Agresores y agredidos
Muchas veces, uno de los más
difíciles obstáculos
que un niño debe enfrentar se encuentra, paradójicamente,
en donde se supone encontraría protección y amor
Por Ingrid Roldán Martínez
Foto Jorge Castillo
Parecen simples bromas, pero no los son. El que
un compañero le esconda las cosas a otro, le arrebate la
refacción, le diga sobrenombres y le haga la vida imposible
durante el ciclo escolar, es un acoso que incide negativamente
en la tranquilidad de otro. Este tipo de conducta es más
frecuente de lo que se cree y de lo que se platica.
Se habla de él
cuando llega a niveles extremos. Los niños que son percibidos
como débiles, los introvertidos, los muy bien portados,
los estudiosos (llamados nerdos, como en la famosa película)
los de un origen socioeconómico o étnico diferente
pueden ser foco del ataque de quienes se consideran más
fuertes y ven que el otro no puede responder a las provocaciones.
Esto no quiere decir que en realidad sean débiles, lo que
pasa es que su carácter no es agresivo.

La niña o el niño que se siente agredido
tiende a aislarse del grupo que le causa conflicto. |
La sicóloga Mireya de Arroyave diferencia la forma en que
los pequeños de ambos sexos agreden a sus compañeros.
En el caso de las niñas tienden a actuar de forma más
solapada: no le hablan a una chica en específico, no la
integran, la critican o no le permiten ser amiga de otras niñas.
Los varones utilizan conductas más violentas como golpear,
arrebatar la comida, esconder los libros o poner zancadilla.
Este tipo de abuso normalmente no se da en las aulas sino en los
buses y recreos, cuando no están presentes los maestros.
A veces, aunque haya una persona encargada en la ruta hacia el
colegio, no siempre es posible controlar lo que 40 alumnos hablan
en el trayecto. Es en estos momentos en que se dan agresiones de
palabra, los insultan o ponen el pie para que otro niño
se tropiece.
Marcas perdurables
De Arroyave, que trabajó 25 años como orientadora
en un colegio privado, recuerda el caso de un niño que escondía
las mochilas de sus compañeros, las ponía donde se
mojaran y para que no pudieran entregar sus tareas (lo que les
perjudicaba académicamente), después aparecían “milagrosamente” y
nadie sabía quién lo había hecho. El más
dramático fue el de un grupo de cuatro o cinco niños
que cercó a uno de sus compañeros en el baño
y, entre todos, le metieron la cabeza en el retrete. Aunque los
acosadores recibieron castigo, el niño acosado debía
seguir conviviendo con ellos todo el resto del ciclo escolar. Para él
representaba un ambiente tenso y le generaba estrés.
En un documento acerca de la violencia, la Organización de Naciones Unidas
para la Infancia (Unicef), se refiere a distintos tipos de violencia contra los
niños. Especifica que la mayoría de casos no dejan marcas visibles,
permanecen ocultas. Sin embargo, pueden tener graves repercusiones en su desarrollo.
La Organización Panamericana de la Salud también ha tocado el tema.
En un taller sobre la Violencia de los Adolescentes y las Pandillas Juveniles
se habló del ámbito escolar. Según el documento, la agresión
en las escuelas puede darse de diferentes formas: indirecta, como el chisme;
verbal, como los insultos y las amenazas; o directa como golpear y empujar. La
doctora Pamela Orpinas, autora del texto, especifica que los factores familiares
más importantes que promueven la violencia son el abuso o descuido de
los pequeños, la falta de atención por parte de los padres, la
agresión y la disciplina abusiva y la desintegración familiar.
¿Broma y acoso?
Arroyave dice que los acosadores escudan su actitud en que están gastando
bromas, les parece divertido, no lo ven como algo malo. Incluso, algunas veces,
quienes son foco de las bromas las reciben con paciencia hasta cierto punto,
pero hay quienes son más sensibles y su tolerancia es menor.
El apodo o sobrenombre puede ser una forma de acoso, depende de
a quién
se lo digan y de la forma cómo lo hacen.
