Maurice Echeverría
“Ya hice mis paces con Guatemala”
Decidió tomarse en serio la
literatura y ganó el premio Mario Monteforte
Toledo con su Diccionario Esotérico. El poeta maldito se ha reinventado.
Por Gemma Gil Flores
Foto Carlos Sebastián
Nos recibe en el salón de su apartamento,
el mismo lugar donde “escribe profesionalmente”. Habla
despacio, seleccionando las palabras, puede que en honor a “la
sagrada obligación del artista y su misión de reinventar
el lenguaje”. Parece más joven de lo que es, quizá por
su rubicundez, quizá por la sonrisa pícara, quizá por
cierto aire de fragilidad.
Su mente, a veces, parece estar muy lejos de la conversación, como una
cafetera en ebullición procesando mil y una posibilidades. Cuando habla
está sin estar. La mirada de Maurice Echeverría tiende a recorrer
la estantería donde habitan Juan Carlos Onetti, Hunter S. Thompson,
Norman Mailer y César Vallejo, entre otros. A veces, sus ojos prefieren
escapar al otro lado del amplio ventanal, el mirador indiscreto desde el que
el escritor espía los entresijos de la ciudad en su torre de cristal.

Maurice Echeverría |
¿Qué significan
para usted los premios?
Son un salvoconducto para circunstanciarme como escritor y ganar
algo de dinero. Mi idea es jinetear los libros. No voy a ganar
dinero vendiendo libros en Guatemala, así que, ¿qué queda?
los concursos... Para darte a conocer, también son importantes
las relaciones públicas y todo ese bricolaje del escritor
profesional que estoy descubriendo ahora que soy menos acomplejado.
¿Acomplejado por qué?
Tengo problemas para relacionarme con la gente, aunque ya menos.
Yo asocié la
figura del escritor a una figura egoica dentro de mí, y eso fue un
descalabro.
¿En qué momento decidió convertir la escritura en profesión?
Quería rebelarme contra otra gente de mi generación que escribía
en los cafés y parecía no tomárselo en serio. Tener un
horario —escribe de 6 a 8 y de 11.30 a 18— dejar de tomar, sacar
cuartillas todas las mañanas, escribir de forma disciplinada. Siento
que hay demasiados cerebros desperdiciados y yo no quería ser uno
de ellos.
Supongo que las historias nacen del mundo
que le rodea. Con ese horario tan disciplinado ¿cuándo
vive? Hay un factor que a lo mejor aún cuenta: la imaginación. El escritor
amplifica mundos, los crea, los inventa, es un demiurgo, extrae de su cabeza
todo lo que existe ahí. Me vinculo con gente muy distinta, personas
que están viviendo de una u otra manera un plano del dolor. Si los escuchas
vas a tener millones de libros para escribir, pero me rehúso a convertirme
en esa gente. Yo ya no quiero ser el drogadicto. Se me hace un lugar común.
No necesito ser un drogadicto para escribir sobre uno. Así que no es un escritor en su
torre de marfil...
El mundo interior no es menos rico que lo que está ahí fuera,
pero no creo en esa separación entre la realidad del escritor y el
mundo que le rodea. ¿Para quién
escribe?
Para mí mismo, aunque siempre pienso en el lector. ¡Tomo en cuenta
a la humanidad aunque esté en mi torre de cristal! (risas).
¿A qué autores admira?
A Francisco Umbral porque es prolífico y talentoso. También me
gustan Norman Mailer y Ray Bradbury, porque es un 4x4, un escritor sin complejos,
una especie de continuación de Walt Whitman. A mí siempre me
interesó saber si se puede escribir más allá del mal,
y Bradbury hace eso. Es lo que se dice un optimista.
¿Reconoce influencias de los escritores
nacionales?
En su momento me gustó mucho Cardoza y Aragón, leí mil
veces El Río, y ahora, tras un largo y laborioso parto, me estoy encontrando
con Asturias.
¿Admira a algún escritor de su generación?
No en el sentido de que crea que puedo aprender algo de ellos.
¿Qué tiene en común la nueva generación
de escritores guatemaltecos?
No sé qué me une a otros escritores en mi edad. Quizá con
Javier Payeras comparta el gusto por un cierto tipo de humor, por el esperpento...
