Semanario de Prensa Libre • No. 144 • 8 de Abil de 2007

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D cultura

Presto non troppo
Semana Santa
Sus procesiones, su música

Por Paulo Alvarado
presto_non_troppo@yahoo.com

Como todos los años, en el calendario cristiano el día de hoy marca el principio del tiempo de pascua y el fin del período cuaresmal. Con ello concluyen, también, los actos públicos más llamativos del ciclo litúrgico. Las procesiones, las imágenes en andas, los cucuruchos que las cargan, las calles atestadas de gente para verlos pasar. Y, desde luego, las bandas, que entonan las marchas para acompañar los cortejos.

De antecedentes que se remontan al medioevo (con la presencia de los españoles en el sur de Italia desde el siglo XIII), las procesiones más famosas tienen sus raíces en el apogeo económico y político de la España expansionista del siglo XVI. Sus fundadores fueron, en buena medida, las hermandades constituidas por asociaciones gremiales y comerciales. Su posterior venida a menos refleja el prolongado declive del poderío ibérico y tienen que aguardar a la primera mitad del siglo XX para resurgir en su forma actual, varias de ellas ya a la sombra del franquismo. La música que les es característica también es compuesta durante las primeras décadas del novecientos, aunque su estilo está anclado en el siglo anterior, con modelos y adaptaciones de la ópera romántica italiana e incluso la influencia de compositores centroeuropeos.

Por mucho tiempo regida a distancia desde Sevilla -uno de los centros de más raigambre semanasantera-, la Guatemala colonial igualmente se hace eco de muchas tradiciones que perduran hasta hoy, bien que con sus propios sesgos. Es de notar, por caso, que aun cuando la generalidad de procesiones desfila a un Cristo vivo, en su mayoría las tonadas son fúnebres, hasta para Resurrección. En contraste, los casos más simpáticos se dan el Domingo de Ramos, cuyo séquito es ambientado por bandas que se sirven de piezas populares "alegres", marchas militares y temas de películas.

Es ésta una de las pocas manifestaciones abiertas de una música que es guatemalteca, no tanto por sus propiedades estéticas o formales, sino por la manera en que traduce nuestra idiosincrasia y logra convocarnos: en las calles, sin obligar a un pago, a un diezmo o a un derecho de admisión; sin entrar necesariamente al templo; sin que tengamos que pertenecer a la cofradía o, tan siquiera, a la religión. Basta con que oigamos de lejos el retumbo del bombo, los tresillos del bajo y el trino del flautín. Allí estaremos.

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