Semanario de Prensa Libre • No. 132 • 14 de Enero de 2007

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D cultura

Presto non troppo
Crónicas de Iglesia
- I -

Por Paulo Alvarado
presto_non_troppo@yahoo.com

Ya desde la carretera a El Salvador se forma cola para acceder a la colonia, merced al estrecho ingreso que apenas permite que entre o salga un vehículo a la vez. Un guardia mecánicamente detiene a cada conductor para requerir una identificación personal. El egreso es aún peor, a vuelta de rueda incluso para los residentes del lugar, que no tendrían que hacer fila para retirarse de sus propias viviendas.

Aunque todavía es temprano, la lenta procesión de carros continúa hasta la iglesia de la colonia, a la que hemos acudido para acompañar musicalmente una boda. No hemos terminado de estacionarnos en la reducida franja de lodo que bordea el camino, cuando un melancólico individuo se nos acerca con la pretensión de cobrarnos por el “parqueo”. Bastaría un camión averiado para causar una completa atrancazón en esta supuesta calle principal.

El templo es un edificio en forma de A, en el que cabe regular cantidad de feligreses. Hay una oficina y una sacristía externa. Al frente, una plazuela. Al fondo, una gran vidriera por la que se aprecia la verde belleza de las coníferas. En contraste, el “coro” para los músicos es un absurdo altillo de tres metros cuadrados en tablones de lepa, con acceso por una escalera apta para que un maestro de capilla se rompa la crisma al descender. Como somos cuatro los músicos, no nos queda otra que ubicarnos a un lado del altar, en competencia con fotógrafos, trípodes de video, un equipo de sonido que no necesitamos y un Nazareno arrimado en la esquina.

La novia tarda en llegar. El oficiante da una primera conferencia al principio de la misa; otra, muy prolongada, a la mitad; una tercera disertación, antes de terminar la ceremonia. Los contrayentes no saben cuándo ponerse de pie ni cuándo volverse a sentar. De los parientes y amigos que pasan a hacer las lecturas y las peticiones, pocos leen con claridad y sin trastabillar. Concluye la liturgia y durante ese rato es cuando más música podemos ejecutar, porque todos quieren aparecer en las fotos, que se cuentan por docena. Nuestras intervenciones anteriores han sido esporádicas y el sacerdote siempre empieza a hablar antes de que las completemos. Nos han contratado para esperar, más que para amenizar el acto.

Al final, la música es lo de menos. Trece minutos nos lleva recorrer en carro los doscientos metros para irnos de allí.

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