Semanario de Prensa Libre • No. 132 • 14 de Enero de 2007

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D fondo

Caminantes del país
Ni el sol ni la lluvia detienen el paso de algunos chapines que recorren Guatemala en busca de los paisajes más hermosos y los lugares más remotos

Por Francisco Mauricio Martínez
Foto Carlos Beteta

Cuando se le pregunta a los montañistas cuál es el sentido de pasar horas y horas caminando bajo el sol, la lluvia, dormir en una tienda de campaña y hasta arriesgar su vida, no tienen sólo una respuesta. Algunos dicen que los motiva el espíritu de aventura, otros, que es una forma de disfrutar la naturaleza y sentirse cerca de Dios y, los más exigentes consideran que es una prueba física.

A estos hombres y mujeres es común encontrarlos en los cerros y llanuras más inhóspitos del país, sobre todo los fines de semana, con el rostro sudoroso, una mochila a la espalda y una cantimplora de la cual dan sorbos a cada rato. Uno de los mayores placeres de quienes aman y viven esta afición o ecodeporte es ingresar o llegar a sitios donde ningún ser humano había llegando antes. “Somos descubridores”, dicen algunos.

Vista del volcán de Acatenango
desde el de Fuego.

Practicar este tipo de exploración es tan libre que cualquiera lo puede efectuar sin importar el grado de dificultad. El único requisito es estar dispuesto a disfrutar cada paso que se avanza o retrocede, observar con gozo cada una de las plantas, rocas, riachuelos, cuevas y lagunas que se atraviesen en el camino, y escuchar con deleite el canto de las aves.

Variedad para todos

En Guatemala existen varios grupos organizados que practican este deporte extremo, como lo llaman algunos, y lo ejecutan una o dos veces al mes. La mayoría están integrados por grupos de amigos y algunos tienen nombre, por ejemplo Tzuu-Tak'a y Andino. Pero, oficialmente, es la Federación Nacional de Andinismo la encargada de regularlo. Según Alfredo Martínez, gerente de la misma, cuenta con cerca de mil 200 asociados.

Aunque en esencia la raíz de esta pasión es el andinismo (las cordilleras del país son parte de los Andes) o bajo montañismo (menos de 4 mil metros de altura sobre el nivel del mar) el espíritu de aventura se extiende de diversas maneras. A algunos, por ejemplo, sólo les gusta caminar sobre planicies, mientras que otros buscan escalar volcanes y montañas o admirar lagunas, ríos, cascadas y cuevas que muy pocos guatemaltecos conocen. Los más intrépidos van al extranjero a buscar los grandes nevados de América.

El gusto por las cuevas

Algunos de estos deportistas se especializan en espeleología (exploración de cuevas, su flora y su fauna). Eso les ha permitido ingresar y recorrer espacios profundos y oscuros que muy pocos o ninguno conoce. Éste es el caso de Tania Ponce, quien desde los 7 años, cuando formaba parte del grupo Scout, principió a interesarse en las cuevas que existen en Alta Verapaz. “Me llamó la atención porque, es algo científico y en mi tierra abundan”, dice.

Su espíritu le ha permitido ingresar a, aproximadamente, 70 cuevas ubicadas en ese departamento y que en su mayoría son tan desconocidas que no tienen nombre. De ellas ha obtenido mucha información que guarda celosamente, para evitar la depredación y saqueo. “Estar en contacto directo con la naturaleza en un mundo lleno de carreras y tecnología hace que uno se asombre y diga ¡guau¡ cuando lo vive”, expresa.

Una de las experiencias más peligrosas que vivió le sucedió con Carlos Antonio Victoria, un montañista de mucha experiencia en las verapaces. Decidieron explorar la cueva Can' ba, cerca de Semuc Champey, de la cual sale una corriente de agua y mide, en su ingreso, aproximadamente 12 metros de ancho y 20 de altura. Con una linterna y velas en la boca para iluminarse, nadaron más de dos horas y no encontraron el final.

