Mariachi posmoderno
El nombre de Armando Pineda circula de boca en boca entre quienes lo buscan para escuchar sus canciones
Por
Ingrid Roldán Martínez
Foto Carlos Sebastián
De músico, poeta y loco, Armando Pineda tiene un buen poco. De sus 30
años de vida, los últimos 18 han sido intensos. Empezó de
niño su carrera musical y desde entonces la guitarra ha sido su acompañante.
Precisamente, cuando tenía 12 años se inscribió en el Conservatorio
Nacional de Música, porque quería tocar como Silvio Rodríguez.
Para entonces ya formaba parte del grupo de música andina Sol de los Andes
y actuaba los fines de semana con el intérprete Guillermo Eduardo.
Aunque su amor por la guitarra se mantiene, en un período tuvo un desliz
con otro instrumento musical de cuerdas. “Cuando en el Conservatorio quería
ser guitarrista, me encontré con Paulo Alvarado tocando cello y me pasé a
ser cellista; me enamoré del instrumento, me cambié de clase, pero
tampoco la terminé”, cuenta.

Armando Pineda. |
Lo de trovador le viene de familia. Su primo, Rony Hernández,
era director de la estudiantina de la Universidad de San Carlos.
Por medio de él conoció el
Círculo Experimental de Cantautores en el que participaban
José Chamalé, Fernando López, Alejandro Melgar
y César Dávila. “Para mí, la música
era esa”, cita. Después compuso temas para la obra
de teatro El reino de los cielos, de Jorge Ramírez, quien
acababa de terminar la temporada de la Epopeya de las Indias Españolas.
Decidió no seguir estudiando y comenzó a frecuentar
el Centro Cultural Universitario. En este lapso participó como
cantautor “con dos canciones bien panfletarias; ahora me
da mucha risa. Era un güiro de 12 años que se creía
el Che Guevara, todo un revolucionario”, comenta.
De la trova pasó al rock. Tenía 14 años cuando
se integró al grupo Rocas Vivas. “Era un mal grupo.
Yo ya me sentía muy músico y mis compañeros
eran hijos de un escritor famosísimo, Manuel Corleto. Eran
hermanos, tenían una banda de pop. Cuando yo entré empezamos
a ver videos; nos gustó mucho la onda de Jim Morrison”.
Estaba entrando a otro mundo. Terminó su temporada con Rocas
Vivas y emprendió un nuevo camino. “Me volví todo
un performance. Hicimos la Casa Bizarra, no me interesaba más
la banda de rock; quería ser cantautor. Después,
me metí a hacer artes integrados: danza, pintura, tatuaje.
Hacía canciones. Como no tenía dónde grabar,
organizaba conciertos con todos mis amigos artistas”. Sin
embargo, Pineda aspiraba a espectáculos más grandes.
Se fue a vivir a Panajachel una temporada.
Desde su regreso ha seguido haciendo arreglos para obras de teatro,
para documentales del colectivo Luciérnaga, compone para
otras personas y lleva a cabo sus conciertos de siempre. “Para
sobrevivir tengo que trabajar de mariachi, mariachi posmoderno;
pero mariachi”, expresa en tono de broma. “Trabajo
en los bares, hacemos covers. Tengo la dicha de cantar las melodías
que me gustan”.
El nuevo disco
> Después del silencio, poesía musicalizada
de Manuel José Arce.
> Contiene
25 temas, 15 son poemas declamados por
Roberto Díaz Gomar, María Mercedes Arce,
Luis Carlos Pineda y Rubén Ávila. Los
otros 10 son interpretados por Pineda. Los textos fueron
inspirados en gente desaparecida, en el amor y la amistad.
> Participaron también el pianista Selvin
López; en el bajo, Édgar Bran; percusión
de Andrés Suárez. Byron García
tocó flauta y Vladimir Villatoro, el acordeón.
> Fue grabado en La Troja Discos.
> Fue
presentado el 30 de marzo en el Teatro al Aire
Libre del Centro Cultural Miguel Ángel Asturias.
Actuaron también Giovanni Pinzón, que
interpretó canciones de su disco X motivo y
Tavo Bárcenas con su reciente grabación
Elemental. |
Ha grabado siete discos. El primero fue Desarmando
la ciudad. Después
hizo Armagedón, el que califica de “historia aparte”,
porque es resultado de un experimento con él mismo. Para
hacerlo se internó tres meses en el Hospital de Salud Mental
Federico Mora, como un paciente más. Contó con autorización
para hacerlo y con la ayuda de un amigo médico. “Ingresé allí como
cualquiera. Me inyectaron lo que me tenían que inyectar,
me trataron como me tenían que tratar y me di cuenta cómo
era; entré una grabadora; fue lo único que llevé”.
Pasó el tiempo y la situación se le fue de las manos: “Al
final no quería salir. Al principio tendría que haber
estado un mes, pero como me dejé inyectar cosas, fue más
tiempo. Lo peor de eso no fue estar ahí, sino recuperarme
después de haber estado”, refiere. “Ahí encontré gente que está más
cuerda que yo. Después me empecé a automedicar con
las pastillas para sentir bien cómo era la onda. Quise hacer
un trabajo periodístico que se me salió de control.
Al final, yo ya no sabía por qué estaba ahí ni
nada. De repente, lograba estar lúcido y quería quedarme;
no quería salir”.
Fuera del hospital tuvo que asistir
a terapia por un año. El proceso finalizó cuando
terminó el disco. “Sólo hice 10 copias y se
las di a mis mejores amigos. Está bien loco, es un disco
para que no le guste a nadie”.
Las siguientes dos producciones son acerca de los niños
de la calle: Rosas del asfalto (de quienes son pequeños)
y Ángeles celestes (los que se volvieron viejos en la calle).
La quinta fue la grabación de un concierto en vivo de Rosas
del asfalto, en el Conservatorio, que incluye arte integrado. El
sexto está inspirado en destacadas mujeres guatemaltecas;
fue grabado, pero no ha salido a circulación.
De la experiencia de Armagedón salió bien librado,
pero lo atrapó la poesía de Manuel José Arce,
un autor al que le siguió la pista por cinco años.
Su más reciente CD, Después del silencio, contiene
25 temas. Fue grabado en su propio estudio, La Troja Discos, creado
para dar a conocer la música de grupos que no tienen acceso
a los sellos disqueros. |