Sabía que era delito
La madre había fallecido, pero en su vientre palpitaba un corazón.
Veníamos con la sirena apagada, por la 17
avenida y 2a. calle de la zona 6, de regreso a la base, en la zona
18, después de haber llevado a unos heridos al Hospital
San Juan de Dios. Eran como las 20.30 horas. De repente vimos que
un hombre que estaba parado sobre una acera nos hacía señas
con las manos. No entendimos lo que nos quería decir, lo único
que asumimos fue que debíamos cruzar. Sin dudarlo, el piloto
Edwin de León giró la ambulancia, que era la 597.
Lo único que pasó por mi mente fue que se trataba
de otros heridos, por lo que me puse mis guantes.
Nos metimos a un callejón y vimos a cinco personas tiradas en el piso.
Todas sangraban. Los tres camilleros y yo empezamos a tomar los signos vitales
de cada una de las víctimas. Todas estaban muertas. Contrario a lo que
sucede en la mayoría de ocasiones, que la gente se arremolina alrededor
de los muertos o heridos, esa noche los vecinos se encerraron en sus casas, por
lo que el silencio era sepulcral.
Los pocos que se asomaron miraban
con estupor los cuerpos de los fallecidos. Nadie hablaba de lo
sucedido. A veces se miraban entre sí o susurraban. No había
duda de que se había tratado de algo “grueso”,
ya que el temor se reflejaba en sus rostros.
De repente, todo cambió. Con asombro vi que el estómago de la única
mujer asesinada se movía, como cuando alguien trata de salir de una bolsa
donde se encuentra atrapado. Enseguida me agaché para ver qué pasaba
en el estómago de Estela Aroche. Recuerdo que así se llamaba la
fallecida, pero al mismo tiempo se me acercó una vecina o familiar de
ella y me dijo: Ella estaba embarazada; tenía como ocho meses. El corazón me empezó a latir aceleradamente y las manos se me pusieron
frías. De pronto me sentí en un gran conflicto legal y ético-moral.
Sabía que no podíamos mover el cadáver, porque eso significaría
enfrentar a la justicia, ya que es penado por la ley, pero también me
preguntaba: ¿y el bebé? ¡Está vivo! ¿Qué hacemos?
pregunté a mis compañeros. No había tiempo que perder, por lo que de inmediato subimos el cadáver
en la unidad 61, que había llegado a apoyarnos. En la ruta, los camilleros
de esta ambulancia “trabajaron a la fallecida”, le pusieron suero
y la entubaron, para que el bebé pudiera seguir viviendo mientras llegaban
al hospital San Juan de Dios. Por el radiotransmisor yo preguntaba cómo
seguía el caso, pues me quedé en la 597 con los fallecidos. La
ambulancia tardó unos 10 minutos en llegar al hospital.
Cuando llegó el fiscal a la escena del crimen me puse nervioso. La primera
pregunta qué me hizo fue ¿quién ordenó que movieran
el cadáver? Yo, le contesté, y le expliqué por qué lo
había hecho. “Ojalá se salve el niño, porque si no
esta misma historia tendrá que contarla ante un juez o tras las rejas”,
fue su respuesta.
Al día siguiente fuimos al San Juan de Dios y sólo dejaron entrar
a un compañero, creo que fue Mario Marroquín, y pudo ver al niño. ¡Está bien!,
nos dijo al salir. Pocos días después fuimos a la casa donde había
ocurrido la tragedia, pero ya no vivía nadie ahí. Los vecinos nos
contaron que una tía o la abuela se había quedado con el niño. Byron Juárez
bombero voluntario
La
vida está llena de anécdotas, unas tristes, otras
alegres,
pero también hay sucesos fantásticos y
heroicos. Cuéntenos la suya.
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