Semanario de Prensa Libre • No. 115 • 17 de Septiembre de 2006

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En primera persona

Sabía que era delito
La madre había fallecido, pero en su vientre palpitaba un corazón.

Veníamos con la sirena apagada, por la 17 avenida y 2a. calle de la zona 6, de regreso a la base, en la zona 18, después de haber llevado a unos heridos al Hospital San Juan de Dios. Eran como las 20.30 horas. De repente vimos que un hombre que estaba parado sobre una acera nos hacía señas con las manos. No entendimos lo que nos quería decir, lo único que asumimos fue que debíamos cruzar. Sin dudarlo, el piloto Edwin de León giró la ambulancia, que era la 597. Lo único que pasó por mi mente fue que se trataba de otros heridos, por lo que me puse mis guantes.

Nos metimos a un callejón y vimos a cinco personas tiradas en el piso. Todas sangraban. Los tres camilleros y yo empezamos a tomar los signos vitales de cada una de las víctimas. Todas estaban muertas. Contrario a lo que sucede en la mayoría de ocasiones, que la gente se arremolina alrededor de los muertos o heridos, esa noche los vecinos se encerraron en sus casas, por lo que el silencio era sepulcral.

Los pocos que se asomaron miraban con estupor los cuerpos de los fallecidos. Nadie hablaba de lo sucedido. A veces se miraban entre sí o susurraban. No había duda de que se había tratado de algo “grueso”, ya que el temor se reflejaba en sus rostros.

De repente, todo cambió. Con asombro vi que el estómago de la única mujer asesinada se movía, como cuando alguien trata de salir de una bolsa donde se encuentra atrapado. Enseguida me agaché para ver qué pasaba en el estómago de Estela Aroche. Recuerdo que así se llamaba la fallecida, pero al mismo tiempo se me acercó una vecina o familiar de ella y me dijo: Ella estaba embarazada; tenía como ocho meses.

El corazón me empezó a latir aceleradamente y las manos se me pusieron frías. De pronto me sentí en un gran conflicto legal y ético-moral. Sabía que no podíamos mover el cadáver, porque eso significaría enfrentar a la justicia, ya que es penado por la ley, pero también me preguntaba: ¿y el bebé? ¡Está vivo! ¿Qué hacemos? pregunté a mis compañeros.

No había tiempo que perder, por lo que de inmediato subimos el cadáver en la unidad 61, que había llegado a apoyarnos. En la ruta, los camilleros de esta ambulancia “trabajaron a la fallecida”, le pusieron suero y la entubaron, para que el bebé pudiera seguir viviendo mientras llegaban al hospital San Juan de Dios. Por el radiotransmisor yo preguntaba cómo seguía el caso, pues me quedé en la 597 con los fallecidos. La ambulancia tardó unos 10 minutos en llegar al hospital.

Cuando llegó el fiscal a la escena del crimen me puse nervioso. La primera pregunta qué me hizo fue ¿quién ordenó que movieran el cadáver? Yo, le contesté, y le expliqué por qué lo había hecho. “Ojalá se salve el niño, porque si no esta misma historia tendrá que contarla ante un juez o tras las rejas”, fue su respuesta.

Al día siguiente fuimos al San Juan de Dios y sólo dejaron entrar a un compañero, creo que fue Mario Marroquín, y pudo ver al niño. ¡Está bien!, nos dijo al salir. Pocos días después fuimos a la casa donde había ocurrido la tragedia, pero ya no vivía nadie ahí. Los vecinos nos contaron que una tía o la abuela se había quedado con el niño.

Byron Juárez
bombero voluntario


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