César Augusto de León
Le huyo a las multitudes
De León se considera un eterno inconforme que rechaza algunas
realidades como la domesticación del hombre, el que no es auténtico
debido a que la sociedad lo presiona y moldea
Por Francisco Mauricio Martínez
Foto Mike Castillo
Su carrera literaria ha pasado, como le sucede
a la mayoría de artistas del país, casi inadvertida.
Sus logros internacionales, al igual que los 207 galardones que
ha obtenido en distintos certámenes de juegos florales nacionales
desde 1975 los ha festejado en silencio. Por “limitaciones” como
dice él, no ha podido viajar a países como España,
Argentina, Uruguay e Italia donde le han otorgado distinciones.
César Augusto de León Morales (59)
es un escritor huehueteco que desde joven decidió no migrar
a la capital. La calidad de su poesía lo llevó a
ganar, en 1991, el primer lugar en los juegos florales Centroamericanos
y del Caribe, de Quetzaltenango. En este mismo certamen obtuvo
el segundo lugar en 1985 y en 1992. Ha publicado 27 obras, entre
ellas dos novelas, dos ensayos de crítica literaria y el
resto de poesía. El 75 por ciento de su obra permanece inédita.

César Augusto de León |
¿Cuál es la temática de su poesía?
Es complicado responder, pero podría resumirla en una
sola palabra: la vida. Esto implica todo cuanto le acontece al
hombre desde el amor, felicidad, alegría y triunfo hasta
la muerte. Aunque algunas líneas prevalecen sobre otras,
por ejemplo el final inevitable del hombre visto desde un punto
de vista poético y filosófico, o sea el tema de
la muerte, pero abordadas estéticamente.
Para usted, ¿cuáles son las
principales angustias del ser humano?
Hay varias, pero una de las más presentes es la muerte. Existe cierta
angustia existencial, como dicen (Miguel de) Unamuno, Jean Paul Sartre y Martin
Heideguer. Parte de mi poesía gira alrededor de eso, pero quizá sea
la que he producido durante los últimos años, la que la contenga
con mayor intensidad, porque conforme uno madura en la literatura y se va haciendo
viejo, va meditando más en el final, en cambio, si leo lo que escribí cuando
tenía 17 años (no publicado) veo sueños, ilusiones, amor
y la alegría de saber que uno tiene toda una vida por delante. Cuando
el ser humano llega a los 50, por lo general, y particularmente el poeta, da
un giro y empieza a pensar en el final irremediable.
Usted habla del final y la nada, ¿qué hay después
de la muerte?
En algunos de mis textos poéticos yo identifico la muerte con la nada,
pero yo no creo en esa tesis materialista, sino que creo en una doctrina filosófica
y religiosa que ve en la muerte el tránsito hacia una vida mejor y llena
de luz, lo cual no es una mera contradicción. En libros que tengo inéditos
el tema que prevalece no es el de la muerte como un paso hacia la nada sino
el de ésta como un desprenderse del espíritu de la materia. Que
en momentos de mi vida haya caído, como le sucede a cualquier ser humano,
en la debilidad de dudar y creer que la muerte es la nada que dicen los materialistas,
ese es un fenómeno que se da en cualquier hombre.
¿ Es razonable el temor a la muerte?
Depende de la concepción que de ese fenómeno natural le hayan
inculcado a uno desde la infancia y, en mi caso, me infundieron mucho temor.
Recuerdo que mi padre a una de las realidades que más le temía
era precisamente a la muerte y aunque no me lo enseñó directamente,
sí lo hizo con sus ejemplos y actitudes.
A mí me ha costado mucho esfuerzo, espiritual e intelectual, alejarme
de esas concepciones pesimistas y pensar que la muerte no es el final de la
vida, sino el comienzo de otra. Entre paréntesis puedo decir que creo
firmemente en la reencarnación. He leído mucha filosofía
oriental y es la que más se adapta a mi manera de pensar.
En la narrativa, ¿cuál es su temática?
Es diversa, desde cuentos regionales de realidad urbana o rural
del país,
hasta de validez universal. No podría, al igual que la poesía,
encasillar mi obra en una sola corriente, porque va en diferentes direcciones.
¿En cuál escuela o corriente
literaria se ubica?
