Semanario de Prensa Libre • No. 161• 05 de Agosto de 2007

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En primera persona

Tres cosas importantes en la vida
Como si hubiera abordado una máquina del tiempo,
me trasladé al año 1977

Un día, cuando trotaba para bajar esa barriga que, por la edad y por descuido, se forma en muchas personas, y al deambular por varias calles ya cansado y sin pensarlo, fui a parar en una banca de concreto, semidestruida y con varios grafitis que la decoraban.

Mientras trataba de controlar mi respiración comencé a dirigir la mirada a mí alrededor, y por todos lados se veían promontorios de basura, bancas de concreto semi, o totalmente destruidas, como en la que me encontraba sentado, latas vacías, un poco de basura quemándose. Aquel lugar era un total basurero. De pronto, algo llamó mi atención: al centro de todo aquello se erguía un tronco de madera. Al elevar mi vista a unos 20 metros de altura, vi mí ya un cielo de color verde, que no me dejaba ver más allá. Quedé impresionado. Sentí de inmediato que aquel cielo se empezó a mecer de un lado a otro; comenzó a soplar una brisa fresca que purificó el fétido olor que infestaba aquel lugar.

Mis ojos se cerraron y, como si hubiera abordado una máquina del tiempo, instantáneamente retrocedí a 1977, en aquel mismo lugar, rodeado de mis compañeros de escuela. Al centro, un hombre —con piocha en mano— afanado abría un hueco en el suelo. Era el director de la escuela donde yo estudié de niño; alumnos y maestros lo veíamos, fijamente a cada golpe que daba en el suelo como si estuviera perforándole el corazón de la tierra.

Todos callábamos, nadie respiraba más profundo de lo necesario. Al terminar de excavar, de un viejo saco extrajo una bolsa de plástico llena de tierra y abono que servían de maceta a una pequeña rama como de un metro de altura. Rompió la bolsa cerca de aquel agujero que había cavado, introdujo aquella pequeña rama y la cubrió con una capa de tierra. Acto seguido, virtió agua y nuevamente volvió a echar otra capa de tierra. Se puso en pie, se quitó la tierra de las manos, sacudió la ropa y lanzó una mirada a su alrededor. Todos lo veíamos hasta cierto punto con temor, pues era bastante estricto para nuestro gusto. Respiró una gran bocanada de aire y nos dijo:

“El hombre tiene que hacer tres cosas importantes en esta vida para decir que realmente su paso por este mundo no fue en vano. Una de éstas es tener un hijo. En el futuro, ustedes serán padre y madre. Ya lo verán. La otra es escribir un libro y ustedes escriben libros todos los días en la escuela cuando estudian y en sus casas y cuando hacen sus tareas. Y la tercera, pero no menos importante, es sembrar un árbol. Yo ya he cumplido con las tres. Ahora, ustedes cumplan con la segunda.

Entonces nos invitó a que todos tomáramos un poco de tierra con la mano y la echáramos al pie de aquella pequeña rama.

Al volver en sí, puede ser que sea mi imaginación o simplemente lo quiero recordar así. Pero a mis oídos llegó un suave susurro que me decía; ¡Hola, amigo te acuerdas de mí! ¡Gusto de encontrarte otra vez! ¡Años que no nos veíamos! ¡Es una pena que me encuentres en estas condiciones, pero sabes realmente que no puedo hacer mucho! Yo sonreí, ese día volví a mi casa me excusé de ir al trabajo, agarré un escoba, bolsas de plástico, pala, cal, agua y otras cosas, pasé limpiando todo el día, hasta entrada la noche, en aquel lugar donde un poco mas de 30 años se había construido uno de los recuerdos más bonitos de mi infancia al sembrar aquel árbol que se llama ceiba.


Carlos Ochoa
ochoacpa@intelnett.com


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