Presto non troppo
Una Novena
...que apareció Primera
Por Paulo Alvarado
presto_non_troppo@yahoo.com
La presentación de la última sinfonía de Beethoven siempre
entraña una emoción especial. Es la obra cumbre del revolucionario
compositor, consecuente con su arte hasta el final; el enlace extraordinario
entre el clasicismo y el romanticismo; la estructura más sólida
sobre la que se apoya la originalidad más desbordante; el entendimiento
profundo, la sensibilidad genial.
Esa emoción se percibía con claridad en el Gran Teatro del Centro
Cultural, prácticamente repleto para la función en que la Orquesta
Sinfónica Nacional ofreció la Novena el pasado jueves 31 de agosto,
bajo la batuta del director mexicano Eduardo Álvarez. La obertura Coriolano,
arrebato breve pero característicamente beethoveniano, sirvió de
buen principio y preparó el ánimo de los oyentes. Cuando entró a
escena el casi centenar de integrantes del coro, todo presagiaba un recital de
grandes cualidades artísticas.
Lastimosamente, el mérito de la velada paró dependiendo más
del entusiasmo y la benevolencia del público que del rendimiento musical
de los intérpretes, propiamente dicho. La sección de cuerdas, como
es habitual, se desempeñó bien y la percusión respondió puntualmente
en los momentos tan particulares en que lo exige esta sinfonía. La sección
de vientos, a cambio, no parece salir del pantano en el que se encuentra sumida
desde hace muchas temporadas. Aun cuando algunos de sus miembros son excelentes
músicos, los demás —que no exigen de sí mismos la
afinación de grupo ni la precisión armónica que requiere
una orquesta profesional— echan a perder el efecto de conjunto. Si a eso
se suma el uso de micrófonos (tan innecesarios como desubicados) que recogían
sólo parcialmente el sonido del ensamble, lo que el auditorio oyó fue
una sonoridad orquestal desequilibrada, aunque no se haya percatado de ello.
Para acabarla de amolar, esa inadecuada microfonía puso en primer plano
al coro —y sus serias limitaciones. No sólo distan sus voces de
la calidad de los solistas que intervinieron en el célebre último
movimiento sino que, amplificadas, atropellaron sin misericordia a la orquesta.
El maestro Álvarez tenía razón: hay que cuidar el patrimonio
cultural que representa la Sinfónica Nacional, pero no es por esos rumbos.
Al final, la concurrencia ovacionó de pie esta presentación de
la Novena. Quizá porque para muchos era la primera... la primera vez que
la escuchaban en concierto.
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