Semanario de Prensa Libre • No. 161• 05 de Agosto de 2007

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D frente

Patricio Sturlese
“Toda literatura sirve”
Su primera novela, El Inquisidor, fue lanzada este año en 20 países y traducida a tres idiomas

Por Juan Carlos Lemus
Foto Carlos Sebastián

La novela El Inquisidor nació con un sello en la frente: best seller. Esto significa que los críticos literarios pasarán delante de ella con dos dedos puestos sobre la nariz. Tal desdén le viene a los estudiosos debido a que muchas casas editoras colocan en los supermercados obras insulsas, donde de igual manera son exhibidas revistas de anoréxicas como fardos que cuentan amores fresas o historias al estilo Código da Vinci.

Lo mismo está sucediendo, sin embargo, dentro de los santos muros catedralicios de la llamada literatura seria. La paradoja del siglo XXI es que miles de libros marcados bajo la unción papal de las editoriales consagradas no son sino basura, culta basura, pero al fin basura. No es debido a la mala calidad de ciertos libros best seller, sino al descuido de los serios que cada vez resulta más impreciso calificar de impuras a las obras que nacen con partos bastante publicitados. La mejor evaluación de un contenido, en todo caso, parte solamente de una lectura y no de lo que opine cualquiera por nosotros.

El autor de El Inquisidor, el argentino Patricio Sturlese, estuvo de gira en promoción de su primer libro por Panamá, Costa Rica, Guatemala, Venezuela y Colombia, el cual fue lanzado este año, simultáneamente, en 20 países, y traducido al italiano, polaco y alemán. Random House Mondadori hizo un tiraje inicial, para Polonia, de 80 mil ejemplares.

Sturlese se reconoce más aficionado a escuchar música que a leer; sus gustos literarios son Morris West y Mario Puzo, por ejemplo. Tiene 33 años de edad, ninguna experiencia de publicación anterior; su formación es la de jardinero y recogedor de hojas caídas en el otoño argentino; además, estudia teología con los jesuitas en su país, y, de nuevo la paradoja, a diferencia de los escritores serios que venden poco y se transforman de súbito en primas donas, este autor es increíblemente sencillo (recordemos que se trata de un escritor —y argentino—); ante todo, conoce los alcances, limitaciones y efectividades de su libro. En esta entrevista da cuenta de algunos detalles que lo motivaron a escribir.

El libro fue publicado simultáneamente en 20 países, traducido al italiano, polaco y alemán. Evidentemente, hubo gran interés editorial.

El Inquisidor para algo te va a servir, o te va a entretener, o te va a servir para nivelar alguna cama si está medio destartalada y lo ponés abajo de ella. Yo creo que toda literatura sirve. Hoy en día me estoy decepcionando de ciertas cosas que no conocía, como esa que si es un best seller tiene un tipo de trascendencia no cultural, y si no lo es, tiene otra trascendencia. Me pongo a pensar que este libro pudo haber sido editado en 500 ejemplares si yo hubiera vendido mi camioneta y lo hacía por mi propia cuenta. En realidad, si El Inquisidor ha llegado a donde está es por el destino, no por mí. Las críticas son mixtas: a unos les gusta más la trama, otros se compenetran más con la parte histórica, otros buscan alegorías directas al siglo XXI, otros hacen juicios morales, y bueno, se hace un gran foro de debate donde a veces tengo que contestar cosas que me hacen pensar demasiado. Nunca pensé que la gente iba a razonar El inquisidor de una manera tan profunda.

¿Le ha molestado que el libro sea clasificado como best seller, con lo cual queda marginado de la llamada literatura “seria”?

Bueno, no me molesta que sea best seller, no creo que sea un rótulo por el cual uno tenga que demonizar un texto. Si alguien cree que El Inquisidor es un best seller porque lo tiene que agarrar de la góndola del supermercado, y al lado se vende leche, que lo crea. Hay gente que es vegetariana y decide no comer carne, es algo que yo respeto, ahora, cuando alguien termine de leerlo, si quiere le puede quitar las tapas y le puede quitar el sello de best seller. Más me interesa que haga un juicio de valor sincero, y si ve una obra cultural o no, allí no podré hacer nada, pues es un razonamiento particular, pero me parecería un desperdicio prejuzgar algo que puede darme algún placer literario.