Después de este tiempo decidieron emprender el regreso debido a que el agua estaba demasiado fría y Ponce sentía que se estaba congelando. “Yo nadaba y trataba de tocar con los pies el fondo, pero no pude”, relata la deportista que cuando estaba a punto de salir de la cueva se iba a ahogar, pero gracias a la intervención de Victoria salió bien de la travesía.

Explorar las profundidades de los siguanes (siguan-ha', profundidades cársticas verticales con ingreso angosto, parecidos a los senotes de la parte sur de México), es otra de las aficiones de esta mujer que en 1995, cuando tenía 15 años, se hizo cargo de la Asociación de Espeleología de su tierra natal. De estos fenómenos, ha logrado explorar unos 15 en la región de Alta Verapaz.

Equipo ideal
> Mochila
> Carpa
> Estufa
> Bolsa de dormir
> Linterna
> Ropa para frío
> Botas / tenis (no nuevos)
> Ropa impermeable y para cambiar
> Comida
> Dos litros de agua por día
> Aislante (se coloca entre el suelo y la bolsa de dormir)

Caminando cerca de Dios

La diversidad es lo que más disfrutan estos aventureros. Algunas veces se proponen alcanzar determinados retos como subir un volcán o una montaña, pero otras la tarea es efectuar travesías de varios días. “Es hermoso desprenderse de lo de abajo y unirse con lo de arriba. Entre más alto está uno, más cerca de Dios se siente”, dice Stuardo Gramajo, miembro de la Asociación de Andinismo de Guatemala.

Una de las mayores aventuras de “Tato”, como lo conocen sus compañeros, es la que emprendió la Navidad de 2000. La inició el 23 de diciembre, junto a unos amigos y la concluyó el 2 de enero de 2001. El recorrido lo inició en Atitlán y atravesó el volcán San Pedro, Santa Clara la Laguna, la montaña de Las Cruces, los volcanes Zunil, Siete Orejas, Santo Tomás, Santiaguito y el Cerro Quemado.

A este montañista, el contacto íntimo con las alturas le ha servido como válvula de escape a las presiones y problemas de la vida cotidiana. Cuenta que se inició en septiembre de 1995, a raíz de “un fuerte bajón” que vivió. “Busqué en varios deportes algo que me ayudara, pero nada. En el montañismo encontré lo que me hacía falta... escapé a mi realidad por un tiempo. Cuando tengo depresiones, aquí encuentro un escape”, relata este andinista que dice disfrutar mucho los volcanes Tajumulco y Acatenango.

En la retina de estos aventureros están grabados miles de amaneceres y atardeceres, así como también impresionantes fenómenos naturales. Alfredo Mackenny, del grupo Andino, no olvida la majestuosidad de las cuevas de Candelaria en Alta Verapaz, las cuales conoció en 1974. Dice que ha sido lo más grande que ha visto, y estima que miden, aproximadamente, 25 kilómetros de largo y atraviesan cuatro cerros. “Lo maravilloso es la luz natural que ingresa por los laterales”, dice, y asegura que ha estado mil 100 veces en el volcán de Pacaya. “Me impresionan las erupciones”, expresa.

Sabor amargo

La práctica de este deporte tiene sus riesgos, ya que los accidentes siempre llegan de un momento a otro. Caídas o golpes que provocan fracturas o raspones son parte de los riesgos. Esto le sucedió a Ponce hace unos años, cuando se preparaba para viajar a los Andes ecuatorianos. Estaba practicando en un muro cuando cayó y sufrió una fractura en el cóccix.

Esta experiencia ha sido lo peor que ha vivido, pues su recuperación duró un año y sus compañeros daban por sentado que ya no volvería a la práctica. Para reestablecerse tuvo que utilizar una faja, le prohibieron montar bicicleta, correr, caminar rápido y cargar objetos pesados. Además debía dormir en posición fetal y durante el primer mes le inyectaron morfina “para disminuir los dolores… hasta se me dormían las piernas”, relata.

