Juan Luis Muñoz
El hombre que controlaba
Su labor al mando de la torre de control y el radar, además de su calidad como instructor, hicieron de Guatemala un sitio seguro para despegar y aterrizar
Por Juan Carlos Lemus
Foto Carlos Sebastián
Gran lector de la literatura clásica, filósofo independiente, hombre
de carácter templado, Juan Luis Muñoz dejó una importante
huella dentro del control de tránsito aéreo de Guatemala. Se jubiló en
1998, cuando era jefe de Operaciones de Aeronáutica Civil. Estudió control
de tránsito aéreo en Japón, Estados Unidos, México
y otros países, pero, sobre todo, su verdadera autoridad en el tema proviene
de la práctica en la torre de control y el radar del Aeropuerto Internacional
La Aurora, posiciones que dominó y desde las cuales prestó auxilio
y seguridad a miles de pilotos, a cientos de miles de pasajeros e innumerables
personas más durante los 45 años que ejerció la profesión.
Tiene 78 años de edad. Se rehusaba a aceptar esta entrevista, pero, afortunadamente,
la concede y así deja testimonio de los inicios del tránsito aéreo
en muestro país.

"Ese nuevo
aeropuerto tendrá cosas bonitas como para vender
helados, perfumes, chicles, pero no va a mejorar.
El problema es la pista,
no el edificio".
Juan Luis Muñoz |
¿Cómo se inició el
control de tránsito aéreo en Guatemala?
Los gringos asfaltaron La Aurora, en tiempos de la Segunda Guerra
Mundial. Hicieron una base aquí y así comenzó el
control de tránsito aéreo, con personal escogido
por ellos. La primera torre de control que yo conocí, en
1954, fue una de madera. Estaba toda apolillada. Carlos Cheesman,
quien fue director de Aeronáutica Civil, era una persona
muy dinámica y entusiasta, él hizo avanzar mucho
la aeronáutica civil en este país. Cuando llegué,
el edificio era un desastre, pero él construyó uno
de concreto, así hizo la torre de control en La Aurora,
además instaló otras en San José, Retalhuleu,
Poptún, Santa Elena y Puerto Barrios. Cheesman, además,
gestionó becas con la Organización de la Aviación
Civil Internacional (OACI) en el Centro Internacional de Aviación
Civil, en México.
¿Se podría hablar de alguna “Época de
Oro” del tránsito aéreo?
El principio fue una gran época.
Lo que le aseguro es que los gringos sí sabían escoger
al personal. Tengo buenos recuerdos de esa gente, los primeros
controladores eran magníficos, entre ellos, Mauricio Arceo,
que en paz descanse, un gran controlador; Ramiro Chávez,
que en paz descanse también; Además, Carlos Paiz
Estévez, Jaime
Castillo, Guillermo Hernández, Rodolfo Mejía Bardales,
quien hablaba de maravilla el inglés. Ese era el grupo
que habían escogido los gringos. Cuando yo llegué,
me incorporé a ellos. Desde entonces estuve allí,
me gustó el trabajo porque era entretenido y era un gran
reto, como el ajedrez…
¿Como el ajedrez?
Para mí, el control del tránsito aéreo era
eso, una especie de partida de ajedrez, trabajar con aeronaves
con diferentes velocidades, con diferentes maniobras, ascendiendo
y descendiendo cuando hay mal tiempo. Cuando las condiciones metereológicas
son buenas, volar y controlar es un asunto bastante simple, pero
con mal tiempo, es otra cosa. Como en las partidas de ajedrez,
yo corrí algunos riesgos, pero siempre me sentí seguro
y disfruté de eso, lo disfruté tanto que nunca salí de
ahí, es decir, nunca salí de pobre.
Carlos Cheesman fue muy entusiasta, como ya dije; después, Aeronáutica
fue dirigida por coroneles, muchos de ellos se creían reyes y ya no progresó la
aviación. Cuando hacíamos una solicitud en favor del progreso aeronáutico,
ellos nos veían como si fuéramos comunistas. No se podía
con esa gente, eran incapaces de dialogar. Es más, hasta nos mandaban
a espiar, enviaban a sus orejas. Mucho ignorante estuvo como director, en especial,
hubo un par de una ignorancia terrible. Recuerdo que había un doctor en
meteorología, argentino, que solía repetir, a cada rato por las
metidas de pata de uno de ellos: “Che, aquí en Guatemala, el que
sabe, sabe, y el que no, es jefe”.