Es difícil. He leído libros de crítica, porque me gusta
ejercerla, tal vez no de manera científica, pero modestamente creo que
el encasillamiento de un autor es algo muy complicado. Hay autores cuya obra
es fácil de definir y clasificar, pero la mía, no lo digo por
pura vanidad, es multifacética, pues camina por diferentes senderos.
Me gusta explorar desde lo clásico hasta algunas tendencias de vanguardia.
Si alguien quisiera estudiar mi obra tendría que leerla toda y emitir
un juicio global. El crítico debe conocer la obra total del autor para
poder enjuiciarlo y encasillarlo en una corriente.
¿Qué es lo más complicado
para un escritor de provincia?
Creo que el autor que migra a la capital (conocí a Luis Alfredo Arango,
de Totonicapán y José Luis Villatoro, de San Marcos) se hace
un espacio en los círculos literarios y tiene menos dificultad quienes
nos quedamos en la provincia y somos, como en mi caso, un poco reacios a tener
comunicación con las organizaciones literarias y culturales de la ciudad.
Yo, cuando me convencí de que en la capital no tenía mucho futuro,
me proyecté hacia el exterior.
Durante un lapso escribí algunas columnas para el diario La Hora, pero
poco duró esa ilusión, porque me cerraron las puertas y, hasta
el momento no sé por qué razón, pero eso lo celebro, actualmente,
porque se me abrieron otras fuera del país. La indiferencia de mis compatriotas
hacia mi trabajo me sirvió de acicate para buscar espacios fuera y es
ahí donde he hecho fortuna literaria, no en el sentido económico,
sino valorativo para mi obra.
En el extranjero, ¿dónde
le abrieron las puertas?
Mi trabajo ha sido valorado, particularmente en España. He escrito artículos
para la Gazeta de Málaga, los diarios Día y Jornada, de Tenerife
e Islas Canarias y La Religión de Caracas, Venezuela, entre otros. Eso
lo he logrado a base de esfuerzo y perseverancia, y en esto debo reconocer
que soy un poco reacio a modernizarme, debido a que sigo usando el correo tradicional
para enviar mis trabajos, porque es muy romanticón.
Estoy convencido, lo que uno escribe lleva impregnada su energía, en
cambio el correo electrónico es un poco deshumanizante, porque el pliego
que llega no lo tuvo en sus manos la persona que lo escribió... no trae
su espiritualidad. Yo sigo usando el correo tradicional y en ese sentido soy
anticuado pero es a través de esa vía que he encontrado espacios.
¿A qué autores admira?
He leído muchos europeos e hispanoamericanos, pero el que ejerce sobre
mí una fascinación especial, de la cual no voy a poder liberarme
nunca es Juan Rulfo. Para mí fue un novelista genial y aunque no haya
recibido el premio Nobel, esto no le quita altura a su narrativa. Creo que
este premio se lo han otorgado a escritores que no tienen la jerarquía
de Rulfo, que sólo con Pedro Páramo y el Llano en Llamas fue
suficiente para colocarlo en un nivel más alto que otros autores.
Después de Rulfo admiro a Gabriel
García Márquez, de quien he leído toda su
novelística. También he tenido acceso a la obra de
Mario Benedetti y otros del famoso boom de la literatura Hispanomericana,
pero no me convencen como Rulfo, a quien considero el mejor autor
del siglo XX en América. En lo personal, creo que Carlos
Fuentes tiene más fama que altura.
En poesía me fascina Federico García Lorca, Antonio Machado y un
poco Octavio Paz. De Guatemala, Osmundo Arriola y Werner Ovalle López.
¿Cómo se autodefine?
Creo que soy un eterno inconforme y un rebelde que se subleva contra
determinadas realidades como la domesticación de que es objeto el hombre moderno, la
politización de la literatura y el arte y otras realidades que no encuadran
en mi manera de ser. Soy un autor perfeccionista que desde niño me inculcaron
que se pueden lograr algunas perfecciones y yo he intentando hacerlo, hasta donde
es posible, en mi trabajo.
Oración para evadirse...
Suelta la cólera de los demonios radiactivos.
¡Oh! tú Satán del alba,
toro rudo,
gran hechicero de la tierra
rómpete ahora en nuestros ojos,
derrámate de mis huesos
tenebrosos
poderosísimo decano
de las sombras
aguacero del mal,
torcida espada
húmeda por los licores
del pecado
(Tomado del libro Babilonia)
(fragmento)
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¿Qué realidades son las que más
le molestan?
