Semanario de Prensa Libre • No. 115 • 17 de Septiembre de 2006

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D frente

Maurice Echeverría
“Ya hice mis paces con Guatemala”
Decidió tomarse en serio la literatura y ganó el premio Mario Monteforte Toledo con su Diccionario Esotérico. El poeta maldito se ha reinventado.

Por Gemma Gil Flores
Foto Carlos Sebastián

Nos recibe en el salón de su apartamento, el mismo lugar donde “escribe profesionalmente”. Habla despacio, seleccionando las palabras, puede que en honor a “la sagrada obligación del artista y su misión de reinventar el lenguaje”. Parece más joven de lo que es, quizá por su rubicundez, quizá por la sonrisa pícara, quizá por cierto aire de fragilidad.

Su mente, a veces, parece estar muy lejos de la conversación, como una cafetera en ebullición procesando mil y una posibilidades. Cuando habla está sin estar. La mirada de Maurice Echeverría tiende a recorrer la estantería donde habitan Juan Carlos Onetti, Hunter S. Thompson, Norman Mailer y César Vallejo, entre otros. A veces, sus ojos prefieren escapar al otro lado del amplio ventanal, el mirador indiscreto desde el que el escritor espía los entresijos de la ciudad en su torre de cristal.

Maurice Echeverría

¿Qué significan para usted los premios?

Son un salvoconducto para circunstanciarme como escritor y ganar algo de dinero. Mi idea es jinetear los libros. No voy a ganar dinero vendiendo libros en Guatemala, así que, ¿qué queda? los concursos... Para darte a conocer, también son importantes las relaciones públicas y todo ese bricolaje del escritor profesional que estoy descubriendo ahora que soy menos acomplejado.

¿Acomplejado por qué?

Tengo problemas para relacionarme con la gente, aunque ya menos. Yo asocié la figura del escritor a una figura egoica dentro de mí, y eso fue un descalabro.

¿En qué momento decidió convertir la escritura en profesión?

Quería rebelarme contra otra gente de mi generación que escribía en los cafés y parecía no tomárselo en serio. Tener un horario —escribe de 6 a 8 y de 11.30 a 18— dejar de tomar, sacar cuartillas todas las mañanas, escribir de forma disciplinada. Siento que hay demasiados cerebros desperdiciados y yo no quería ser uno de ellos.

Supongo que las historias nacen del mundo que le rodea. Con ese horario tan disciplinado ¿cuándo vive?

Hay un factor que a lo mejor aún cuenta: la imaginación. El escritor amplifica mundos, los crea, los inventa, es un demiurgo, extrae de su cabeza todo lo que existe ahí. Me vinculo con gente muy distinta, personas que están viviendo de una u otra manera un plano del dolor. Si los escuchas vas a tener millones de libros para escribir, pero me rehúso a convertirme en esa gente. Yo ya no quiero ser el drogadicto. Se me hace un lugar común. No necesito ser un drogadicto para escribir sobre uno.

Así que no es un escritor en su torre de marfil...

El mundo interior no es menos rico que lo que está ahí fuera, pero no creo en esa separación entre la realidad del escritor y el mundo que le rodea.

¿Para quién escribe?

Para mí mismo, aunque siempre pienso en el lector. ¡Tomo en cuenta a la humanidad aunque esté en mi torre de cristal! (risas).

¿A qué autores admira?

A Francisco Umbral porque es prolífico y talentoso. También me gustan Norman Mailer y Ray Bradbury, porque es un 4x4, un escritor sin complejos, una especie de continuación de Walt Whitman. A mí siempre me interesó saber si se puede escribir más allá del mal, y Bradbury hace eso. Es lo que se dice un optimista.

¿Reconoce influencias de los escritores nacionales?

En su momento me gustó mucho Cardoza y Aragón, leí mil veces El Río, y ahora, tras un largo y laborioso parto, me estoy encontrando con Asturias.

¿Admira a algún escritor de su generación?

No en el sentido de que crea que puedo aprender algo de ellos.

¿Qué tiene en común la nueva generación de escritores guatemaltecos?