¿Cómo fue el control durante
el terremoto de 1976?
El terremoto destruyó el edificio que dejó Cheesman, entonces,
estuvo a cargo el coronel Álvarez Beltetón, quien se puso activo
para reconstruir e hizo un edificio nuevo, él también se preocupó del
avance, logró que trajeran el radar y gracias a él se lograron
unas becas. Nos fuimos cinco a estudiar control de tránsito aéreo
en radar a Japón, en 1977.
El tránsito aéreo después del terremoto fue impresionante.
Durante los siguientes 15 días trabajábamos un promedio de 800
operaciones diarias. Hubo mucha ayuda solidaria del extranjero. Los mexicanos
se portaron a la altura; fue algo único, desde el primer momento establecieron
un puente aéreo con aviones ejecutivos, trayendo continuamente, avión
tras avión, medicina, agua, pan, no paraban. Y, desde luego, ayudaron
muchísimo los gringos. Hay mucho que contar, pero una anécdota
que recuerdo es la llegada de un avión Bonanza que vino a dejar un poco
de medicina. Yo lo atendí, estaba cayendo la tarde y el piloto no daba
pie con bola. Por los datos que daba al fin supe dónde andaba. Pude orientarlo
para que volara hasta el aeropuerto. Llegó casi de noche, aterrizó sin
novedad y entregó su donativo. Cuando vieron sus documentos, se dieron
cuenta de que era un muchacho que acababa de iniciarse en la aviación
y tubo las agallas de venirse desde Montevideo a ayudar a los necesitados.
También recuerdo que los pilotos del Aeroclub fueron bastante solidarios;
aterrizaban para dejar el pan en todos esos pueblos destruidos; aterrizaban en
cualquier lugar, en la carretera, en montecitos, muchos de ellos se jugaron la
vida.
¿Le tocó controlar en momentos difíciles, como algún
golpe de Estado?
Sí, así fue. Lamentablemente, estuvimos bajo la bota militar todo
el tiempo, cuando sucedía algo así, permanecíamos como acuartelados
todos en la torre. Aunque éramos civiles, nos tenían encerrados.
¿Cuáles fueron los momentos más
gratos para usted como controlador?
Cuando me daba cuenta de que mi intervención había sido importante.
Algunas veces sentí una satisfacción indescriptible. Una vez, un
avión de Aerovías do Brazil se comunicó conmigo a Guatemala
Radio, pues esta estación era la única que trabajaba de noche en
toda Centroamérica. Los aviones que volaban por el área del Caribe
y otros puntos, aunque no vinieran a Guatemala, se comunicaban con nosotros.
Parecía que los pilotos encontraban consuelo con sólo decir dónde
andaban. En horas de la noche, todos los controladores de otros países
dormían, menos Guatemala Radio, y como ahí sí contestábamos
se hizo muy famosa Guate, porque siempre había gente. Pilotos que volaban
entre Jamaica y Puerto Rico, por ejemplo, nadie les contestaba entre las 11 de
la noche y la una de la mañana. Una noche, me llamó el piloto de
Aerovías do Brazil 810. Hablaba en portugués, era el “comandante
Canario” (así le gustaba a él identificarse). Me dijo que
iba con destino a México, que se estaba acercando sobre la costa de El
Salvador, pero que iba a emplumar un motor, porque le estaba fallando. Le ofrecí nuestro
aeropuerto La Aurora, pero me respondió que no. El hecho es que llamé a
México y avisé de sus condiciones de motor emplumado.
¿“Emplumado”?
Es cuando se detiene un motor de hélice y el piloto le cambia el ángulo,
para que al enfrentarse al viento el impacto sea menos resistente.
El comandante Canario me llamó de
nuevo y me dijo que ya estaba sobre Tapachula, pero me empecé a
preocupar más cuando me dice: “Me
está fallando el motor 4, parece que además el motor
2, así que
voy a tener que emplumarlo también”. Me alarmé.
Agregó que
viraría para aterrizar en Tapachula. Llamé a esa estación,
eran aproximadamente las 10 de la noche, y me contesta el mexicano: “Tapachula
cerró la pista a las 6”. Se me fue el alma. Le insistí al
controlador que hiciera algo, que era una emergencia, pero me contestó: “Nooo...,
mano”. Le ofrecí al piloto otra vez La Aurora, pero él
ya estaba volando cada vez a menor altura y me dijo: “No, porque
están
los volcanes de por medio”. Me di cuenta de la angustia que
traía.
