El gran negador
Tanto George Bush como el vicepresidente Dick Cheney y el ex secretario de la defensa, Donald Rumsfeld, tienen el hábito de acusar a sus detractores de estarle dando apoyo “al enemigo”
Editorial del New York Times
Si alguna vez hubo un momento para una seria discusión respecto de la guerra en Irak, es éste. Los estadounidenses quieren que Bush explique cómo sacará a los efectivos militares y contendrá el derramamiento de sangre y caos que la guerra ha desatado. El menguante círculo de aliados de Washington y los vecinos de Irak también están esperando para oírlo. Prácticamente todo mundo quiere respuestas, con la excepción del presidente de Estados Unidos.
Debido a que la Casa Blanca se niega a ponerse al frente para guiar, legisladores de ambos partidos ya empezaron a hablar acerca de la mejor forma de ponerle fin a la guerra. Pero, en lugar de aprovechar la oportunidad, Bush y su equipo siguen barboteando desinformación y lemas vacuos acerca de la victoria y, por supuesto, más ataques enfocados a destruir reputaciones de individuos.
Esta vez, el sicario fue Eric Edelman, subsecretario de estrategia de la Defensa, y el objetivo era la senadora Hillary R. Clinton.
En mayo, Clinton le escribió al secretario de la defensa, Robert Gates, y le formuló una razonable pregunta: ¿Había el Pentágono llevado a cabo alguna planeación para el retiro de Irak? La respuesta que recibió fue un rechazo beligerante. Edelman, quien dijo que él representaba a Gates, escribió que “la discusión prematura y pública del retiro de fuerzas estadounidenses de Irak refuerza la propaganda del enemigo en cuanto a que Estados Unidos abandonará a sus aliados en Irak”.
El uso de un tono tan insultante para dirigirse a una senadora seguramente daría pie al despido por parte de cualquier presidente que respetara el sistema constitucional del gobierno. Pero, hasta la fecha, no es el caso del mandatario actual.
En cuanto a si es prematuro, pues, la mayor parte del mundo piensa que esta guerra sin sentido ya se ha prolongado por demasiado tiempo. ¿En público? Nosotros pensábamos que el debate abierto —en particular acerca de temas de tal importancia, de vida o muerte— era uno de los pilares de la democracia. Y en cuanto a la acusación de que se refuerza la “propaganda del enemigo”, esto es, tristemente, un día cualquiera de trabajo para un integrante de la administración Bush.
Tanto el presidente como el vicepresidente Dick Cheney y el ex secretario de la defensa, Donald Rumsfeld, tienen el hábito de acusar a sus detractores de estarle dando apoyo “al enemigo”. Bush, por su parte, se apoyó considerablemente en esa noción para alcanzar la reelección en 2004. En fechas más recientes, el oficial que estaba supervisando políticas de detención por Rumsfeld exhortó, en público, a que las corporaciones boicoteen a bufetes legales que tuvieron el descaro de suministrarle la magra representación permitida a los presos en el campo de detenidos de la Bahía de Guantánamo, en Cuba.
El objetivo de estos ataques consiste en evitar críticas en verdad interesantes a la política de Bush en Irak. Así que fue en verdad exasperante escuchar a Bush acusando al Congreso estadounidense de negarles apoyo a las tropas debido a que el presupuesto inicial del Pentágono quedó atrapado en el debate del Senado sobre Irak de esta semana, y no fue aprobado.
Es George W. Bush quien ha negado a las fuerzas armadas lo que necesitan, primero al tratar engañosamente al Pentágono respecto de las tropas y el blindaje y, después, al dejar varadas a fuerzas estadounidenses en una guerra civil sin un objetivo militar factible, aunado a la evaporación del respaldo político. Bush les negó a los estadounidenses un serio debate acerca del comienzo de esta guerra. Hace mucho tiempo, ya que debería haber empezado un debate serio y honesto respecto de cómo ponerle fin.
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