Cinco rostros lindos del cine nacional
Además de sus dotes para la actuación, estos actores
y actrices levantan pasiones
Por Viviana Ruiz
Dos directores, Mendel Samayoa (Donde acaban los
caminos y Suite Dalila) y Elías
Jiménez (La casa de enfrente y Vip, la otra casa), cada quien con su visión
del séptimo arte, enumeran a los actores y actrices made in Guatemala
a los cuales las revistas del corazón de Hollywood llamarían latin
lovers.
Magia
Para Samayoa, quien también dirigió el
primer largometraje internacional filmado en el país, Looking
for Palladin, la belleza de un actor o actriz no radica en tener
una cara bonita, sino en su naturalidad y capacidad para desdoblarse;
dejar de ser él o ella y convertirse en el personaje elegido.

De izquierda a derecha:
Giácomo Bounafina, Cecia Godoy, Pablo Olyslager, Daneri
Gudiel, Mariam Arenas.
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De esa cuenta nombres como Giácomo Buonafina, Joan Solo, Cecia Godoy,
María Mercedes Arce, Jorge Ramírez, Mónica Sarmientos,
Roberto Díaz Gomar, Tita Mendoza, Jairon Salguero, Flora Méndez,
Cecilia Santamarina, Rodolfo Espinoza, Herbert Meneses, Alfredo Porras, María
Teresa Martínez, Javier Pacheco, Yolanda Coronado, Daneri Gudiel, Luis
Pineda y Salomón Gómez, entre otros, son quienes a su criterio
tienen esa seducción, encanto y fascinación frente a una cámara
que el espectador agradece con sus elogios.
Lindas caras, grandes actores
Para Elías Jiménez, sin embargo, un artista además de
dotes histriónicas, también debe poseer cierta gracia, elegancia
y estética. Para él los nombres que entran en esta categoría
son Giácomo Buonafina, Juan Pablo Olyslager, Danery Gudiel, Mariam Arenas
y Cecia Godoy.
“Sí es importante el físico, pero muchas veces resulta que
una cara bonita no fotografía bien ante una cámara, y algunas no
tan favorecidas, la enamoran”, dice el productor de Las cruces... poblado
próximo.
Las coincidencias
Aunque para ambos creadores el concepto
de latin lovers no es, con sus variantes, lo principal, reconocen
que Arenas, Godoy, Buonafina, Gudiel y Olyslager son en la actualidad
los rostros más bellos del cine nacional. Claro, su potencial
jamás lo han puesto en tela de juicio.
Giácomo Paolo Buonafina
Aguilar
Es quizá uno de los actores más reconocidos por los
amantes del cine guatemalteco, pues ha intervenido en varias propuestas:
Donde acaban los caminos (2002), de Mario Monteforte Toledo, Los
entremeses cervantinos (2003), bajo la dirección del mexicano Óscar
Ulises Cansino y Las cruces... poblado próximo (2004), una
propuesta de Casa Comal de Rafael Rosal. Sin embargo, ya había
sobresalido en el arte de las tablas.
Obras como Clitemnestra ha muerto (Afredo Porras Smith, 1993),
Reto, La gran noche del mundo y La herencia de Alvarado, de Luiz
Tuchán, le otorgaron, sin duda, una experiencia actoral
que ha sabido explotar.
Buonafina tiene el alma suficiente para el drama, la vena para
provocar risas, y la apariencia para emocionar a las mujeres.
Pero lo mejor de este galán
de 1.80 metros de estatura y ojos verdes aún no se ha visto. Como en
sus años de juventud, tiene 40, Buonafina se desempeñó como
productor musical; ahora posee la versatilidad de actuar y encargarse del sonido
de algunas cintas o documentales. Es precisamente sobre este último
punto que trabajará en los próximos meses.
Giácomo colaboró en un documental del médico venezolano
Jacinto Convit, quien descubrió la cura contra la lepra, titulado El
secreto de los volcanes, que tenía como objetivo demostrar los resultados
de la investigación de este especialista sobre el paliativo para la
Leishmaniasis (una enfermedad parasitaria transmitida por la picadura del jején
o flebótomo).
Hoy, con este mismo equipo, se internará en la selva del Amazonas para
documentar el trabajo que efectuará con la tribu nómada hotis
(una de las más primitivas razas indígenas).
Pero tampoco abandonará su carrera como galán. “Sin duda,
detrás de cámaras me entretengo más; pero al frente, el
ego se eleva y te tratan demasiado bien”, explica.
“En otro proyecto, posiblemente interpretaré al doctor Combi en
una propuesta fílmica que los venezolanos quieren hacer durante este año”,
comenta.
Cecia Godoy
Cuando cursaba el bachillerato aún no tenía claro cuál
sería su destino. Antes de graduarse, y más por casualidad que
por convicción, formó parte del elenco de una obra de teatro
del productor Ángelo Medina. Tras los ensayos y probar cómo se
observa el mundo arriba de un escenario, todo fue más claro: la actuación
era para ella.
