Semanario de Prensa Libre • No. 131 • 7 de Enero de 2007

Portada | Archivo | Contacto | Directorio


   > Editorial
   > En primera persona
   > Cartas
   > D todo un poco
   > D frente
   > D portafolio
   > D tecnología
   > D ciudad
   > D fauna
   > D fondo
   > D mundo
   > D cultura
   > D farándula
   > D viaje
   > Punto final

 


D cultura

El mundo de Paul Claudel
Su obra literaria, al asociar armoniosamente la sensibilidad mística y la inquietud científica, es una invitación a la reflexión y al sueño

Por Sébastien Perrot-Minnot

A lo largo de sus escritos, Claudel desarrolló, a partir de su pasión por la analogía, una concepción particular del Universo. Guardaba probablemente en mente la frase provocativa de Edgar Allan Poe: “Resolví el secreto del Universo”...

Paul Claudel nació en 1868 en Villeneuve-sur-Fère, en el departamento de L'Aisne, al noreste de Francia. Su hermana, Camille, fue una destacada escultora, seguidora de Rodin; Paul siempre la consideró como “el verdadero genio de la familia”. Aunque fue criado en un hogar católico, Claudel perdió la fe en el colegio (un “presidio materialista”), en el entorno de un creciente anticlericalismo en las políticas gubernamentales. Decía que la teoría de la pluralidad de los mundos y la infinidad del Universo fueron responsables de su progresiva desconfianza hacia el catecismo.

Paul Claudel

En Navidad de 1886, Claudel reencontró la fe: tuvo una revelación durante una misa en la Catedral de París. Se trata de un momento crucial en la vida del poeta, aunque éste tardara 20 años en llegar a una “estabilidad espiritual”. Sin embargo, no pudo ver cristalizado su deseo de ser sacerdote.

Tanto su vida espiritual como su brillante carrera profesional influyeron en su creatividad literaria. Admitido en la cartera ministerial de Asuntos Exteriores en 1890, desempeñó cargos diplomáticos hasta 1935. Muchos poetas contemporáneos se preguntaban cómo este “hombre de genio” podía soportar un trabajo tan burocrático. Fatigado, Claudel solía contestar lacónicamente: “Me pagan” (Jules Renard: Journal). En realidad, tenía en alta consideración su “deber de Estado” y sus superiores siempre elogiaron su desempeño. Más allá, Claudel opinaba: “Nunca encontré un problema o una dificultad en ser a la vez poeta y diplomático, no más que en oír con las orejas y respirar con la nariz” (Cahiers, IV, Paul Claudel).

La abundante producción literaria de Claudel incluye obras dramáticas, poéticas, en prosa y exegética (sobre la Biblia). Fundamentalmente, es un autor simbolista, apasionado por la analogía, las metáforas y las comparaciones. Mallarmé (su "viejo maestro"), Rimbaud, Huysmans, Verlaine, Poe y los textos sagrados son algunas de sus máximas fuentes de inspiración. Pese a las divergencias (en los campos de la religión y las concepciones poéticas) con Paul Valéry, los dos poetas, que se conocieron en uno de los “martes” de Mallarmé, tejieron lazos de estima y amistad. Valéry escribió, en sus Cahiers, que Claudel “expresa lo que los autores en general consideran como dado”.

Tras un fracaso en 1935 (lo que generó muchas polémicas), Claudel fue recibido en la Academia Francesa en 1946, sin siquiera haber postulado su candidatura. Falleció el 23 de febrero de 1955 en París. Los que tuvieron la dicha de conocerlo personalmente lo recuerdan como un hombre generoso, lleno de humor y de un fuerte carácter.

