Semanario de Prensa Libre • No. 143 • 1 de Abil de 2007

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D farándula

Mariachi posmoderno
El nombre de Armando Pineda circula de boca en boca entre quienes lo buscan para escuchar sus canciones

Por Ingrid Roldán Martínez
Foto Carlos Sebastián

De músico, poeta y loco, Armando Pineda tiene un buen poco. De sus 30 años de vida, los últimos 18 han sido intensos. Empezó de niño su carrera musical y desde entonces la guitarra ha sido su acompañante. Precisamente, cuando tenía 12 años se inscribió en el Conservatorio Nacional de Música, porque quería tocar como Silvio Rodríguez. Para entonces ya formaba parte del grupo de música andina Sol de los Andes y actuaba los fines de semana con el intérprete Guillermo Eduardo.
Aunque su amor por la guitarra se mantiene, en un período tuvo un desliz con otro instrumento musical de cuerdas. “Cuando en el Conservatorio quería ser guitarrista, me encontré con Paulo Alvarado tocando cello y me pasé a ser cellista; me enamoré del instrumento, me cambié de clase, pero tampoco la terminé”, cuenta.

Armando Pineda.

Lo de trovador le viene de familia. Su primo, Rony Hernández, era director de la estudiantina de la Universidad de San Carlos. Por medio de él conoció el
Círculo Experimental de Cantautores en el que participaban José Chamalé, Fernando López, Alejandro Melgar y César Dávila. “Para mí, la música era esa”, cita. Después compuso temas para la obra de teatro El reino de los cielos, de Jorge Ramírez, quien acababa de terminar la temporada de la Epopeya de las Indias Españolas.

Decidió no seguir estudiando y comenzó a frecuentar el Centro Cultural Universitario. En este lapso participó como cantautor “con dos canciones bien panfletarias; ahora me da mucha risa. Era un güiro de 12 años que se creía el Che Guevara, todo un revolucionario”, comenta.

De la trova pasó al rock. Tenía 14 años cuando se integró al grupo Rocas Vivas. “Era un mal grupo. Yo ya me sentía muy músico y mis compañeros eran hijos de un escritor famosísimo, Manuel Corleto. Eran hermanos, tenían una banda de pop. Cuando yo entré empezamos a ver videos; nos gustó mucho la onda de Jim Morrison”.

Estaba entrando a otro mundo. Terminó su temporada con Rocas Vivas y emprendió un nuevo camino. “Me volví todo un performance. Hicimos la Casa Bizarra, no me interesaba más la banda de rock; quería ser cantautor. Después, me metí a hacer artes integrados: danza, pintura, tatuaje. Hacía canciones. Como no tenía dónde grabar, organizaba conciertos con todos mis amigos artistas”. Sin embargo, Pineda aspiraba a espectáculos más grandes.

Se fue a vivir a Panajachel una temporada.

Desde su regreso ha seguido haciendo arreglos para obras de teatro, para documentales del colectivo Luciérnaga, compone para otras personas y lleva a cabo sus conciertos de siempre. “Para sobrevivir tengo que trabajar de mariachi, mariachi posmoderno; pero mariachi”, expresa en tono de broma. “Trabajo en los bares, hacemos covers. Tengo la dicha de cantar las melodías que me gustan”.

El nuevo disco
> Después del silencio, poesía musicalizada de Manuel José Arce.

> Contiene 25 temas, 15 son poemas declamados por Roberto Díaz Gomar, María Mercedes Arce, Luis Carlos Pineda y Rubén Ávila. Los otros 10 son interpretados por Pineda. Los textos fueron inspirados en gente desaparecida, en el amor y la amistad.

> Participaron también el pianista Selvin López; en el bajo, Édgar Bran; percusión de Andrés Suárez. Byron García tocó flauta y Vladimir Villatoro, el acordeón.

> Fue grabado en La Troja Discos.

> Fue presentado el 30 de marzo en el Teatro al Aire Libre del Centro Cultural Miguel Ángel Asturias. Actuaron también Giovanni Pinzón, que interpretó canciones de su disco X motivo y Tavo Bárcenas con su reciente grabación Elemental.

Ha grabado siete discos. El primero fue Desarmando la ciudad. Después hizo Armagedón, el que califica de “historia aparte”, porque es resultado de un experimento con él mismo. Para hacerlo se internó tres meses en el Hospital de Salud Mental Federico Mora, como un paciente más. Contó con autorización para hacerlo y con la ayuda de un amigo médico. “Ingresé allí como cualquiera. Me inyectaron lo que me tenían que inyectar, me trataron como me tenían que tratar y me di cuenta cómo era; entré una grabadora; fue lo único que llevé”. Pasó el tiempo y la situación se le fue de las manos: “Al final no quería salir. Al principio tendría que haber estado un mes, pero como me dejé inyectar cosas, fue más tiempo. Lo peor de eso no fue estar ahí, sino recuperarme después de haber estado”, refiere.

“Ahí encontré gente que está más cuerda que yo. Después me empecé a automedicar con las pastillas para sentir bien cómo era la onda. Quise hacer un trabajo periodístico que se me salió de control. Al final, yo ya no sabía por qué estaba ahí ni nada. De repente, lograba estar lúcido y quería quedarme; no quería salir”.

Fuera del hospital tuvo que asistir a terapia por un año. El proceso finalizó cuando terminó el disco. “Sólo hice 10 copias y se las di a mis mejores amigos. Está bien loco, es un disco para que no le guste a nadie”.

Las siguientes dos producciones son acerca de los niños de la calle: Rosas del asfalto (de quienes son pequeños) y Ángeles celestes (los que se volvieron viejos en la calle). La quinta fue la grabación de un concierto en vivo de Rosas del asfalto, en el Conservatorio, que incluye arte integrado. El sexto está inspirado en destacadas mujeres guatemaltecas; fue grabado, pero no ha salido a circulación.

De la experiencia de Armagedón salió bien librado, pero lo atrapó la poesía de Manuel José Arce, un autor al que le siguió la pista por cinco años. Su más reciente CD, Después del silencio, contiene 25 temas. Fue grabado en su propio estudio, La Troja Discos, creado para dar a conocer la música de grupos que no tienen acceso a los sellos disqueros.


   

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