Semanario de Prensa Libre • No. 132 • 14 de Enero de 2007

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Punto final

Saludable debate nacional

Por Sergio Muñoz Bata
Ilustración Juan Fernando Rodríguez

Teniendo la guerra en Irak como telón de fondo, el arranque de las campañas políticas en busca de la nominación de sus partidos a la elección presidencial de 2008 en Estados Unidos no podía haber sido más propicio para poner a prueba su fibra espiritual en temas como la pobreza, el machismo, el racismo y el liderazgo internacional de este país.

Por el momento, la lista de aspirantes a la nominación de sus respectivos partidos es demasiado larga y todavía es muy temprano para saber quiénes de ellos se convertirán en candidatos viables. No obstante, hay que agradecerle a John Edwards, el ex senador que fuera candidato demócrata a la vicepresidencia con John Kerry en 2004, la impecable formulación teórica de su plataforma política y las implicaciones que ésta podría tener en la discusión de temas que por su naturaleza deberían ser impostergables.

Y si bien es cierto que desde 2004 el candidato recoge el tema de la pobreza que ha dividido al país en dos naciones desiguales, separadas y diferentes, su nuevo acercamiento al asunto como “el gran imperativo moral de nuestro tiempo”, le añade una solidez y profundidad que había estado ausente del debate político nacional desde el planteamiento de El Nuevo Trato, de Franklin Delano Roosevelt, en la década de los años 30.

La propuesta de Edwards se enfoca en un plan de acción que incluye un aumento al salario mínimo, la reducción de impuestos a los más necesitados, un sistema de seguro de salud universal, así como programas educativos y de vivienda que, en un lapso de 30 años, deberían sacar de la pobreza a los 37 millones de estadounidenses que actualmente viven en condiciones precarias.

En este sentido habría que subrayar que la pobreza y la desigualdad han ido en aumento en ese país, al tiempo que aumentan las exorbitantes ganancias de las grandes compañías de seguros, farmacéuticas, tabacaleras, petroleras y de los mayores medios de comunicación.

Siguiendo la misma lógica, Edwards ha planteado que “la manera en la que trabajemos para mejorar la situación de nuestros conciudadanos y de nuestro país será fundamental para que Estados Unidos reestablezca su autoridad moral y recupere la legitimidad de su liderazgo en el mundo”.

Lo fascinante de la tesis de Edwards, que se produce en un momento histórico en el que el país empieza a resentir su declinación interna y externa, es que con unos cuantos trazos ha logrado replantear la actividad política subordinándola al ámbito ético como la única vía posible para la realización del bien social. Los principios morales son los que deben informar el bien político, escribió Platón en el Gorgias.

No menos interesante ha sido el debate nacional que ha planteado la posible candidatura presidencial de Hillary Clinton. A pesar de que nunca en la historia de ese país ha habido una candidata tan preparada para el puesto como ella, el enorme problema de Hillary, si es que se decide a buscar la nominación, será convencer a los miembros de su partido que podría ganar una elección aun siendo mujer; de contar con una legión de enemigos; de su personalidad, que es fuerte y poco cálida; y de su marido que, a pesar de haber tenido una presidencia estelar, sigue despertando encontradas pasiones.

Los datos duros de la pasada elección no son alentadores para las féminas. De 17 candidatas demócratas que contendieron por una curul en las pasadas elecciones legislativas, sólo tres fueron electas por los votantes.

La aparición en el escenario político de un relajado, simpático encantador e inteligente hombre de raza negra llamado Barack Hussein Obama ha generado otro debate nacional de enorme trascendencia. En este caso lo que podría estar a prueba es la persistencia o no del racismo. Aún cuando Obama no ha declarado su intención de postularse a la nominación y haciendo a un lado la evaluación de sus calificaciones para el puesto, el posible candidato apenas fue electo al senado en noviembre, la pregunta que todo mundo se hace es: ¿si Obama ganara la nominación del partido demócrata, podría ganar la presidencia enfrentándose a un republicano de raza blanca?

Apenas iniciada la contienda, es imposible saber cuáles de los temas que ahora se perfilan como centrales seguirán teniendo validez cuando llegue el momento de la verdad. Mientras tanto, no deja de ser reconfortante que en Estados Unidos se discutan temas que se han vuelto insoslayables.


   

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