Una vida de viajes

Claudel se definía como “un viajero arraigado”. Aunque muy atado sentimentalmente a su Francia natal, sintió desde muy joven el deseo de huir de las tensiones familiales y la crisis moral provocada por el colegio y soñar con salir “al mundo, al mar, al porvenir!” (Mi País, 1937; ver también Alexandre-Bergues, 2005).
Sus deseos de ultramar se cumplieron en 1893, cuando fue nombrado cónsul suplente en Nueva York. Luego, su carrera diplomática lo llevó a Boston (gerente del consulado, 1894), China (varios cargos entre 1895 y 1909, en Shangaï, Hong-Kong, Beijing, Tien-Tsin, Hankeou y Fou-Tcheou), el Imperio de Austria-Hungría (cónsul en Praga, 1909-1911), Alemania (cónsul general en Fráncfort y en Hamburgo, 1911-1914; dejó el país cuando estalló la Primera Guerra Mundial), Brasil (ministro plenipotenciario, 1917-1918), Dinamarca (ministro plenipotenciario, 1919-1921), Japón (embajador, 1921-1927), de nuevo a los Estados Unidos pero como embajador (1927-1933) y finalmente, a Bélgica (embajador, 1933-1935).

Claudel trabajó con mucha convicción e ideales. Como Turelure en Le pain dur (1918), está consciente que la paz favorece, entre los países, el intercambio de los productos, las ideas y los más nobles sentimientos. En todas partes se comportaba como un viajero curioso, muy deseoso de conocer las costumbres, las tradiciones y las artes. De regreso a Francia, no perdía una oportunidad de exponer sus observaciones en el marco de conferencias o pláticas. China y Japón ejercieron en su mente una fascinación que lo remontaba a su niñez. Los ideogramas y la literatura asiática constituyeron una inagotable fuente de inspiración.

Paul Claudel tuvo también una relación apasionada, aunque limitada, con Latinoamérica. De su misión en Brasil, escribió que fue “la más interesante de su vida” (Oeuvres en prose). Su interés por el arte popular y la literatura iba con una admiración frente a la exuberante naturaleza tropical.

A menudo, la transición entre un país y otro, al azar de sus misiones oficiales, generaba confusión y frustración: “Tantos países detrás de mí comenzados / sin que jamás ninguna residencia / se finalice”, escribió en La messe là-bas (1919). Seis años más tarde suspiró en Feuilles de Saints: “Tengo que acomodarme como puedo de este / Brasil que se yuxtapone al Japón”...

Sus viajes, por barco o tren, son interminables y a veces caóticos; sin embargo, le dan la oportunidad de hacer largas reflexiones y meditaciones. En L'Annonce fait à Marie (1912), el personaje de Anne Vercors tiene “sed de la enormidad del mar”. Los vastos océanos encantan a Claudel, que podría confesar como Paul Valéry: “En mí toda vasta extensión / engendra un tipo de sueño” (Poèmes et Petits Poèmes Abstraits).

El mundo, fuente de inspiración

Las referencias a los viajes son omnipresentes en la obra de Claudel. Como un elemento central o, más a menudo, como discretas pero insistentes alusiones. Al final de muchos escritos se lee el nombre del lugar (Río de Janeiro, Tokyo, Chuzenji, Copenhague, Hamburgo, Kou-Liang, etc.) y la fecha cuando fue concluida la obra, algo que no parece simplemente anecdótico. Los comentarios sobre tantos exóticos lugares que descubrió Claudel se relacionan a veces con las ideas de la aventura, el misterio y la sacralidad. Como su personaje Pierre de Craon en L'Annonce faite à Marie, Claudel parece pensar que “toda la creación está con Dios en un profundo misterio”.

Vida y obra
Paul Claudel
(Francia, 1868-1955).

> Escritor y diplomático francés, nacido en Villeneuve-sur-Fère.

> Es uno de los hombres de letras del siglo XX más famosos y prolíficos.

> Su poesía, que posiblemente alcance la mayor altura en sus Cinco grandes odas (1909), estaba influida por la de los simbolistas.

> Entre sus obras de teatro se cuentan La anunciación a María (1909) y El zapato de raso (1929). Además, escribió el oratorio dramático El libro de Cristóbal Colón (1930), al que puso música el compositor francés Darius Milhaud.

> Fue electo miembro de la Academia Francesa en 1946. Su correspondencia (1899-1926) con el escritor André Gide se publicó en 1952.

Como lo vimos, Claudel desarrolló considerablemente el sentido de la analogía, inspirado en particular en la obra de Mallarmé. El mundo y la naturaleza le proveen inagotables comparaciones, metáforas e imágenes. A la vez, al igual que el autor de Igitur, pretendía reproducir las reglas de la naturaleza en su obra literaria. En su Journal, una frase resume buena parte de su concepción del arte poético: “La Naturaleza es símbolo y la Historia es parábola”.

