Conducta
¡No tenga pena!
La timidez es el miedo a no dar la
talla o a ser censurados por los demás.
Todos la sentimos en mayor o menor medida, pero ¿cuál es su origen?
Por Gemma Gil Flores
Foto Carlos Sebastián
“Al crecer perdí la inocencia y comencé a
preocuparme por lo que la gente iba a pensar de mí”,
cuenta el cómico Josué Morales.
Parece increíble que un hombre al que, cada mañana, miles de
guatemaltecos escuchan ironizando sobre el mundo se defina como tímido,
pero los años
sobre las tablas no han conseguido borrarle cierto pavor a hablar con desconocidos
o a salir a un escenario. “Me sigue costando... hasta que ves la reacción
del público y sientes la inyección de seguridad”, añade.
Su caso no es diferente al de muchos artistas que se retraen con
aprensión
cuando abandonan la piel de un personaje para convertirse en ellos mismos. Al
fin y al cabo la timidez tiene mucho que ver con el deseo de gustar y el temor
a no conseguirlo.

“No todos tenemos
la misma sensibilidad, hay niños a los que cuando
se les dice ‘eres tonto’ o ‘no hagas
esto porque te vas a enfermar’ asumen que son incapaces”. |
Existen distintos grados y formas de experimentarla (taquicardias, enrojecimiento,
aumento de la sudoración, mente en blanco, rigidez, nerviosismo), y como
rasgo de carácter se asocia al pánico escénico, al temor
a la valoración crítica de los demás y a una profunda inseguridad
en las capacidades personales. Una tríada que se traduce en angustia al
hablar con desconocidos, inhibición para hacer lo que se desea, obcecación
en pensamientos negativos del tipo “la amistad, el amor o el éxito
no son para mí”, pánico a sentirse el centro de atención,
temor a decir no, animadversión a protestar ante lo injusto y culpabilización
por los problemas ajenos. Pero ¿a qué se debe? ¿Existe alguna
razón de tipo biológico para explicar por qué algunas personas
son tan retraídas?
“Depende de la educación, de la rigidez que se maneje en el hogar,
del grado de libertad de expresión que se tenga durante la infancia y
de lo críticos y censores que sean los padres”, explica la psicóloga
clínica Regina Lombardi. “No todos tenemos la misma sensibilidad, hay niños a los que cuando
se les dice ‘eres tonto’ o ‘no hagas esto porque te vas a enfermar’ asumen
que son incapaces, que son inútiles, y desarrollan un cierto complejo
de inferioridad que les atemoriza a la hora de enfrentar situaciones nuevas”,
continúa la psicóloga.
El ambiente vivido durante la infancia es tan fundamental que cuando
a Jaime S., integrante de Neuróticos Anónimos, se le pregunta por su caso
no puede evitar remontarse a la niñez. “Dentro de mí había
una negación del yo porque no me sentía ni de aquí ni de
allá, era como un marciano”, explica en referencia a la relación
de sus padres que, desaprobada por sus respectivas familias, se dio en un ambiente
de clandestinidad. “Mis padres nunca se casaron, y se fueron a un lugar
al que no pertenecían. Mi madre sentía que el barrio donde vivíamos
no era de la clase que debía ser. De niño me escondía para
no ser rechazado, no hablaba para no meter la pata, no me relacionaba para no
ponerme en riesgo, y lo peor es que cuando uno no se acepta los demás
se dan cuenta. Deseas ser otro y empiezas a esconderte de ti mismo y a comportarte
como crees que es aceptable para los demás”, cuenta. En su caso,
lo que empezó como timidez acabó evolucionando hacia una neurosis
y una guerra constante consigo mismo. “Cada vez que tenía un éxito
tenía que lograr que todos se enteraran. Me volví egoísta
para no sentir el dolor de la desadaptación”, agrega
El caso de Jaime S. es extremo, pero todo el mundo es tímido en mayor
o menor medida. Todos nos enfrentamos a etapas o situaciones en las que sentimos
que no tenemos un dominio completo. La timidez es tan común que la psiquiatra
Alejandra Flores llega a considerarla como una característica de tipo
cultural, “en Guatemala hemos incorporado el miedo a nuestra forma de ser”,
afirma.
Sin embargo, el hecho de ser tan cotidiana no significa que no
se deba tratar, no sólo porque a veces puede convertirse en síntoma de un problema
mayor como en el caso de Jaime o de su compañero Daniel M. — quien
tras vivir 20 años reprimido y dominado por su madre en el más
absoluto de los retraimientos comenzó a tener explosiones incontrolables
de ira— sino porque puede convertir la socialización en el martirio
nuestro de cada día.
Vacunados
Si piensa que el infierno son los demás,
quizá le interese conocer la opinión de los expertos.
Para una educación sin complejos:
- Evitar sobreproteger a los hijos. El exceso
de celo por parte de algunos padres les priva de la oportunidad
de hacerse independientes.
- Establecer normas coherentes, es decir, por ejemplo: no tiene
sentido permitirles hacer algo y al día siguiente castigarles
por lo mismo.
- Generar confianza. Evitar las amenazas, las burlas y los juicios
de valor del tipo “pareces tonto” o las advertencias
del tipo “te vas a caer, te vas a arrepentir”. Es
preferible utilizar fórmulas como “esta vez te has
equivocado”.
- No obligarles a enfrentar las situaciones que tanto temen,
porque se puede agudizar la inseguridad. Es más adecuado
acompañarles y dialogar con ellos hasta que pierdan
el miedo.
- Fomentar las actividades donde puedan socializarse e interactuar
con otros niños.
- Reconocer los pequeños esfuerzos y progresos.
Los adultos tampoco
tienen la partida perdida. Es sólo
cuestión de relativizar las cosas:
- Determinar el origen de la timidez (por ejemplo, si la inseguridad
se deriva por una causa física, un fracaso sentimental, una
incapacidad intelectual, una insatisfacción laboral, la falta
de habilidades deportivas) para trabajar sobre la causa de la frustración.
- Crear escenarios ficticios: imaginar qué es lo peor que
puede suceder al afrontar la situación.
- Esforzarnos en afrontar lo que nos da miedo para conseguir una
desensibilización sistemática.
- Rechazar pensamientos autocríticos del tipo “estoy haciendo
el ridículo”.
- Eliminar la costumbre de repasar lo sucedido para pensar de qué otra
forma podríamos haber reaccionado.
- Convencerse de que uno tiene derecho a equivocarse, a disentir o a negarse.
- Aprender técnicas de relajación.
- En caso de no poder lidiar con ello buscar apoyo terapéutico.
|