Semanario de Prensa Libre • No. 131 • 7 de Enero de 2007

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En primera persona

Aún hay quien sabe vestir
Por eso creo que el oficio de sastre no desaparecerá

Aprendí el oficio de sastre cuando tenía como 17 años. Antes hice muchas otras ocupaciones en Suchitepéquez, de donde soy originario. Decidí venir a la capital porque allá había escasez de trabajo, pues las personas se hacen sus trajes nuevos sólo para la feria del pueblo. Al llegar aquí fui cargador de quintales de arroz. A veces pensé en regresar, pero si salí de allá fue para mejorar y por eso me quedé; de eso hace 45 años.

En el taller de sastrería tengo 25 años. Es un trabajo honesto con el cual he sido favorecido, pues ha sido un medio para vivir, a través del cual pude efectuar mi matrimonio y también alejarme de él. A mi hija le he dado su profesión, pero siempre le doy gracias a Dios, porque es quien me ayuda.

Sin embargo, las cosas se ponen más difíciles, la situación empeora cada día, en especial por los cambios de gobierno. Yo diría que éste (del presidente Óscar Berger) es el peor, porque aunque digan lo que digan de —Alfonso— Portillo, por lo menos teníamos trabajo, pero a partir del actual las cosas empezaron a subir y como a él no le cuesta nada, pero a nosotros sí, pues, si no trabajamos, no comemos.

El negocio es cada día más escaso, sólo Dios sabe cómo vamos saliendo. Las pacas me han afectado al igual que a otros artesanos como zapateros o a quienes elaboran juguetes, porque todo esto lo venden a precios bajísimos y la gente los prefiere, aunque sean de segunda o tercera clase.

Aquí en la sastrería (“Don Manolo”) hago trajes de diario, aunque también por pedido para bodas o graduaciones. Los uniformes de colegios no son tan solicitados, pues en muchos establecimientos educativos los venden. Hasta esos nos quitaron trabajo. Algo que no comprendo es que vendan pantalones a Q25, pues la yarda de tela más barata vale Q40. El traje más económico que hago es de Q600.

A pesar de las dificultades, creo que nunca cerraremos, porque los clientes siguen siendo aquellos que conocen mi trabajo y esa es la mejor publicidad. Lo bueno es que aún está la persona con clase que sabe vestir y busca estos talleres, por eso el arte nunca decaerá, no son aquellos que sólo les interesa cubrirse con cualquier cosa.

Entre mis clientes hay médicos, abogados y hasta los famosos diputados. Estos últimos vienen para que les componga trajes que les dejaron mal en otra parte.
Siempre estoy en la lucha, al pie del cañón, en el Pasaje Rubio.
Manuel Alvarado

Manuel Alvarado
Sastre


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