Las edades más cruciales en
que las agresiones se dan con mayor frecuencia son de los últimos
años de nivel primario y el primero de secundaria.
Es común que los más grandes acosen a los más pequeños.
La agreción
física y emocional
> La mayoría de veces el acoso ocurre cuando
los maestros no se dan cuenta.
> En algunos casos
no es con golpes sino con burlas, risas y robos.
> Cuando
los maestros se percatan y regañan
al acosador, las repercusiones pueden ser negativas:
se enoja con su víctima y la emprende de forma
más fuerte y más sutil.
> Se puede dar
el caso de que si el niño víctima se queja
mucho con el maestro, éste no le crea y termine
por culparlo.
> En mayor o
menor grado, niños más fuertes agreden
a los más pequeños o a los que consideran
más débiles.
> Hay
casos en que un acoso se disfraza de broma
y puede lastimarse a alguien física y/o emocionalmente.
> En Europa y
Estados Unidos se han implementado programas orientados
a dar información y trabajo a todos los niños
acerca de cómo afrontar esta situación.
> En Guatemala ya
se está implementando el programa Armonía,
que involucra a niños, padres de familia y maestros. |
“Los acosadores suelen tener buena autoestima y les gusta sentir poder,
y molestan porque lo consideran divertido”, comenta de Arroyave. Se sienten
bien al ser admirados por su conducta. Además, se forma una especie de
triangulación: los acosadores, los acosados y los acosadores pasivos o
espectadores que al observar y reírse refuerzan la conducta del agresor.
Los pasivos no actúan de esa forma porque no se sienten bien de hacerlo,
pero tampoco defienden a la víctima. Quien recibe la agresión se
siente solo.
La sicóloga Patricia Peralta cuenta el caso de su hija, a quien sus compañeros
aislaron porque denunció el consumo de licor en una excursión escolar
en la que participaron algunos alumnos y maestros. La vieron como una delatora. “Es
muy difícil, porque son ellos contra el grupo”, dice.
Muchos niños no denuncian el
acoso porque temen que después será peor. Recuerda
el caso de un niño que no había mencionado nada en
casa hasta que una empleada se dio cuenta de que tenía moretones en
el abdomen por los golpes que le daba un compañero.
Peralta forma parte de la asociación de orientadores escolares y reconoce
que el problema de agresiones es latente, pero del que se habla poco. Arroyave
coincide en que cada vez hay más casos. “Yo pienso que acoso siempre
ha existido, pero sí he observado que se ha ido incrementando, tal vez
influye la televisión, el nivel de juegos tan violentos, agresivos, que
utilizan los niños”, comenta. Incluso, ella trabajó en el
diseño de un programa denominado Armonía, para el Centro de Arbitraje
y Conciliación (Cenac), entidad adscrita a la Cámara de Comercio. Éste
se centra en el manejo de conflictos en colegios por medio del cual se le enseña
a los alumnos a ser mediadores, a comunicarse, encontrar soluciones sin llegar
a la agresión. Involucra a los padres de familia y a los maestros. Ya
está siendo aplicado en 10 colegios de la capital y Antigua Guatemala.
De Arroyave recomienda darle apoyo no sólo al niño acosado sino
también atención a los acosadores, porque buscan el poder de manera
inadecuada y necesitan canalizarlo de otra forma. “Estos niños tienen
problemas cuando crecen, llegan a ser delincuentes o gente que va a acosar a
su pareja o a sus propios hijos, porque están acostumbrados a utilizar
el poder para herir, humillar y lastimar”, comenta. Alguien puede tener
temperamento fuerte, pero no por eso va a ser acosador. Ella piensa que el acoso
es una conducta aprendida que se puede revertir con ayuda profesional.
En la
mayoría de los casos, es reflejo del ambiente familiar: reciben agresiones
por parte de sus padres, los corrigen a través de la violencia y son sarcásticos.
Su conducta es reforzada socialmente, porque se siente un niño popular
con características de líder.
Aquí, al igual que en muchos
aspectos de la sociedad, lo que sucede dentro del hogar se refleja
en conductas fuera de él. Es como un espejo manchado
que refleja una imagen aterradora.
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