Lo único que quedaba era ofrecerle que aterrizara en la pista
de San José.
Como también cerraba a las 6 de la tarde, me comuniqué a
la Fuerza Aérea, expliqué la situación y dije
que era muy difícil
encontrar gente dentro de la torre, porque los muchachos ya se habrían
ido a dormir al pueblo, así que la única solución
era que encendieran las luces de la pista. Le expliqué donde
estaba el swich: “En
la esquina derecha de la consola tal. Rompan la puerta”, supliqué.
No querían. Luego, hablé con el capitán Julio
Sales, quien cuando murió era el coronel Sales.
Se tardaban,
y el comandante Canario —que
hablaba portugués y yo español, pero nos entendíamos
bien, bendito sea Dios— volaba tan bajo que miraba las olas
del mar cuando la espuma blanca se desliza sobre la arena, la emergencia
crecía... y para
entonces, calculé, ya debería tener a la vista las
luces de la pista, pero nada. Pensé que se iban a matar. Me
dijo: “Lo único
que me queda es aterrizar en la playa, por favor, avise”. Volví a
llamar al capitán Sales y le pedí que rompieran la
puerta. El comandante Canario me decía: “No voy a poder
más, no veo las luces pero
sí la playa, voy a aterrizar....” Cuando, de repente,
recuerdo la voz emocionada del capitán... Gritaba: “¡Luces! ¡Pista
a la vista! ¡Luces! ¡Pista a la vista! ¡Luces! ¡Pista
a la vista...!” Lo repitió como 10 veces. Logró aterrizar
sin el menor rasguño. Ya en tierra, me dijo muchas cosas por
la radio. El comandante Canario estaba emocionado, habló de
que quería saludarme,
no paraba de decir que quería agradecerme personalmente y
hasta mencionó algo
de que su compañía iba a darme una compensación.
Eso no me importaba, en lo más mínimo, me tenía
sin cuidado su ofrecimiento: yo estaba feliz. Me quedé muy
satisfecho de lo que había
hecho. ¿Volvió a saber del comandante
Canario?
No volví a saber de él. Al cabo del tiempo me contaron que había
venido a dar las gracias por el aterrizaje en San José, hacía como
un año... Lo supe de casualidad, porque en Aeronáutica nadie me
contó nunca nada. Él se hizo presente y no sé ni con quién
habló, pero yo me quedé con la satisfacción de haber hecho
un trabajo importante.
¿Puede relatar otra
de las emergencias?
Otro día, me llamó un
avión, en inglés, era un Air
Force, pesado, de carga. Venía de Belice para aterrizar
en La Aurora. Era de noche y las condiciones climáticas
eran terribles, había
un techo de nubes como de 200 ó 300 pies, bajísimo.
El avión
ya no tenía combustible para regresar a Belice, así que
le era necesario aterrizar en La Aurora. Comenzó a descender,
pero no miraba la pista. Hizo un procedimiento frustrado, oí el
estruendo del avión
que pasó bajísimo, pero no lo vi. Se elevó nuevamente.
Yo, en esa época, volaba una avioneta y conocía
bien los alrededores desde el aire. Me acordé de mi paso
por la Torre del Reformador, cuando me quedaba en el ala izquierda,
viraba, así que le pedí que se
fuera aproximadamente unas cinco millas al norte y que se viniera
con un rumbo aproximado de 192 grados.
Le dije que pusiera el
ojo en el foco rotativo de la Torre, y que cuando viniera a 192
grados haciendo su procedimiento, continuara su descenso, aunque
no la viera. “Rompa los mínimos y verá la
pista”, le dije, jugándomela, porque estaba violando
las normas del descenso. Cuando me dijo que ya veía el
foco rotativo, viró y
le dije, de nuevo: “Rompa los mínimos”, y
estuve atento, con los binoculares, de repente vi que venía
perfectamente orientado a la pista. Él todavía
no tenía la pista a la vista, pero yo
vi, con los binoculares, sus lucecitas a lo lejos; venía
perfecto, le grité: “Let down” (descienda),
lo hizo, y aterrizó...
aterrizó muy bien... Se vino rodando sobre la pista, el
tipo me dijo tantas cosas... casi me hizo llorar... Y siguió diciéndome
muchas cosas. No paraba de dar las gracias. Yo no podía
ni contestar. Él no creía
lo que había pasado. Fue un milagro, porque ya se daba
por muerto. Es más, alguien le quitó el micrófono
dentro de la cabina y también expresó las gracias.
