Me quedé petrificada
Una bailarina vio morir a su gran maestro
Como era nuestra costumbre cuando teníamos
en agenda alguna presentación especial de danza, esa mañana
habíamos terminado uno de nuestros tres ensayos semanales.
Eran como las 10 de la mañana del 20 de julio de 2001 y
nuestros oídos y movimientos habían dejado de escuchar
Mitzi, el tema de una película que le encantaba a mi gran
maestro de baile, Walter Peter.
Debido a que a las 14 horas debía estar en uno de los salones
del Hotel Camino Real, donde se efectuaba la Feria de Sicología
de la Universidad de San Carlos, ya no pudimos concluir el ensayo
de Amigos para siempre, que se había escuchado mucho durante
las olimpiadas de Barcelona. Esta práctica la dejamos a
medias, pese a que era el tema que íbamos a estrenar la
siguiente semana.
Recuerdo que esa mañana, después del ensayo, Walter
me ayudó a subir al vehículo y como cosa extraordinaria
me dio un beso en la mejilla cuando nos despedimos, y me dijo: “Nos
vemos en la tarde”.
En el camino pensé: qué raro. Pero mi preocupación
por la conferencia que iba a disertar me hizo olvidar el asunto.
Al finalizar mi intervención El arte como herramienta en
el proceso terapéutico me quedé esperando a Walter,
debido a que debíamos hacer una presentación de danza
en silla de ruedas en el marco de dicha actividad.
Como a las seis de la tarde salimos al escenario. El público
se deleitó con nuestros movimientos al ritmo de El príncipe
de las mareas, les gustó tanto que al concluir nos pidieron
otra. “Qué bien”, recuerdo que me dijo mi maestro.
Intuí que lo había dicho porque le alegró la
petición y además sentíamos que habíamos
bailado de manera extraordinaria.
Acordamos que si el público pedía otra, íbamos a bailar
Mitzi, por lo que principiamos a danzar. En una de las vuelta observé que
Walter cayó al piso, pero como siempre habíamos platicado que si
alguna vez sucedía un accidente debíamos disimularlo, por lo que
di otra vuelta con mi silla de ruedas. Pensé que había tropezado
y que debía de estar furioso por eso. Vi que se estaba levantando, pero
nuevamente cayó de bruces. Me quedé petrificada.
Su esposa, Sonya, y otras compañeras estaban conmocionadas. Mi gran maestro
había muerto frente a mí, en plena danza. Esto es lo mas triste
que me ha sucedido, nunca había visto morir a alguien. Como a los 10 minutos
dije: ¡Se fue! Pasé varios días en shock.
Dora Amalia Alvarado,
bailarina
de Artes especiales
La
vida está llena de anécdotas, unas tristes, otras
alegres,
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