El consumismo, la desigualdad social, la brecha que cada vez se
ensancha más entre los que tienen mucho y los que no tienen
nada. Sinceramente, le huyo a las multitudes, me enferman un
poco el espíritu, mi vida es muy retraída y me
rebelo contra la hipocrecía social y el convencionalismo.
Desde pequeño me enseñaron a ser sincero, aún
en un contexto en donde prevalece la falsedad. Ser sincero es
hasta un riesgo, a tal punto que unos autores dicen que se es
así sólo con uno mismo, porque con los demás
es correr un riesgo.
La injusticia me lastima y no importa en quién recaiga y con mayor razón
si es con los más indefensos, marginados y olvidados. A mí me
alcanzó el movimiento de protesta, como se le llamó en Guatemala
y toda America Latina de los años de 1970, y dentro de esa línea
escribí textos que ahora cuando los leo me pongo a temblar, fue en mis
años de juventud.
Esta forma de ver la vida, ¿lo aisla
un poco del mundo?
En alguna medida, sí. Creo que para desarrollar una obra artística
de verdadero valor hay que alejarse un poco de la masa. He leído, por
ejemplo, La Rebelión de las masas, del español José Ortega
y Gasset y el Hombre mediocre, del argentino José Ingenieros, y veo
que ellos reflejan lo que está ocurriendo en el mundo actual. Las masas
son las que dominan en todo sentido y lo más lamentable es que imponen
su arte, hay una música de masas. Sí me aislo, pero no me duele,
porque es una condición que me nutre y me hace escalar.
Hay que despegarse un poco de las multitudes. Siento que la sociedad
presiona demasiado, no deja que el hombre sea lo que quiere ser
y lo que está llamado
a hacer, porque lo moldea y le estampa un cuño que no es precisamente
lo que uno es. En la medida que la sociedad interfiere en el desarrollo libre
del ser humano, yo rechazo esas presiones sociales que quieren moldearme de
acuerdo al perfil que desea el comerciante, el político y el moralista.
¿Vivimos en un mundo de apariencias?
Creo que vivimos en una sociedad de máscaras. El hombre no es el que
quiere ser, sino el que el publicista le obliga a ser, mediante un bombardeo
constante que le crea necesidades... cosifica al ser humano, lo vuelve un objeto,
entonces, creo, vivimos en una sociedad que no es auténtica.
Pero entender esto tiene un precio y es la soledad, si el ser humano
no encaja en la sociedad tiene que alejarse para no sentirse
sólo en medio de
una multitud. Pero la soledad no es estar sin compañía, porque
se puede estar dentro de una multitud y sentirse sólo, la soledad consiste
en sentirse diferente y esa es la experiencia que a mi me ocurre. Puedo estar
en una gran fiesta, pero me siento sólo, porque me siento diferente
a la mayor parte de los que están conviviendo en ese ambiente.
El ser humano no es lo que quiere ser, ¿porque es débil
o lo hace para poder sobrevivir?
Es por condicionamiento histórico y lo hace porque sobre él operan
mecanismos de control, censura y presión, como la publicidad y la religión.
Esta última nos quiere uniformar y meter en un credo que muchas veces
no coincide con nuestro pensamiento y manera particular de ser.
La política es otro mecanismo de control y moldeamiento del ser humano.
En cuanto a por qué se deja moldear, es por cuestión de sobrevivencia
y por eso tiene que aceptar, en parte, los condicionamientos sociales. Yo tomo
de la sociedad sólo lo necesario para sobrevivir, porque si me aislo
me tendría que convertir en un ermitaño y éste no puede
vivir mucho tiempo pues no es autosuficiente.
Para sobrevivir uno tiene que socializarce
en alguna medida y ese proceso viene desde la infancia, con lo
que yo no estoy de acuerdo es que esa socialización
se convierta en una anulación del yo, en un proceso que moldea al
ser humano y lo hace alejarse del rumbo que debería tomar como ser
humano individual e irrepetible. Las personas son únicas y ellas
deben definir su desarrollo y línea de crecimiento espiritual, moral
e intelectual. Los que merecen más la censura son los que se dejan
masificar, pero no por cuestión de sobrevivencia, sino porque se
sienten como peces en el agua siendo uno más dentro de la multitud.
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