Son recuerdos inolvidables...
Controlador aéreo
> Juan Luis Muñoz Oliva (Guatemala,
1928) estudió para controlador de tránsito
aéreo por la Organización de Aviación
Civil Internacional, OACI, México, D.F., de
1956 a 1957.
> Se graduó de
piloto aviador privado en 1961.
> Se graduó de
Air Traffic Control (FAA) e Instructor Training en Oklahoma,
1969.
> Controlador
de tránsito aéreo Avanzado,
por la OACI/CIAAC, México, 1975.
> Controlador
de tráfico aéreo especializado
en radar, Tokio, Japón, 1977.
> Seminarios
en Sao Paulo, Buenos Aires, y varias ciudades
de México y Estados Unidos.
> Fue instructor de
cursos para pilotos privados en escuelas de aviación
en Guatemala. |
¿Qué recuerdos tiene de cuando aún existía la línea
aérea Pan
American, que venía con aquellos famosos Clipper, Boeing
747?
Claro, recuerdo a un capitán de Pan American que casi siempre me hablaba
desde el vuelo 502. Esos pilotos hablaban en inglés, pero él hacía
los procedimientos hablándome en español, y en un buen español.
Un día, después de que aterrizó, no resistí la curiosidad
y le dije por la radio: “Capitán, ¿dónde aprendió su
español?”, y me respondió: “Cómo que dónde,
si soy escuintleco” (risas). Ese día nos pidió permiso para
subir a la torre, a platicar. Resulta que era hijo de un ex gerente de la United
Fruit Company, Mr. Bump, que había nacido en Tiquisate. Había crecido
yendo y viniendo al país, pero sentía cariño por la tierra
donde había dejado el ombligo.
¿Valió la pena tanto año
como controlador?
Quién sabe, porque, si hablamos de lo económico, no, absolutamente,
no. El aspecto material es el resultado de los malos sueldos y el menosprecio
de todos los directores que pasaron por ahí.
Tal vez sonará jactancioso, pero siempre hice mi propia filosofía,
más o menos desde los 20 años estoy filosofando. Me incliné mucho
por los cínicos, de Grecia, como Diógenes, que promulgaban lo innecesario
de tener posesiones materiales; terminé pensando como Séneca, quien
dijo que la felicidad no es tenerlo todo, sino la felicidad es no desear nada.
Lo que sí me preocupó siempre fue el estudio de mis hijos. Allí sí estuve
ojo al Cristo, eso me tiene tranquilo, porque se están defendiendo en
la vida.
¿Qué opina del nuevo aeropuerto que se está construyendo
en
La Aurora?
Están hablando de la maravilla,
que será “el mejor de Centroamérica”,
pero eso no es cierto. Ese nuevo aeropuerto tendrá cosas
bonitas como para vender helados, perfumes, chicles, pero
no va a mejorar. El problema de este aeropuerto es la pista,
no el edificio, porque aquí no pueden tener
ganancias las líneas aéreas trasatlánticas.
La pista tiene apenas 2,987 metros de longitud, y una elevación
de 5 mil pies sobre el nivel del mar. Como es sabido, el
aire, mientras más cerca está del
nivel del mar, es más denso, y, mientras más
alejado, menos denso. Entonces, los motores —no importa
que sean turbinas o de hélice— son
más motores a nivel del mar que en los Cuchumatanes,
por ejemplo. Eso puede comprobarlo con su carro, llévelo
al Puerto San José y verá qué belleza
de motor, pero si se va a los Cuchumatanes a tratar de
hacer las mismas maniobras, su carro va a pujar.
Hay varios
factores, pero, básicamente, el problema
es la elevación del terreno y la longitud de la
pista. Por ejemplo, KLM no podía salir de Guatemala
a Europa directamente, tenía que ir
a reabastecerse a República Dominicana. Eso le ocasionaba
gastos y el negocio se les venía al suelo. Ese es
el problema de este aeropuerto. Es todavía mejor
la pista de Santa Elena, porque, topado de combustible,
cualquier avión puede salir de allí hacia
París o Londres.
Otra cosa, dicen que están haciendo un aeropuerto
internacional en Xelajú.
Sólo eso faltaba. Voy a soltar una carcajada. Quetzaltenango
tiene una pista de dos mil metros, está a 10 mil
pies sobre el nivel del mar, metida entre montañas,
todo lo tiene en contra. ¿Qué vuelos internacionales
pueden salir de allí? A Tapachula, tal vez.
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