Crónica
La odisea de Marco
Tres pescadores salieron
tras tiburones y peces dorados, pero una ola de 6 metros de
altura los hizo naufragar; atados a un tonel sobrevivieron
durante 70 horas, hasta que un barco los rescató.
Por Francisco Mauricio Martínez
Foto Carlos Sebastián
Cuando se habían adentrado en el mar 21
millas, Marco Tulio Martínez, que iba al mando de la lancha
tiburonera Jazmín, se despidió de su hijo Omar, quien
iba en otra embarcación similar. Era el medio del viernes
25 de agosto de este año. El tiempo parecía propicio
para hacer una buena pesca, por lo que los dos grupos se despidieron
y tomaron rumbos distintos, luego de salir juntos del Puerto de
San José, Escuintla. Sin necesidad de ponerse de acuerdo
sabían que al día siguiente se volverían a
ver en casa. “Íbamos tras el (pez) dorado”,
dice Omar.
Como viejo lobo de mar (25 años de ser pescador),
Marco Tulio “olfateó” un buen sitio para pescar
cuando estaba a 36 millas y 40 grados al noroeste de las playas
del Puerto San José, Escuintla. Como a las 4 de la tarde
lanzó “la cimbra” (un lazo plástico de
6 millas de largo del cual cuelgan 350 anzuelos, uno cada 15 brazadas).
Con paciencia, junto con sus dos ayudantes Marvin Cifuentes (nicaragüense
que por segunda vez se internaba en el mar) y Fernando Ruiz dejaron
pasar cuatro horas para principiar a ver que tan bien les había
ido.

Ese día, Marco
Tulio se internó en el mar con la esperanza, de
regresar con varios quintales de pez dorado y tiburón,
como el que muestra en la foto. |
“La pesca fue buena. Aquí hay como cuatro quintales
de dorado y tiburón. Por esto nos darán unos Q3 mil
y al final quedarán como Q100 por cabeza”, dijo Marco
Tulio. La ganancia sería poca debido a que más de
Q2 mil 500 sería para pagar los cuatro o cinco virones de
gasolina (cada uno es de 17 galones y cuesta Q465), la carnada,
el alquiler de la lancha y los alimentos que cocerían en
la estufa de carbón.
“Esto está bueno” dijo Marvin. Por lo que decidieron hacer
otro “lance” durante la mañana del sábado. Los tres
estuvieron de acuerdo, porque esto representaría otros Q100 para cada
uno, y no se equivocaron, porque de los anzuelos desprendieron otros cuatro quintales
de peces dorados y tiburones. Después de esto, era necesario emprender
el regreso, para coincidir en tiempo con Omar y su tripulación. También
debían aprovechar la “bajada de la marea” entre las seis
de la tarde y las 10 de la noche para un retorno seguro a puerto, pero no lo
hicieron.
“Pensé que si hacíamos otro lance (eran las 4 de la tarde)
podríamos emparejarnos de lo mal que nos había ido en otras oportunidades,
por lo que nuevamente tiramos la cimbra” cuenta el pescador. Pero a esa
misma hora las sorpresas principiaron a salir del mar y a caer del cielo. La
lluvia arreció y los fuertes vientos empezaron a aparecer durante la noche.
Estas condiciones obligaron a que los pescadores decidieran quedarse a esperar
que llegará la luz del domingo para levantar el equipo. “Hoy si
nos rayamos”, dijo Fernando al ver más peces y tiburones.
Bajo la tormenta, pero con la luz del día decidieron emprender el regreso.
A eso de las 9 de la mañana del domingo, Fernando dijo a Marco Tulio: “En
el nombre de Dios, dale pero despacio, para que la lancha no brinque mucho y
me corte”. La petición del ayudante era porque con un cuchillo iba
extrayéndoles las vísceras a los peces y meterlos a la caja de
hielo. Con mucha pericia Marco Tulio dirigía Jazmín al Puerto San
José, pero después de una hora de camino una de las olas más
grandes como de 6 metros de altura inundó la lancha. ¡Cuidado! alcanzó a
gritar Fernando. Este era el preámbulo de lo que vendría.
El motor Yamaha de 75 caballos dejó de funcionar y con dificultad pusieron
a funcionar el de emergencia de 40, pero el peso del producto era demasiado,
por lo que de inmediato dejó de funcionar. La lancha quedó a merced
de las olas, al igual que el producto y el combustible de reserva que llevaban.
Lo primero que pasó por la mente de Marco Tulio fue salvar Jazmín,
debido a que una nave nueva similar cuesta unos Q100 mil y era propiedad de
otra persona.