Los incidentes también suceden en plena faena, como le pasó a Carlos Beteta, un experimentado montañista que en 1982 se fracturó la columna vertebral cuando escalaba el Ixtaziguatl, en México. Este accidente frustró su intención, sin embargo, poco tiempo después logró su propósito y lo ascendió tres veces. Su férreo espíritu de lucha le permitió escalar cinco veces el Popocatepetl, y una el Orizaba, en ese mismo país.

La agreción
física y emocional
> La mayoría de veces el acoso ocurre cuando los maestros no se dan cuenta.

> En algunos casos no es con golpes sino con burlas, risas y robos.

> Cuando los maestros se percatan y regañan al acosador, las repercusiones pueden ser negativas: se enoja con su víctima y la emprende de forma más fuerte y más sutil.

> Se puede dar el caso de que si el niño víctima se queja mucho con el maestro, éste no le crea y termine por culparlo.

> En mayor o menor grado, niños más fuertes agreden a los más pequeños o a los que consideran más débiles.

> Hay casos en que un acoso se disfraza de broma y puede lastimarse a alguien física y/o emocionalmente.

> En Europa y Estados Unidos se han implementado programas orientados a dar información y trabajo a todos los niños acerca de cómo afrontar esta situación.

> En Guatemala ya se está implementando el programa Armonía, que involucra a niños, padres de familia y maestros.

Este andinista del grupo Tzuu-Tak’a, practica este deporte desde 1960 y sin proponérselo ha recorrido todo el país. Entre sus muchas satisfacciones tiene haber ascendido 220 cerros de los cuales 60 han sido de más de 3 mil metros de altura. También ha escalado 38 volcanes y conocido 38 cataratas, 13 rocas, 35 lagunas y 14 cuevas. Para él, este ejercicio “más que un deporte es una filosofía de vida con la naturaleza”.

Estos guatemaltecos están acostumbrados a escuchar la pregunta: ¿por qué haces esto? y cada vez dan una respuesta distinta debido a que tienen múltiples razones. “Es igual como cuando alguien disfruta manejar un volido o juega tenis”, dice Beteta. “Valoro el deporte y me gusta enfrentar el reto físico en las grandes montañas”, dice Luis Galindo, quien ha subido 70 veces el volcán de Acatenango y actualmente forma parte de una expedición que intenta subir tres cumbres de más de 6 mil metros de altura cada una, en Chile.

 

Entre amigos
El montañismo se practica entre grupos que comparten gustos

Los andinistas dicen que una de las cualidades de esta disciplina es que se efectúa con grupos de verdaderos amigos, donde la lealtad es la base del éxito. Además, se tiene la oportunidad de conocer y compartir con personas que sienten lo mismo por la naturaleza y mantienen vivo el espíritu de aventura.

La cámara fotográfica o video es parte indispensable del equipo, debido a que se deben guardar las imágenes de los momentos más importantes, así como el recuerdo del sitio visitado o la belleza del paisaje. Durante los recorridos los grupos, aparte de su equipo para soportar la lluvia o el calor, llevan brújula y mapas. Otros, pagan guías del lugar para infundir confianza entre los aldeanos.

Debido a la desconfianza que impera en el área rural, algunos montañistas han visto en riesgo su vida; han sido retenidos por los campesinos, quienes los han acusado de, por ejemplo, explorar minas o robar niños. Hay quienes consideran que el espíritu de este deporte se ha desvirtuado en el extranjero, pues la alta montaña se ha convertido en una actividad lucrativa.

Algunos grupos están integrados por personas que pertenecieron, hace años, a la Federación de Andinismo y se reúnen para hacer honor a uno de sus lemas: “Compañeros en la montaña, amigos para siempre”.


   

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