Semanario de Prensa Libre • No. 144 • 8 de Abil de 2007

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Punto final

¿Franca madurez
o inquietante desconcierto?
Arturo Sarukhan, el nuevo embajador de México en Estados Unidos, se atreve a criticar las políticas de Washington

Por Sergio Muñoz Bata

Con inusual franqueza y exuberante entusiasmo, el nuevo embajador de México en Estados Unidos, Arturo Sarukhan, calificó como nula la cooperación de la administración de George W. Bush en el combate que su país libra contra el narcotráfico.

En una reciente entrevista con el Washington Post, Sarukhan instó al Gobierno estadounidense a aumentar su ayuda y mejorar sus servicios de inteligencia para detener el tráfico ilegal de armas de fuego, dinero lavado y precursores químicos, como la efedrina y la pseudoefedrina —que se utilizan para producir metanfetaminas—, de la Unión Americana a México, ante la mirada indiferente de las autoridades.

No hubo en sus palabras ni asomo del tono antagonista que tan de moda han puesto los seguidores de Hugo Chávez para referirse a las políticas estadounidenses; pero la respuesta del Departamento de Estado que descalifica al individuo no se hizo esperar. “Es nuevo en el puesto”, explicó el vocero con evidente doble intención, “y es probable que no haya tenido la oportunidad de leer su manual. Lo cierto es que estamos trabajando en estrecha colaboración con el Gobierno de México en este asunto que es de importancia para ambos países”.

Que Sarukhan es nuevo en el puesto, es indiscutible. Apenas presentó sus cartas credenciales al presidente estadounidense el 27 de febrero. Pero éste es, en realidad, un dato irrelevante. El embajador mexicano es un diplomático de carrera que cuenta con un digno historial. Además, aunque hubo hipérbole, hay mucho de verdad en sus declaraciones. La reducción del papel del aparato militar estadounidense en el combate al narcotráfico ha sido ampliamente documentada por el Departamento de la Defensa, la Marina, el Congreso estadounidense, la DEA, el FBI y el Servicio de Guardacostas.

Tampoco miente Sarukhan cuando acusa a las autoridades de Estados Unidos de no prestarle la debida atención al tráfico de armas ilegales que cruzan la frontera hacia México y son utilizadas por organizaciones criminales en su comercio ilícito. Tan sólo en 2006, las autoridades mexicanas decomisaron casi 100 mil armas utilizadas por narcotraficantes y miembros de otras organizaciones criminales nacionales e internacionales. Aparte de las armas de alto calibre compradas legalmente en las ferias de la Asociación Nacional del Rifle y que luego son transportadas ilegalmente a México, la Procuraduría de Justicia ha decomisado armamentos tan sofisticados como lanzacohetes antitanque y lanzagranadas que, fabricados en distintos lugares del mundo, entran a México por la frontera con Estados Unidos. Y lo mismo se puede decir del tráfico de los precursores químicos que, procedentes de distintas partes del mundo, llegan a la casa del tío Sam para ser transportados a tierras aztecas, a laboratorios clandestinos, donde se producen las anfetaminas que después se expenden en el mercado.

En la compleja y complicada relación diplomática entre ambos países no ha sido inusual que los embajadores estadounidenses critiquen, en distintos tonos, las acciones o las inacciones del gobierno mexicano. En la década de los 1980, por ejemplo, el actor John Gavin, nombrado embajador en México por su amigo el también actor Ronald Reagan, hizo fama porque nunca dejó pasar una oportunidad para criticar a sus anfitriones. Por esas épocas las autoridades estadounidenses respaldaban abiertamente a su representante en México y argumentaban que sus críticas daban muestra de la madurez de la relación.

Del otro lado, pocos embajadores mexicanos se han atrevido a abrir la boca para criticar las políticas de Washington. La excepción sería, quizá, Adolfo Aguilar Sinzer, quien desde su atalaya en Naciones Unidas lanzó tal ofensiva contra la invasión a Irak que el embajador John Negroponte llegó a acusarlo de ser una “bala perdida”.

Dada la experiencia diplomática previa de Sarukhan y el extremo cuidado que el Gobierno mexicano mantuvo durante la reciente visita del presidente Bush a Mérida, para diferenciarse de la administración de Vicente Fox y no aparecer extremadamente solícitos ante el vecino, cabría suponer que lo dicho por Sarukhan ejemplifica el deseo de la administración de Felipe Calderón de cambiarle el tono a la relación con Estados Unidos.

Desde que asumió el poder, Calderón ha insistido en que Estados Unidos ni hace lo suficiente para disminuir el consumo de drogas ni ayuda a México a combatir el narcotráfico. Calderón, Sarukhan y la canciller Patricia Espinosa también han reiterado en que hay que la migración de mexicanos a Estados Unidos no debe ser la prueba de fuego de una relación tan compleja y basta.

Lo que sorprende ahora es el silencio del Gobierno mexicano. ¿Se extralimitó el embajador y dijo lo que nunca debió decir? O ¿ sus declaraciones evidencian que la relación bilateral ha madurado tanto que ahora ambas partes se pueden decir verdades incómodas y no pasa nada?


   

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