En medio de la tormenta, los tres pescadores observaban cómo la embarcación
se principiaba a hundir, pese a que le habían atado unos tambos plásticos
para que flotara. A partir de este momento, lo único que les interesó fue
salvar su propia vida, por lo que se sujetaron a un tonel plástico de
color negro que llevaban en la nave. De pronto vieron frente a sus ojos un rollo
de pita plástica. Lo único que se les ocurrió fue aprovecharlo
para atarse al tonel, pero por el tamaño y forma sólo podían
hacerlo dos, por lo que el tercero debía nadar o flotar mientras los otros
lo sostenían. Esto los obligó a turnarse. “Era como el mediodía,
cuando se me ocurrió pedirle a Fernando que encendiera el GPS para ubicarnos.
Nos habíamos hundido a 35 millas y 40 grados y avanzábamos al noroeste”,
dice el náufrago.
Los tres pescadores permanecieron atados al tonel durante toda
la tarde y noche del domingo con la esperanza de que un barco
los encontrara. La espera fue en vano. Mientras, en tierra, la
madre de Marco Tulio, Teresa Santos, imploraba a Dios porque
su hijo y compañeros sobrevivieran. Su padre José Luis
Martínez iba y venía entre el embarcadero y el muelle con la expectativa
de ver llegar la pequeña nave y cada vez que pasaba frente a su casa daba
la mala noticia de que los náufragos no aparecían. La lluvia y
los vientos no cesaba en el Puerto San José.
El lunes principió mal para los pescadores, pues un ventarrón quitó de
las manos de Marvin el GPS. A partir de este momento ya no podrían saber
dónde se ubicaban. Marco Tulio constantemente les decía que no
hicieran esfuerzos, porque la energía la necesitarían cuando estuvieran
cerca de un barco que pudiera rescatarlos. ¿Y para dónde vamos?
preguntó Marvin. “No sabemos” fue la respuesta.
Mientras los tres pescadores se mantenían aferrados al tonel en espera
de un barco que los salvara; en tierra sus hijos y amigos habían salido
en dos lanchas a buscarlos. Lo único que encontraron fue el bote con ropa,
el mismo donde llevaban el GPS y la comida. Al ver esto, los ojos de Omar y su
hermano Ottoniel, se llenaron de lágrimas, porque pensaron lo peor: Están
muertos.
Sin embargo, en ese mismo momento, los pescadores luchaban por
sobrevivir. Apróximadamente
a las 14 horas, Fernando le dijo a Marco Tulio: “Papito allá va
un barco”. Y enseguida principiaron a nadar, pero después de dos
horas los esfuerzos resultaron vanos porque ninguna de las tres naves que aparecieron
en el horizonte los observó.
La noche volvió de nuevo. La experiencia de Marco Tulio lo hizo intuir
de que las corrientes los habían arrastrado a un lugar infestado de tiburones. “No
chapaleen, porque aquí hay tiburones grandes y con uno de nosotros que
partan nos vamos todos”, dijo.
La angustia se había apoderado de todos debido a que ya era martes. Algunos
habitantes del Puerto San José se unieron y pagaron dos avionetas para
que sobrevolaran el área y buscaran a los perdidos. La familia no dormía
e imploraba a Dios por la vida de los náufragos. Mientras, mar adentro,
los tres seguían aferrados al tonel. De pronto, como a las 9 de la mañana, “gracias
a la misericordia de Dios” dice Marco Tulio, en el horizonte aparecieran
dos barcos camaroneros.
El hambre, la sed, el desvelo y el cansancio mantenían agotados a los
tres pescadores, pero al ver las naves sacaron fuerzas de flaqueza y principiaron
a nadar calculando llegar en medio de las dos, para que cualquiera los pudiera
ver. El primero que los vio fue el barco “Don Alfredo”. Enseguida
enviaron una pequeña lancha y subieron a bordo a Marvin y Fernando. “En
el tonel hay otro” dijeron y la nave se fue en busca de Marco Tulio.
La pesadilla en alta mar había
terminado para los pescadores. El barco camaronero reportó el
hallazgo a la Base Naval del Pacífico. Los
tres náufragos, después de tantas horas de angustia, habían
recobrado la vida. Hoy cada uno trata de pensar en su futuro. “Voy
a dejar un tiempo la pesca y trabajaré de albañil en tierra
firme. Marvin y Fernando, ya están otra vez mar adentro”,
dice Marco Tulio. |