera legal, no les interesaba cruzarla, o estaban entusiasmados por oportunidades financieras o laborales que se derivarían del proyecto.

El alcalde de Brownsville, Eddie Treviño Jr., describió el muro como un “intento por institucionalizar la discriminación y el racismo”.

“Nosotros pasamos 40 años tratando de echar por tierra el Muro de Berlín (en Alemania) y aquí estamos, construyendo uno en contra de nuestro segundo socio comercial”, expresó, responsabilizando al Congreso de su país por no haber logrado abordar exitosamente una amplia reforma a la inmigración, incluido un programa mejorado para trabajadores invitados y mejores avenidas para obtener la ciudadanía estadounidense.

Al otro lado del río Grande (Bravo, del lado mexicano) en Matamoros,
México, Matías Miss, uno de los gerentes de un refugio para indocumentados, comentó que los residentes del espacio fronterizo no deberían tener ningún problema con la barrera, ya que en su mayor parte cuentan con visas láser que les permiten ir de compras, a comer y visitar a sus familiares en esta sección, de 40 kilómetros, del sur de Texas.

“Si yo tengo una casa y construyo un muro, me voy a sentir más seguro, y eso no significa que yo no pueda ser un buen vecino”, dijo Miss, de 38 años de edad. La pesada carga, dio a conocer, recaerá con intensidad sobre los residentes del refugio Casa San Juan Diego, algunos de los cuales han sido objeto de violaciones, robo a mano armada y hambre a lo largo de sus largas travesías al norte, impulsadas por sueños de empleos en la industria de la construcción, la agricultura y los servicios.

Entre ellos están personas como Patricio Vázquez, de 23 años de edad. Jornalero agrícola cuya madre está enferma, él vendió unas cuantas vacas y su estéreo, además de haber pedido algo de dinero prestado a unos parientes, para financiar su viaje desde un área rural de Veracruz, sólo para que lo despojaran de sus US$2,000 en las márgenes del Río Grande.

Vázquez dijo que la construcción del muro no sería una acción justa, debido a que “todos nosotros tenemos el derecho a comer y llevar una vida normal sin tanta pobreza”.

Eduardo Hinojosa Cepeda, el alcalde de Camargo, poblado fronterizo del lado azteca, con 20,000 habitantes, preguntó: “¿Qué haría Estados Unidos sin nuestra mano de obra?”


   

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