¿Cómo solucionó, para escribirlo, el no tener experiencia literaria?

Nunca estudié letras ni formas literarias, incluso, no soy un lector compulsivo y me gusta más escuchar música que leer. A las cosas que me gustan les doy mucha profundidad, es decir, yo agarro un texto y lo examino a fondo cuando me interesa. Leí La última confesión de Morris West, unas quince veces, y siempre le encontré algo más. He leído a Mario Puzo, El padrino, Los Borgia, Drácula... Pero, bueno, yo nunca me detuve a pensar “primero me tengo que formar como alguien que escribe una buena prosa y después tengo que llenar esa habilidad con una historia”. Yo simplemente lo escribí agotando todas mis posibilidades. Veo textos que son de autores excelentes y siento que escapan a mis posibilidades. Tengo entendido que hay críticos que tienen una estructura de pensamiento donde se forma casi como un club selecto, donde las cosas que no se pueden clasificar las meten en una carpeta de desconfianza. De hecho, en El Inquisidor no aparece mi foto, es una decisión editorial, pues algunas personas van a leer el libro y se imaginan a un autor de una edad arriba de 50, con barba blanca, pero se encuentran con alguien de 33 años y se sorprenden.

El escritor

> Patricio Sturlese nació en Buenos Aires, el 23 de octubre de 1973.

> Es hijo de inmigrante genovés.

> El Inquisidor es su primer libro.

> Editado por Random House Mondadori, se encuentra a la venta en todas las librerías Artemis Edinter.

> La obra ha sido traducida al polaco, alemán e italiano.
Actualmente se prepara una edición en rumano.

¿Qué tiene el libro de Morris West para que lo haya leído unas 15 veces?

Es sencillo, es un libro corto que logra transmitir lo que siente un personaje si a ése le pasa algo; me impactó la elocuencia, me gusta todo lo que hace pasar de la letra a la imaginación espacial. Me hubiese encantado cruzarme en esta vida con Morris West, pero no pude, él murió.

Es su primer libro y tiene un tiraje de 80 mil ejemplares.

Mis amigos saben que yo sería incapaz de vender un solo ejemplar. Por eso, cuando Random House Mondadori lo lanzó, con la potencia que lo hizo y me dijo: “Vamos a hacer 20 mil libros”, yo pensé, esto es una locura. A la semana, me llama y me dice: “Son 30 ó 35 mil...” Y de buenas a primeras hacen un lanzamiento inicial de 80 mil ejemplares de la primera novela de un escritor desconocido. Eso fue apostar, tener fe en algo. Polonia compró el libro antes de que saliera en español. Pudo ser un fracaso, pero después que salió se sumaron los italianos y los alemanes, y hoy se vende en lugares como la Feria del Libro de Londres.

¿Cómo nació El Inquisidor?

Nació en un período de tiempo en el que se juntaron varias cosas. Un día, caminando por Roma, vi una estatua de Giordano Bruno, un hereje del siglo XVI, dominico panteísta. Me tomé un café y me quedé mirándola, al tercer día pido un café y le pido al camarero que me explique un poquito quién era el de la estatua. Cuando volví a Buenos Aires se me cruzó el libro de Morris West (La última confesión) que habla de Giordano Bruno. Me lo regalaron y cuando lo veo, digo, no puede ser, estuve viendo la estatua, para colmo, ese libro de West fue el último que escribió, así que me quedó un sabor un tanto melancólico.

Allí empezó a formarse una curiosidad. Estudio en un teologado jesuita, soy laico, en un monasterio apartado de la ciudad, donde los estudios van de los arqueológicos a los históricos y, bueno, haber estado en Roma, haber leído a Morris West en su último libro, la teología, el ambiente monástico con una biblioteca enorme, la más grande en filosofía y teología que hay en Sudamérica, así fue naciendo el libro, pero lo que fue determinante es que fui jardinero. Esa actividad de barrer hojas en otoño es, para mí, algo relacionado con la escolástica, ese enseñar la existencia de Dios por medio de la naturaleza. Te aclaro que no soy un erudito, no conozco el mundo de la literatura, no lo hice con una especulación comercial literaria, lo hice para mí. Ese libro pudo quedar en el escritorio, juntando polvo y polilla. La única cosa que lo llevó a que fuera un best seller fue que un editor lo leyó y se interesó.

