Semanario de Prensa Libre • No. 147 • 29 de Abil de 2007

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D mundo

El penal del fin del mundo
La ciudad más austral del continente americano estuvo habitada
por delincuentes y asesinos

Por Lorena Álvarez de Sotomayor

Paredes de piedra, rejas dobles, celdas diminutas y temperaturas bajo cero: tal era el destino a principios del siglo pasado para los centenares de presos que cumplieron sus penas en el penal de Ushuaia, el más austral del planeta.

Más de 600 reos convivían en las 386 celdas unipersonales de 1.5 por 1.5 metros que conformaban el presidio que ellos mismos tuvieron que construir. Entre otras incomodidades, no podían estirarse para dormir y no contaban con calefacción.

La historia de esta cárcel, ubicada en Puerto Golondrina, cerca de un asentamiento de 40 viviendas, se inicia en 1902 cuando empezó a funcionar como presidio militar; al principio, estaba formado por casas de chapa y galpones que habían sido trasladados desde la Isla de los Estados, en el límite austral del continente americano.

En la actualidad, el antiguo presidio hace las veces de museo de la ciudad austral.

El lugar era ideal para su cometido, al cumplir una doble condición: por una parte, Argentina necesitaba poblar la región sur del país; por otra, la orografía de Tierra del Fuego, rodeada de montañas y agua helada, hacía imposible la huida.

Al principio, la mayoría de los presos internos en el fin del mundo eran asesinos o delincuentes que habían cometido delitos graves y habían sido condenados a cadena perpetua o larga duración.

Fugas imposibles

Ubicada en el punto más austral de Argentina, en medio de la nada, la prisión no contaba con muros, sólo con una alambrada que desaparecía en la fachada que daba a la costa.

Las fugas eran imposibles si no contaban con colaboración exterior y/o la complicidad de los vigilantes. Los pocos presos que conseguían huir intentaban escapar hacia lo que en la actualidad es el Parque Nacional, para cruzar la frontera con Chile, pero la mayoría eran apresados por los carabineros de dicho país o se entregaban, incapaces de hacer frente al frío y a la falta de alimentos. En la prisión, los baños no tenían puerta y eran usados por los presos de la cuadra, mientras que los de las celdas debían utilizar los zambullos (recipientes de bronce) que tenían en sus habitáculos.

La falta de higiene, el frío y el hambre hacían estragos entre los prisioneros, de los que, en 1934, más de la mitad estaban enfermos, concretamente 54 por ciento, según indican los registros oficiales de la época. El régimen del presidio se basaba en el trabajo retribuido, la enseñanza escolar de nivel primario y una severa disciplina que se manifestaba en diferentes castigos como el conocido encierro durante un mes “a pan y agua”.

Famosos
> Entre los presos más conocidos que fueron encarcelados en este lugar destacaron Mateo Banks, alias El Místico, célebre por tratarse del primer homicida múltiple que registra la historia argentina, y Cayetano Santos Godino, alias el Petiso Orejudo, que en 1912, cuando contaba con 16 años, torturó y asesinó a siete niños a los que asfixió, quemó los párpados y hundió clavos en la cabeza.

> El Petiso, apodado así por su pequeña estatura, fue trasladado al presidio de Ushuaia, donde consiguió una de las celdas más cercanas a la estufa por convertirse en soplón de los guardas, y murió a golpes a manos de sus compañeros por haber asesinado al gato del pabellón donde estaban encerrados.

> Otro recluso, conocido como Pipo, pasó a la posteridad por arrojarse del tren del presidio al río para intentar huir. Hazaña por la que sus compañeros le homenajearon otorgándole su apodo a este afluente.
En los expedientes también se han encontrado diversas cartas de un penado español, Jesús Pérez, quien pedía a su familia ropa de abrigo.

Los penados atendían las necesidades de la cárcel y prestaban servicios a la ciudad de Ushuaia como imprenta, teléfono o bomberos. Fuera de la cárcel, los presos eran utilizados para trabajos como la construcción de calles, puentes o edificios y en la explotación de los bosques. La única esperanza de los reclusos era ser “premiados” por su buena conducta y que los seleccionaran para ir a talar árboles a los bosques con los que abastecerían de leña y electricidad al presidio y a la ciudad.

No les importaba las bajas temperaturas, la nieve o la lluvia, ya que esta actividad les permitía abandonar por unas horas el penal y volver al exterior, abordo del que se denominó “tren del fin del mundo”, que, habilitado en 1910, recorría 25 kilómetros desde la cárcel.

El hogar de El Místico

Los presos eran trasladados en el tren con los grilletes puestos y con el tradicional uniforme a rayas amarillas y negras que más tarde fue cambiado por uno gris.

Había dos frecuencias diarias, el avance de las vías, que partía a las cinco de la mañana, y el siguiente, que, dos horas más tarde portaba 90 presos, 30 guardas con fusiles y otro grupo de celadores que solo transmitía órdenes e iba sin armar. La primera parada del recorrido era la Estación Macarena donde los penados bajaban a la cascada para cargar agua para la máquina de vapor. Después, eran trasladados al bosque donde con hachas y sierras trabajaban cortando árboles hasta conseguir una media de unas 700 piezas.

A la vuelta, volvían sentados sobre la madera recolectada. En 1930, luego del golpe de Estado que destituyó al presidente Hipólito Yrigoyen, la cárcel más austral del planeta se convirtió en destino de presos políticos y confinados sociales, en su mayoría obreros, militantes sindicales que estaba ligados al socialismo.

La cárcel fue cerrada por el general Juan Domingo Perón en 1947 y las instalaciones transferidas al Ministerio de Marina que en 1950 instaló allí la Base Naval. En la actualidad, el antiguo presidio hace las veces de museo de la ciudad austral.


   

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