Su belleza es indiscutible, pero su simpatía y sinceridad lo son aún
más. “De pequeña nunca me interesó el teatro. Soy
actriz empírica, pero he cursado algunos talleres y he aprendido mucho.
Ahora soy madre, y aunque a veces creo no tener la paciencia requerida, trabajo
para compartir mi tiempo con mi hija, esposo y la actuación. Es difícil,
pero yo no podría hacer otra cosa que actuar”, confiesa esta guapa
mujer de 25 años de edad.
Le llaman China y su primera película fue Lo que soñó Sebastián.
Aunque tuvo un papel pequeño, interpretó a una chica de un bar,
fue suficiente para que los directores se fijaran en ella.
Más tarde colaboró en varios documentales, pero el espaldarazo
llegó con La casa de enfrente. En ésta personificó a Samanta,
una prostituta. Volvió a repetir el papel en la segunda parte de ésta,
Vip, la otra casa, y lo más probable es que en el cierre de la trilogía
sea ella la protagonista. “No sé si estoy autorizada a contar
esto, pero tengo fe en que así sea”, expresa abriendo con emoción
sus ojos castaños.
En la actualidad trabaja en la obra de teatro Drácula, que permanecerá en
cartelera hasta finales de marzo.
Juan Pablo
Olyslager
“Yo no me considero guapo, eso lo quiero dejar bien claro. Odio los estereotipos.
Por lo general, las personas piensan que si un actor es atractivo no es bueno
histriónicamente hablando”, comenta Olyslager (Juan Ramos en La
casa de enfrente).
Se autodefine como una persona de buenos sentimientos,
hiperactivo, muy trabajador y con mucha sensibilidad. Le gustaría trabajar en proyectos que tuvieran
mucho más aporte para la comunidad y dejar, por lo menos algún
tiempo, los roles de villano e interpretar personajes más complicados,
como un ser con deficiencia mental, por ejemplo.
Antes de protagonizar películas, Olyslager se desempeñó como
modelo para anuncios publicitarios. “Siempre pensé que para esa
profesión tenía que saber actuar, y por eso empecé a estudiar
teatro; pero me gustó mucho más esto que posar”,
detalla.
En una de las puestas en escena en la que formó parte recuerda con especial
agrado, Alibabá y los cuarenta ladrones, por la experiencia que adquirió.
Sus proyectos a corto plazo están
dirigidos hacia el séptimo
arte. Le encantaría, confiesa, trabajar bajo la dirección
de Luis Argueta o Mario Rosales, dos creadores guatemaltecos que residen
en Nueva York o Juan Carlos Cremata, de Cuba.
Daneri Gudiel
Cabello y ojos negros, mirada penetrante, fuerte, enigmática;
alto y esbelto. Su figura trae a la memoria la de otro actor, la
de Benicio del Toro; así es Daneri Gudiel, el chico malo
de las películas guatemaltecas.
Este actor de teatro universitario es requerido por lo que refleja
su rostro y porte; pero en realidad tras esa imagen habita un hombre
sencillo, relajado, un tanto sarcástico, irónico
y alegre, pero por sobre todo, comprometido con su carrera.
“Para mí un actor no debe salirse de su cuerpo, sino
utilizar los defectos o virtudes que tiene para darle vida a un personaje.
Es vivir la vida de alguien más”, explica.
Aquí está tu son Chabela es el nombre de la primera
obra en la que actuó de forma profesional, en 1998, bajo
la dirección de Herbert Meneses. Con el director Sergio Valdez Pedroni participó en 2000
en el documental Discurso contra el olvido, sobre la vida de Turcios
Lima, en el que personificó a este guerrillero.
También trabajó en las cintas La casa de enfrente, Vip, la otra
casa y Las cruces... poblado próximo.
Morir en escena ha sido hasta el momento lo más difícil que le
ha tocado actuar, añade.
Advertencia dual, una propuesta de Mendel Samayoa que no ha sido
editada, es otro de los filmes en los que ha trabajado. “En éste hago el papel
de Daneri Gudiel”, detalla.
Mariam Arenas
Tiene 30 años y aunque se graduó de secretaria, su pasión
siempre ha sido la actuación. Sus primeros pasos por este mundo los
caminó en el teatro. En su primer papel representó a María
Magdalena, en el año 2000. Luego participó en la obra Alucinando
y como la lluvia de mayo, le llegaron 15 propuestas más.
En el cine ha actuado en tres películas: Lo que soñó Sebastián,
del director Rey Rosa, y las cintas de Casa Comal La casa de enfrente y Las
cruces... poblado próximo.
No tiene problemas, como ella misma lo confiesa, de meterse en la piel de personajes
dramáticos o cómicos, pues desea aprender todo lo que pueda para
convertirse en directora del séptimo arte.
Un día perfecto para esta actriz,
de cabellos largos y esbelto cuerpo, es levantarse temprano, estudiar
sus guiones y visitar varias “pacas” para
adquirir vestuario. En cuanto a su vida personal, asegura que no tiene secretos,
porque vive por y para el cine. |