No sé qué me une a otros escritores en mi edad. Quizá con Javier Payeras comparta el gusto por un cierto tipo de humor, por el esperpento... Hace 10 años escribí un texto que pretendía reflejar lo que nos podía unir. Entonces hubiera querido que fuéramos la generación exploradora de la urbe guatemalteca, pero pasado el tiempo me di cuenta de que eso era una proyección. Sergio Valdés se inventó que éramos la generación del desencanto, y se nos quedó adherido lo de “los desencantados”, pero yo emocionalmente ya no me siento parte de eso. A uno se le cortocircuitan las categorías.

Diccionario Esotérico, ¿es una reinvención propia del realismo mágico?

No, es literatura fantástica escrita en el Tercer Mundo. Si a eso te refieres con realismo mágico, entonces coincidimos.

Daniel, el protagonista, es neurótico, racista, machista. ¿Qué siente hacia este personaje?

Que es todo eso. Quería crear un paranoico, alguien que desconfía de todo.

¿Y tiene algo de autobiográfico?

Puede que me haya inspirado en alguna persona, pero sería ridículo decir que esa persona es el personaje.

¿Le molesta tanto como a Daniel que le llamen “canche”?

A veces, quien te lo dice se apodera de ti y de tu imagen, y sí, me llega a molestar y me da ganas de decir que yo tengo un nombre. Otras veces es cordial y fraternal. Depende de cada circunstancia.

¿Le interesa la magia o era una excusa para el libro?

Me interesa muchísimo (risas). El Diccionario Esotérico es una ironía de todo eso que está ocurriendo ahora, léase Dan Brown —autor de El Código da Vinci— y las series de magia. Es una gran burla y una gran carcajada literaria. En lo personal, creo que los magos son personajes fascinantes.

¿Por qué cree que obras como El Código da Vinci tienen tanto éxito?

Hay roles arquetípicos que asume el ser humano para poder lidiar con la realidad. Necesitamos novelas de caballerías porque nos está llevando la chingada, porque allí afuera se están poniendo duras las cosas y necesitamos saber que existen otros mundos. Es una forma de escapismo.

¿Cuáles son sus sentimientos hacia el país?

Ya hice mis paces con Guatemala. Ya no detesto a mi país. Antes quería tomar un avión, irme y no volver jamás. Ahora ya no pienso así. Supongo que entonces no tenía resueltas ciertas cuestiones interiores. No sabía lidiar con la realidad... hay cosas que no son bonitas en Guatemala. Este país a veces te hace creer ciertas cosas.

¿A qué se refiere?

Si vives en el Tercer Mundo puedes llegar a pensar que el arte no es importante porque estás viendo que se están pelando ahí afuera. La gente pasa hambre y uno dice, “puta, a lo mejor esto no es tan importante”. Eso es una trampa.

¿Uno se siente culpable por estar en una situación privilegiada en una sociedad tan desigual?

Creo que muchas personas te lo tratan de recordar todo el pinche tiempo. Pero hay otras formas de racismo. Hay problemas en todos los planos. Por ejemplo, en Guatemala no hay nada serio en cuanto a salud mental, ¿quiere decir eso que un loco está en una situación más privilegiada que una persona que se muere de hambre? Si alguien llegara a decir esa estupidez es porque no sabe lo que es una depresión seria. Mi posición no es fácil, las personas de izquierda me consideran un caquero de mierda, y las de derecha me echan en cara que tengo amigos de izquierda. No me quiero victimizar, pero soy algo raro en términos de identidad. Soy una especie de mutante.

¿Qué cuestiones ve sin resolver en lo referente a la identidad?

Los guatemaltecos somos acomplejados, tenemos un problema de autoestima; viene alguien de otro país y nos sentimos incómodos. No nos hemos planteado seriamente nuestra identidad. Eres ladino o indígena. Con esas construcciones tan primitivas pretenden que nos descifremos como guatemaltecos. Me rehúso a entrar en estas categorías. A mí es bien fácil clasificarme, pero si me ves un poco más de cerca se te empiezan a borrar los esquemas.

Curriculum Vitae
> Nació en Guatemala en 1976.

