Semanario de Prensa Libre • No. 145 • 15 de Abil de 2007

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D viaje

Tierra de mitos
En el pueblo mexicano de Tepoztlán, las leyendas prehispánicas conviven con la cristiandad

Por Gemma Gil
Foto Mario Gutiérrez y Maite Garmendia

Eel nombre náhuatl de Tepoztlán se interpreta como “Lugar del hacha de cobre” o “Lugar de las piedras quebradas”. El apelativo no puede describir con más acierto el paisaje hipnótico y misteriosamente espiritual. Quizá por eso, los avistadores de ovnis están seguros de que las bellas montañas que abrazan el pueblo esconden un mensaje dejado por los extraterrestres.

Sin embargo, lo que la historia narra es que Tepoztlán —71 kilómetros al sur de Ciudad de México, en el estado de Morelos— fue poblado por grupos nómadas procedentes del norte, entre los cuales se impuso el dominio de la población xochimilca hacia el siglo XII. De ese pasado prehispánico, queda como testimonio fundamental la pirámide El Tepozteco. La construcción, levantada entre el 1150 y 1350 d.C, honra a Ometochtli-Tepoztécatl, uno de los 400 hijos de Mayahuel (diosa del maguey) y Pantécatl (dios del pulque). El monumento, que se alza en un escarpado abrigo rocoso a 400 metros sobre la población, forma parte del Parque Nacional El Tepozteco, un ecosistema de bosque templado y selva baja donde habitan mil 500 especies de flora y 500 de fauna. La posibilidad de practicar senderismo y montañismo son un añadido al atractivo de la zona.

Magia

Prolífica tierra de leyendas, hay una tradición que cuenta que cerca de esta localidad —que por algo está incluida dentro de lo que la Secretaría de Turismo mexicana ha querido dar a conocer como pueblos mágicos— nació Quetzalcóatl.

Explicaciones mitológicas aparte, es de justicia admitir que en algo llevan razón los aficionados a la búsqueda de vida en otras galaxias: Tepoztlán, con su clima privilegiado y su sencillo encanto, irradia una energía especial.

La serenidad hermosa del paisaje y la vida apacible que se desarrolla en sus calles adoquinadas no se contradice con las corrientes de turistas y forasteros llegados para quedarse. Muchos decidieron abrir aquí centros de meditación y balnearios dónde practicar yoga, tomar baños de vapor o recibir terapias. De camino hasta el inicio del sendero de 2 km que conduce a la pirámide, no es extraño encontrarse con establecimientos que ofrecen a pie de calle un masaje relajante. Este tipo de oferta se alterna con discretos restaurantes y puestos callejeros que se multiplican con la llegada del fin de semana.

Entre las artesanías locales destacan los palos de lluvia (troncos de bambú llenos de granos), las casitas talladas en madera de árbol de algodón silvestre o los productos elaborados con el papel de corteza de amate, una tradición fuertemente arraigada en la sociedad prehispánica local.

Vida monacal

De interés
> Cómo llegar: desde México DF (71 km) sale un servicio frecuente de Pullman desde la Terminal Sur de Autobuses. También hay servicio regular desde Cuernavaca (21 km).
Más información:
www.morelostravel.com

> Museos: dentro del Convento de la Natividad se ubica el Museo de Documentación Histórica, que ofrece un completo recorrido de la historia y las costumbres locales. En la parte trasera del recinto dominico se halla el Museo de Arte Prehispánico Carlos Pellicer.

> Gastronomía: Vale la pena probar los itacates (gorditas de maíz con manteca), bañados con crema y salsa. Asimismo, se puede encontrar otros aperitivos de la comida mexicana como las quesadillas, el mole, o los tamalitos. De postre no se puede perder una de las famosas nieves tepoztecas. Hay de todos los sabores imaginables.

La misma magia que atrajo a los pueblos precolombinos ayer y a los trotamundos internacionales hoy, debieron ver los frailes dominicos que, en el siglo XVI, eligieron este lugar para construir el Templo y el Convento de la Natividad.

Levantado como bastión desde el cual impulsar el proceso de evangelización, apenas fue habitado por una reducidísima congregación. No obstante, el espacio es generoso, tanto como el mirador que en la parte alta ofrece una linda panorámica de la cordillera.

Al caminar hacia a la entrada del recinto histórico-religioso llama la atención el arco de entrada: un primoroso mosaico elaborado con más de 60 variedades de semillas, que es renovado cada año durante la primera semana de septiembre. El evento tiene lugar en el marco de una celebración católica que, entre sus peculiaridades, incluye una representación teatral de la conversión al cristianismo del último rey indígena.

Curiosamente, este evento convive con la festividad del pulque, que congrega en la pirámide de Tepoztécatl a una concurrida audiencia pertrechada de una nada desdeñable cantidad de jugo de maguey fermentado (el monumento también es cita obligada durante el equinoccio de primavera).

La fachada del monasterio es plateresca y combina los sellos de la orden con la impronta propia del nuevo mundo: motivos florales, astrales y símbolos indígenas.
En el interior destacan las paredes cubiertas de coloridos murales recientemente restaurados. Las pinturas habían quedado descuidadas después de la Reforma Liberal, cuando el convento fue utilizado como cuartel por las tropas de Maximiliano de Habsburgo, primero, y por los zapatistas, después. Seguro que, tras sus muros, contemplando la sierra majestuosa, hasta los soldados se contagiaron de la encantadora magia tepozteca.


   

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