Semanario de Prensa Libre • No. 120 • 22 de Octubre de 2006

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En primera persona

Me quedé petrificada
Una bailarina vio morir a su gran maestro

Como era nuestra costumbre cuando teníamos en agenda alguna presentación especial de danza, esa mañana habíamos terminado uno de nuestros tres ensayos semanales. Eran como las 10 de la mañana del 20 de julio de 2001 y nuestros oídos y movimientos habían dejado de escuchar Mitzi, el tema de una película que le encantaba a mi gran maestro de baile, Walter Peter.

Debido a que a las 14 horas debía estar en uno de los salones del Hotel Camino Real, donde se efectuaba la Feria de Sicología de la Universidad de San Carlos, ya no pudimos concluir el ensayo de Amigos para siempre, que se había escuchado mucho durante las olimpiadas de Barcelona. Esta práctica la dejamos a medias, pese a que era el tema que íbamos a estrenar la siguiente semana.

Recuerdo que esa mañana, después del ensayo, Walter me ayudó a subir al vehículo y como cosa extraordinaria me dio un beso en la mejilla cuando nos despedimos, y me dijo: “Nos vemos en la tarde”.

En el camino pensé: qué raro. Pero mi preocupación por la conferencia que iba a disertar me hizo olvidar el asunto. Al finalizar mi intervención El arte como herramienta en el proceso terapéutico me quedé esperando a Walter, debido a que debíamos hacer una presentación de danza en silla de ruedas en el marco de dicha actividad.

Como a las seis de la tarde salimos al escenario. El público se deleitó con nuestros movimientos al ritmo de El príncipe de las mareas, les gustó tanto que al concluir nos pidieron otra. “Qué bien”, recuerdo que me dijo mi maestro. Intuí que lo había dicho porque le alegró la petición y además sentíamos que habíamos bailado de manera extraordinaria.

Acordamos que si el público pedía otra, íbamos a bailar Mitzi, por lo que principiamos a danzar. En una de las vuelta observé que Walter cayó al piso, pero como siempre habíamos platicado que si alguna vez sucedía un accidente debíamos disimularlo, por lo que di otra vuelta con mi silla de ruedas. Pensé que había tropezado y que debía de estar furioso por eso. Vi que se estaba levantando, pero nuevamente cayó de bruces. Me quedé petrificada.

Su esposa, Sonya, y otras compañeras estaban conmocionadas. Mi gran maestro había muerto frente a mí, en plena danza. Esto es lo mas triste que me ha sucedido, nunca había visto morir a alguien. Como a los 10 minutos dije: ¡Se fue! Pasé varios días en shock.

Dora Amalia Alvarado,
bailarina de Artes especiales


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