> Estudió Filosofía y Letras, y trabaja como escritor y periodista.

> Ha publicado los libros Este cuerpo aquí (1998), La ciudad de los ahogados (1999), Encierro y divagación en tres espacios y un anexo (2001), Sala de espera (2001) y Labios (2003).

> Ganador de los Juegos Florales de Quetzaltenango de 2003 y 2004 con los cuentos Cábala para principiantes y La píldora del día después.

> En enero de 2006 su novela Diccionario Esotérico recibió el premio Mario Monteforte Toledo.

¿Cómo describe su carácter?

Soy una buena persona, bastante tímido, y me parece que tengo problemas emocionales. Dentro de mí hay grandes energías y grandes talentos.

¿La literatura es su forma de lidiar con la tensión emocional?

Si retirara la literatura de mi vida me volvería mucho más neurótico de lo que soy. La energía creativa es algo que yo no puedo controlar, y si uno tiene problemas de personalidad, ya se lo llevó la chingada, va a empezar a generar ciertos tipos de locura.

¿Cómo define su neurosis?

Como la de alguien que todo el tiempo está tratando de controlar sus emociones. Pero estoy llegando a estar mucho más cómodo conmigo mismo. Me siento contento. Me parece que la escritura es una neurosis del lenguaje.

¿Ya no escribe poesía?

Sí, soy mejor poeta que narrador. Tengo cuatro libros de poesía inéditos. Es difícil publicar. Pero me gusta mucho, es el género que te permite escribir en la angustia.

A la hora de escribir, ¿es compulsivo o metódico?

Ahora lo que hago es tapar la pantalla con una camisa y escribo sin ver. Eso me permite que la mente crítica no esté cortocircuitando la fluidez. Hago una especie de ejercicio de escritura automática. Después quito la camisa, limpio un poco el material y dejo la verdadera corrección para el final. Acabo de terminar el primer borrador de un libro. Lo he escrito todo sin mirar hacia atrás. No sé si tiene sentido, creo que sí porque estoy pensando mucho en la estructura. Lo voy a dejar reposar un mes y después haré el trabajo de corrección, que es tan arduo como escribir el primer borrador. Cuando esté terminado, espero mandarlo a un concurso.

¿Puede adelantar algo de esa próxima obra?

Es mi paraíso, mis hombres de maíz, un libro muy loco.

¿Es ambicioso?

Lo fui. Quería ganar el premio Nobel, luego ser el mejor escritor de mi país, luego de mi generación… ¡Se me fueron achicando las ambiciones! (risas). Ahora me basta con poder levantarme y poder escribir algo. Eso no significa que no tenga derecho a aspirar a ciertas posibilidades.

¿Qué es lo que más le ha marcado en su vida?

Supongo que todos tenemos nuestra tragedia íntima, algo que nos transformó de una u otra manera. En mi caso, fue la adicción. El superávit de la riqueza provoca patologías como la adicción. No digo que éste sea un problema sólo de los ricos, pero la adicción en cualquiera de sus manifestaciones es la enfermedad del siglo XXI y la que a mí me hizo tocar fondo.

Da la sensación de que ha vivido mucho a pesar de ser tan joven…

Antes yo me quería morir joven, tenía la sensación de que todo estaba clausurado y de que lo que me deparaba el futuro era repetición y muerte. Ahora siento que apenas estoy empezando a rasguñar ciertas verdades y tengo el deseo de vivir muchos años.

¿Cuál es la pregunta que siempre le hacen y más le molesta?

Seguramente, la de las influencias y los libros que estoy leyendo.

¿Y cuál es la que le gustaría que le hicieran y no le hacen?

Cómo me estoy sintiendo.

¿Y cómo se siente?

Bien, aunque al final de una entrevista uno siempre piensa que pudo decir las cosas mejor. A los cinco minutos ya estás en guerra con lo que dijiste. Eres alguien distinto... es una buena muestra de lo efímero de la condición humana.

Diccionario Esotérico se presenta el 22 de septiembre a las 18:30 en el Centro Cultural del IGA
(9a. avenida 0-31, zona 4)


   

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