Semanario de Prensa Libre • No. 115 • 17 de Septiembre de 2006

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D psicología

Conducta
¡No tenga pena!
La timidez es el miedo a no dar la talla o a ser censurados por los demás. Todos la sentimos en mayor o menor medida, pero ¿cuál es su origen?

Por Gemma Gil Flores
Foto Carlos Sebastián

“Al crecer perdí la inocencia y comencé a preocuparme por lo que la gente iba a pensar de mí”, cuenta el cómico Josué Morales. Parece increíble que un hombre al que, cada mañana, miles de guatemaltecos escuchan ironizando sobre el mundo se defina como tímido, pero los años sobre las tablas no han conseguido borrarle cierto pavor a hablar con desconocidos o a salir a un escenario. “Me sigue costando... hasta que ves la reacción del público y sientes la inyección de seguridad”, añade.

Su caso no es diferente al de muchos artistas que se retraen con aprensión cuando abandonan la piel de un personaje para convertirse en ellos mismos. Al fin y al cabo la timidez tiene mucho que ver con el deseo de gustar y el temor a no conseguirlo.

“No todos tenemos la misma sensibilidad, hay niños a los que cuando se les dice ‘eres tonto’ o ‘no hagas esto porque te vas a enfermar’ asumen que son incapaces”.

Existen distintos grados y formas de experimentarla (taquicardias, enrojecimiento, aumento de la sudoración, mente en blanco, rigidez, nerviosismo), y como rasgo de carácter se asocia al pánico escénico, al temor a la valoración crítica de los demás y a una profunda inseguridad en las capacidades personales. Una tríada que se traduce en angustia al hablar con desconocidos, inhibición para hacer lo que se desea, obcecación en pensamientos negativos del tipo “la amistad, el amor o el éxito no son para mí”, pánico a sentirse el centro de atención, temor a decir no, animadversión a protestar ante lo injusto y culpabilización por los problemas ajenos. Pero ¿a qué se debe? ¿Existe alguna razón de tipo biológico para explicar por qué algunas personas son tan retraídas?

“Depende de la educación, de la rigidez que se maneje en el hogar, del grado de libertad de expresión que se tenga durante la infancia y de lo críticos y censores que sean los padres”, explica la psicóloga clínica Regina Lombardi.

“No todos tenemos la misma sensibilidad, hay niños a los que cuando se les dice ‘eres tonto’ o ‘no hagas esto porque te vas a enfermar’ asumen que son incapaces, que son inútiles, y desarrollan un cierto complejo de inferioridad que les atemoriza a la hora de enfrentar situaciones nuevas”, continúa la psicóloga.

El ambiente vivido durante la infancia es tan fundamental que cuando a Jaime S., integrante de Neuróticos Anónimos, se le pregunta por su caso no puede evitar remontarse a la niñez. “Dentro de mí había una negación del yo porque no me sentía ni de aquí ni de allá, era como un marciano”, explica en referencia a la relación de sus padres que, desaprobada por sus respectivas familias, se dio en un ambiente de clandestinidad. “Mis padres nunca se casaron, y se fueron a un lugar al que no pertenecían. Mi madre sentía que el barrio donde vivíamos no era de la clase que debía ser. De niño me escondía para no ser rechazado, no hablaba para no meter la pata, no me relacionaba para no ponerme en riesgo, y lo peor es que cuando uno no se acepta los demás se dan cuenta. Deseas ser otro y empiezas a esconderte de ti mismo y a comportarte como crees que es aceptable para los demás”, cuenta. En su caso, lo que empezó como timidez acabó evolucionando hacia una neurosis y una guerra constante consigo mismo. “Cada vez que tenía un éxito tenía que lograr que todos se enteraran. Me volví egoísta para no sentir el dolor de la desadaptación”, agrega

El caso de Jaime S. es extremo, pero todo el mundo es tímido en mayor o menor medida. Todos nos enfrentamos a etapas o situaciones en las que sentimos que no tenemos un dominio completo. La timidez es tan común que la psiquiatra Alejandra Flores llega a considerarla como una característica de tipo cultural, “en Guatemala hemos incorporado el miedo a nuestra forma de ser”, afirma.

Sin embargo, el hecho de ser tan cotidiana no significa que no se deba tratar, no sólo porque a veces puede convertirse en síntoma de un problema mayor como en el caso de Jaime o de su compañero Daniel M. — quien tras vivir 20 años reprimido y dominado por su madre en el más absoluto de los retraimientos comenzó a tener explosiones incontrolables de ira— sino porque puede convertir la socialización en el martirio nuestro de cada día.

Vacunados

Si piensa que el infierno son los demás, quizá le interese conocer la opinión de los expertos.

Para una educación sin complejos:

  • Evitar sobreproteger a los hijos. El exceso de celo por parte de algunos padres les priva de la oportunidad de hacerse independientes.
  • Establecer normas coherentes, es decir, por ejemplo: no tiene sentido permitirles hacer algo y al día siguiente castigarles por lo mismo.
  • Generar confianza. Evitar las amenazas, las burlas y los juicios de valor del tipo “pareces tonto” o las advertencias del tipo “te vas a caer, te vas a arrepentir”. Es preferible utilizar fórmulas como “esta vez te has equivocado”.
  • No obligarles a enfrentar las situaciones que tanto temen, porque se puede agudizar la inseguridad. Es más adecuado acompañarles y dialogar con ellos hasta que pierdan el miedo.
  • Fomentar las actividades donde puedan socializarse e interactuar con otros niños.
  • Reconocer los pequeños esfuerzos y progresos.

Los adultos tampoco tienen la partida perdida. Es sólo cuestión de relativizar las cosas:

  • Determinar el origen de la timidez (por ejemplo, si la inseguridad se deriva por una causa física, un fracaso sentimental, una incapacidad intelectual, una insatisfacción laboral, la falta de habilidades deportivas) para trabajar sobre la causa de la frustración.
  • Crear escenarios ficticios: imaginar qué es lo peor que puede suceder al afrontar la situación.
  • Esforzarnos en afrontar lo que nos da miedo para conseguir una desensibilización sistemática.
  • Rechazar pensamientos autocríticos del tipo “estoy haciendo el ridículo”.
  • Eliminar la costumbre de repasar lo sucedido para pensar de qué otra forma podríamos haber reaccionado.
  • Convencerse de que uno tiene derecho a equivocarse, a disentir o a negarse.
  • Aprender técnicas de relajación.
  • En caso de no poder lidiar con ello buscar apoyo terapéutico.

   

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