En los escritos de Claudel, el viaje geográfico es a menudo puesto en paralelo con el "viaje" interior, espiritual y poético. Parece revelador que en Feuilles de Saints, la experiencia mística de Santa Teresa se relaciona con el campo lexical del viaje y la aventura (“Como Crusoe para una gran aventura antiguamente”). El mar, especialmente, es asociado con el deseo y la eternidad. Hubiera expresado, como Verlaine, que “El mar es más bello / que las catedrales?”.

Vinculaba probablemente el descubrimiento de nuevos lugares con la exploración de nuevas formas poéticas. Tal como Valéry cuando escribía, en sus Petits poèmes abstraits: "Voluptuosidad / de ser el primer hombre / que percibe una "verdad" [...] / que ponga el pie en la América esperada e inesperada"...

Una concepción del Universo

Al citar palabras de Feuilles de Saints, podríamos decir que Claudel tenía la “Pasión del Universo”. Sin embargo, a pesar de una sincera inquietud científica, su visión de éste era la de su sensibilidad imaginativa. Como lo reconocía Rémy de Gourmont (Promenades littéraires, 1912): “El Universo es mi representación”.

Una de las reflexiones más fundamentales de Claudel sobre el Universo —una verdadera lucha intelectual— concernaba su carácter “finito”. En este sentido, encontró apoyo en las lecturas de Alfred Wallace y Edgar Allan Poe (Gadoffre, 1984).

Claudel rechazaba apasionadamente la idea de un Universo infinito. Como lo confesó en una carta a Gide, las Cinq grandes odes (1910) expresan “la alegría de un hombre que el silencio eterno de los espacios infinitos ya no asusta”. Al igual que Poe (Eureka, 1848), imaginaba un Universo cerrado y armonioso, donde todos los elementos fueran complementarios los unos con los otros. Al repetir una fórmula taoísta, solía decir que “cada trazo es definido por los demás” (L'art poétique, 1907). Es más, elaboró una visión sacra del mundo y el Universo, “un templo donde vivimos” (Feuilles de Saints).

Claudel compartió, con varios poetas contemporáneos, la fascinación por las teorías de la creación (natural y artística) que integren las “vibraciones” y el movimiento. En sus Mémoires improvisés (1954) aseveraba que “no es el espacio que permite el movimiento, es el movimiento que es la condición misma de todo lo que existe y que, realizándose, cree”. El poeta se interesó también en la relación entre el espacio y el tiempo, y su reflexión se nutría en abundantes lecturas científicas. En una carta dirigida en 1905 al esteta Gabriel Frizeau, Claudel anunciaba su intención de redactar un ensayo sobre “la idea del Espacio reducida a la de Distancia y por continuación de Tiempo” (Correspondance de Paul Claudel avec Gabriel Frizeau et Francis Jammes, 1952).

¿Cuál sería el lugar del Hombre en esta mundo? Claudel desarrolló varias consideraciones. Cuando el poeta dice que el Hombre conoce (“connaît”, en francés) el Universo, expresa en realidad que lo “co-nace" (“co-naît”), es decir, que la naturaleza es una entidad co-existente (casi una hermana) pero no nuestra madre (L'art poétique). A la vez, explica que el hombre es un ser general que lleva en él los secretos del Universo, y que su creación (poièsis) debe inspirarse en las reglas naturales. Pero asevera también que el Hombre es el soberano del Universo; fue hecho “para dominar el mundo y no el mundo para dominarlo” (Tête d'Or, 1890). De la misma manera, la Iglesia “absorbió” y adaptó el bosque sagrado primitivo, donde los paganos escondían sus ídolos (L'art poétique).

(Mis agradecimientos a la Sociedad Paul Claudel de París).

Lea también

- Presto non troppo


   

© Copyright 2004 Prensa Libre. Derechos Reservados.
Se prohibe la reproducción total o parcial de este sitio web sin autorización de Prensa Libre.

www.prensalibre.com