Hace 10 años escribí un texto que pretendía reflejar lo
que nos podía unir. Entonces hubiera querido que fuéramos la
generación exploradora de la urbe guatemalteca, pero pasado el tiempo
me di cuenta de que eso era una proyección. Sergio Valdés se
inventó que éramos la generación del desencanto, y se
nos quedó adherido lo de “los desencantados”, pero yo emocionalmente
ya no me siento parte de eso. A uno se le cortocircuitan las categorías.
Diccionario Esotérico, ¿es una reinvención propia del
realismo mágico?
No, es literatura fantástica escrita en el Tercer Mundo. Si a eso te
refieres con realismo mágico, entonces coincidimos.
Daniel, el protagonista, es neurótico, racista, machista. ¿Qué siente
hacia este personaje?
Que es todo eso. Quería crear un paranoico, alguien que desconfía
de todo.
¿Y tiene algo de autobiográfico?
Puede que me haya inspirado en alguna persona, pero sería ridículo
decir que esa persona es el personaje.
¿Le molesta tanto como a Daniel que le llamen “canche”?
A veces, quien te lo dice se apodera de ti y de tu imagen, y sí, me
llega a molestar y me da ganas de decir que yo tengo un nombre. Otras veces
es cordial y fraternal. Depende de cada circunstancia.
¿Le interesa la magia o era una excusa
para el libro?
Me interesa muchísimo (risas). El Diccionario Esotérico es una
ironía de todo eso que está ocurriendo ahora, léase Dan
Brown —autor de El Código da Vinci— y las series de magia.
Es una gran burla y una gran carcajada literaria. En lo personal, creo que
los magos son personajes fascinantes.
¿Por qué cree que obras como El Código da Vinci tienen tanto éxito?
Hay roles arquetípicos que asume
el ser humano para poder lidiar con la realidad. Necesitamos novelas
de caballerías porque nos está llevando
la chingada, porque allí afuera
se están poniendo
duras las cosas y necesitamos
saber que existen otros mundos.
Es una forma de escapismo.
¿Cuáles
son sus sentimientos hacia
el país?
Ya hice mis paces con Guatemala.
Ya no detesto a mi país.
Antes quería tomar un avión, irme y no volver jamás.
Ahora ya no pienso así. Supongo que entonces no tenía
resueltas ciertas cuestiones interiores. No sabía lidiar
con la realidad... hay cosas que no son bonitas en Guatemala. Este
país a veces te hace creer ciertas cosas.
¿A qué se refiere?
Si vives en el Tercer Mundo puedes llegar a pensar que el arte no
es importante porque estás viendo que se están pelando ahí afuera. La
gente pasa hambre y uno dice, “puta, a lo mejor esto no es tan importante”.
Eso es una trampa.
¿Uno se siente culpable por estar en una situación
privilegiada en una sociedad tan desigual?
Creo que muchas personas te lo tratan de recordar todo el pinche
tiempo. Pero hay otras formas de racismo. Hay problemas en todos
los planos. Por ejemplo, en Guatemala no hay nada serio en cuanto
a salud mental, ¿quiere decir
eso que un loco está en una situación más privilegiada que
una persona que se muere de hambre? Si alguien llegara a decir esa estupidez
es porque no sabe lo que es una depresión seria. Mi posición no
es fácil, las personas de izquierda me consideran un caquero de mierda,
y las de derecha me echan en cara que tengo amigos de izquierda. No me quiero
victimizar, pero soy algo raro en términos de identidad. Soy una especie
de mutante.
¿Qué cuestiones ve sin resolver
en lo referente a la identidad?
Los guatemaltecos somos acomplejados, tenemos un problema de autoestima;
viene alguien de otro país y nos sentimos incómodos. No nos hemos planteado
seriamente nuestra identidad. Eres ladino o indígena. Con esas construcciones
tan primitivas pretenden que nos descifremos como guatemaltecos. Me rehúso
a entrar en estas categorías. A mí es bien fácil clasificarme,
pero si me ves un poco más de cerca se te empiezan a borrar los esquemas.
Curriculum Vitae
> Nació en Guatemala
en 1976.
