Semanario de Prensa Libre • No. 120 • 22 de Octubre de 2006

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D cultura

Presto non troppo
Muchos responden
Algunos... no

Por Paulo Alvarado
presto_non_troppo@yahoo.com

El artista se presenta en el escenario, con todo lo que sabe hacer. Canta, toca un instrumento, baila, actúa, dirige un ensamble de otros artistas. Quizás él mismo ha compuesto la obra que se ejecuta o es el responsable de la puesta en escena.

Es figura pública, posiblemente a pesar suyo; figurar públicamente es parte de su trabajo. Llama la atención. Por eso, su vida privada no lo es tanto. Un aura rodea su presentación, al punto que muchos concurrentes, sean fanáticos o simples espectadores neófitos, se sienten atraídos a él.

Quieren verlo de cerca, compartir sus virtudes y recibir su energía, algo intangible, difícil de definir, que va más allá del talento natural, del estudio o de la dedicación al arte. Muchos se sienten afectados por su actuación y no les es posible contener la emoción que se manifiesta por medio de la algarabía, el delirio y el frenesí; o a través del llanto y de la congoja, que en determinados casos alcanza el desmayo; o por la estupefacción, el asombro total, la fascinación, el éxtasis.

No es necesario que hablemos de un evento masivo, del rock o del pop publicitados hasta el hartazgo. Tampoco nos tenemos que referir a las multitudes cautivas de las iglesias y los eventos religiosos. Las personas reaccionan también a un recital de formato pequeño o a una obra de teatro en una sala pequeña —con menos bullicio, pero acaso con más profundidad y mayor intimidad. El encanto de las artes y de quienes las practican no depende tampoco de temáticas escandalosas, producciones aparatosas, efectos de choque, sonidos estridentes o imágenes insólitas, sino de la fuerza interna del arte. Muchos de quienes acuden a un espectáculo, incluso a la fuerza y contra su voluntad, acaban respondiendo.

Es curioso comprobar, sin embargo, que también hay quienes no responden. No experimentan ninguna de las emociones estéticas que les propone un compositor, un dramaturgo o un coreógrafo, aunque se trate de obras trascendentales.

No contestan al llamado de un músico, ni de un actor, ni de un bailarín, aunque éstos sean artistas consumados. Su frialdad, que en otros no pasa de ser síntoma de una timidez inicial y por eso desaparece conforme avanza la velada, en aquéllos se mantiene a lo largo de toda la función. Su fastidio se nota desde un principio, su desencanto les acompaña, aun cuando hayan cesado la música y la danza y la poesía.

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