Presto non troppo
Crónicas de Iglesia
- I -
Por Paulo Alvarado
presto_non_troppo@yahoo.com
Ya desde la carretera a El Salvador se forma cola
para acceder a la colonia, merced al estrecho ingreso que apenas
permite que entre o salga un vehículo
a la vez. Un guardia mecánicamente detiene a cada conductor para requerir
una identificación personal. El egreso es aún peor, a vuelta de
rueda incluso para los residentes del lugar, que no tendrían que hacer
fila para retirarse de sus propias viviendas.
Aunque todavía es temprano, la lenta procesión de carros continúa
hasta la iglesia de la colonia, a la que hemos acudido para acompañar
musicalmente una boda. No hemos terminado de estacionarnos en la reducida franja
de lodo que bordea el camino, cuando un melancólico individuo se nos acerca
con la pretensión de cobrarnos por el “parqueo”. Bastaría
un camión averiado para causar una completa atrancazón en esta
supuesta calle principal.
El templo es un edificio en forma de A, en el que cabe regular
cantidad de feligreses. Hay una oficina y una sacristía externa. Al frente, una plazuela. Al fondo,
una gran vidriera por la que se aprecia la verde belleza de las coníferas.
En contraste, el “coro” para los músicos es un absurdo altillo
de tres metros cuadrados en tablones de lepa, con acceso por una escalera apta
para que un maestro de capilla se rompa la crisma al descender. Como somos cuatro
los músicos, no nos queda otra que ubicarnos a un lado del altar, en competencia
con fotógrafos, trípodes de video, un equipo de sonido que no necesitamos
y un Nazareno arrimado en la esquina.
La novia tarda en llegar. El oficiante da una primera conferencia
al principio de la misa; otra, muy prolongada, a la mitad; una
tercera disertación,
antes de terminar la ceremonia. Los contrayentes no saben cuándo ponerse
de pie ni cuándo volverse a sentar. De los parientes y amigos que pasan
a hacer las lecturas y las peticiones, pocos leen con claridad y sin trastabillar.
Concluye la liturgia y durante ese rato es cuando más música podemos
ejecutar, porque todos quieren aparecer en las fotos, que se cuentan por docena.
Nuestras intervenciones anteriores han sido esporádicas y el sacerdote
siempre empieza a hablar antes de que las completemos. Nos han contratado para
esperar, más que para amenizar el acto.
Al final, la música es lo de menos. Trece minutos nos lleva recorrer en
carro los doscientos metros para irnos de allí.
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