> Estudió Filosofía y
Letras, y trabaja como escritor y periodista.
> Ha publicado los
libros Este cuerpo aquí (1998), La ciudad de los ahogados
(1999), Encierro y divagación en tres espacios y un
anexo (2001), Sala de espera (2001) y Labios (2003).
> Ganador
de los Juegos Florales de Quetzaltenango de 2003
y 2004 con los cuentos Cábala para principiantes
y La píldora del día después.
> En enero de 2006
su novela Diccionario Esotérico recibió el
premio Mario Monteforte Toledo. |
¿Cómo describe su carácter?
Soy una buena persona, bastante tímido, y me parece que tengo problemas
emocionales. Dentro de mí hay grandes energías y grandes talentos.
¿La literatura es su forma de lidiar con la tensión
emocional?
Si retirara la literatura de mi vida me volvería mucho más neurótico
de lo que soy. La energía creativa es algo que yo no puedo controlar,
y si uno tiene problemas de personalidad, ya se lo llevó la chingada,
va a empezar a generar ciertos tipos de locura.
¿Cómo define su neurosis?
Como la de alguien que todo el tiempo está tratando de controlar sus emociones.
Pero estoy llegando a estar mucho más cómodo conmigo mismo. Me
siento contento. Me parece que la escritura es una neurosis del lenguaje.
¿Ya no escribe poesía?
Sí, soy mejor poeta que narrador. Tengo cuatro libros de poesía
inéditos. Es difícil publicar. Pero me gusta mucho, es el género
que te permite escribir en la angustia.
A la hora de escribir, ¿es compulsivo o metódico?
Ahora lo que hago es tapar la pantalla con una
camisa y escribo sin ver. Eso me permite que la
mente crítica no esté cortocircuitando la fluidez.
Hago una especie de ejercicio de escritura automática. Después
quito la camisa, limpio un poco el material y dejo la verdadera corrección
para el final. Acabo de terminar el primer borrador de un libro. Lo he escrito
todo sin mirar hacia atrás. No sé si tiene sentido, creo que sí porque
estoy pensando mucho en la estructura. Lo voy a dejar reposar un mes y después
haré el trabajo de corrección, que es tan arduo como escribir el
primer borrador. Cuando esté terminado, espero mandarlo a un concurso.
¿Puede adelantar algo de esa próxima
obra?
Es mi paraíso, mis hombres de maíz, un libro muy loco.
¿Es ambicioso?
Lo fui. Quería ganar el premio Nobel, luego ser el mejor escritor de mi
país, luego de mi generación… ¡Se me fueron achicando
las ambiciones! (risas). Ahora me basta con poder levantarme y poder escribir
algo. Eso no significa que no tenga derecho a aspirar a ciertas posibilidades.
¿Qué es lo que más le ha
marcado en su vida?
Supongo que todos tenemos nuestra tragedia íntima, algo que nos transformó de
una u otra manera. En mi caso, fue la adicción. El superávit de
la riqueza provoca patologías como la adicción. No digo que éste
sea un problema sólo de los ricos, pero la adicción en cualquiera
de sus manifestaciones es la enfermedad del siglo XXI y la que a mí me
hizo tocar fondo.
Da la sensación de que ha vivido mucho
a pesar de ser tan joven…
Antes yo me quería morir joven, tenía
la sensación de que
todo estaba clausurado y de
que lo que me deparaba el futuro era repetición
y muerte. Ahora siento que
apenas estoy empezando a rasguñar ciertas verdades
y tengo el deseo de vivir muchos
años.
¿Cuál es la pregunta que siempre le hacen y más
le molesta?
Seguramente, la de las influencias y los libros que estoy leyendo.
¿Y cuál es la que le gustaría
que le hicieran y no le hacen?
Cómo me estoy sintiendo.
¿Y cómo se siente?
Bien, aunque al final de una entrevista
uno siempre piensa que pudo decir las cosas mejor. A los
cinco minutos ya estás en guerra con lo que dijiste.
Eres alguien distinto...
es una buena muestra de lo efímero de la condición
humana.
Diccionario
Esotérico se presenta el 22 de
septiembre a las 18:30 en el Centro Cultural del IGA
(9a. avenida
0-31, zona 4)
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