¿Cómo fue el proceso de escribirlo?

Fue durante dos años y medio a tres. La actividad de jardinero es una de las más bajas (mal remuneradas), nunca tuve jubilación, el día que no trabajaba no me lo pagaban, es un trabajo que me encanta, pero tiene también esas cosas. Mientras escribí la novela, Argentina pasó por esa catástrofe económica, los bancos se robaron todo el dinero, las familias tenían poco, mis clientes ya no me podían pagar y me quedé sin trabajo. Alguna vez tuve que encender la chimenea con una guía telefónica.

El título El Inquisidor puede ser incitador, pues tiene que ver con la Iglesia Católica.

No es una novela que sea un escándalo eclesiástico. El título puede ser controvertido, pues muchas personas han pensado que con este libro vengo a trastocar algún dogma de la Iglesia Católica, y la verdad es que no es así, aquí no se toca ningún dogma. En Panamá, durante una presentación, una persona que estaba sentada en el fondo levantó la mano y me dijo “Yo quiero saber si Cristo sigue siendo Dios”. Yo me situé en el ámbito teologal, y me dije, bueno, esta persona es un sacerdote, así que le respondí como teólogo. Le dije: “No, Cristo no es Dios, es Dios y hombre”. Entonces esa persona se dio cuenta de que el libro no atentaba, que no era nocivo para la fe católica, se levantó y se fue.

Puede que el lector, sin haberlo leído, piense que El Inquisidor es un libro más de “la familia” Código da Vinci.

Es posible que así lo piense. Puede ser que cuando el lector va a la librería y lo ve, enseguida piense “Código Da Vinci 2; otro más que se sube a la estela”, pero, bueno, para empezar, cuando escribí El Inquisidor, el Código Da Vinci no existía; segundo, mi libro no busca el escándalo, sólo cuenta una historia.

Está a punto de graduarse de teólogo. ¿Cuál ha sido la reacción de la Iglesia?

Dentro de la Iglesia Católica, que es tan amplia, tenemos sectores ultraconservadores que ya me han escrito diciendo que ciertas partes son inmorales, como las sexuales. Omitieron decir que es inmoral un asesinato, pero, bueno, me dicen “lo que escribiste es inmoral, a vos te tienen que echar del teologado”. Cuando vinieron esas primeras críticas, me dije, ¿qué hice? Yo me hago cargo de lo que digo, no de lo que entiendan, pero (donde estudio) les gustó mucho que de la teología saliera una novela. Lo que normalmente escribo son ensayos sobre la trascendencia, sobre qué va a pasar con el alma, sobre la muerte, el purgatorio, sobre cosas muy abstractas como la idea, los pensamientos, pero esta es una novela, y en el teologado lo que dicen es que qué bueno, pues va a salir un escritor de ficción. Los jesuitas tienen eso que es admirable, se adaptan a todo.

¿Tiene su libro algo de autobiográfico?

En Panamá sucedió que una señora se puso de pie y me señaló, y me dijo “Vos sos el Inquisidor, y vengo de parte de quince personas”. Después se levantó otra persona y le dijo a ella que no se metiera en mi vida privada. Se armó una suerte de debate y yo me quedé callado. Tengo posturas, pero no las pongo en el libro. No hago apologías, aunque, por momentos, yo opine diferente. No estoy de acuerdo con matar a una persona, por ejemplo. Por eso, si alguien me acusa de inmoral por algunos léxicos y demás, quizá se confunda, pero es innegable que toda la novela ocurrió en mi cabeza, con la forma en que construyo las ideas, pero no debe haber equivocación. Puedo ser tan malo o tan bueno en algunas actitudes en mi vida particular, como lo son algunos personajes, malos o buenos, pero no soy El Inquisidor.


   

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