Experimentado científico
El doctor Ricardo Bressani ha dedicado más de 50 años
al estudio de los alimentos; su aporte más conocido es la Incaparina.
Por Ingrid Roldán
Foto Carlos Sebastián
Bonachón y buen conversador. Habla poco
de sus logros —que son muchos y de categoría mundial— y
prefiere centrarse en su incansable labor como investigador científico.
Durante décadas trabajó en la División de
Ciencias Agrícolas y de Alimentos, del Instituto de Nutrición
de Centro América y Panamá. Hoy, comparte su actividad
entre esa institución y la Universidad del Valle, donde
dirige el Centro de Estudios en Ciencia y Tecnología de
Alimentos.

Ricardo Bressani |
¿Cómo vivió su
etapa de estudiante en Estados Unidos?
Fue un poquito duro. Me fui cuando tenía 17 ó 18
años, me acababa de graduar del colegio. No hablaba inglés.
Yo no sabía lo que significaba discriminación, cuando
llegué allá me di cuenta de que sí existía.
Me costaba mucho mantenerme, me daban una beca pequeñita.
Mi propósito era estudiar y me dediqué a eso. Afortunadamente
Dios me ayudó y salí adelante. Después me
entusiasmé y saqué una maestría.
¿Qué tan fuerte era la discriminación que
encontró allá?
En Ohio, en el centro de Estados Unidos, la gente no conocía
más que el lugar donde estaba y para muchos de ellos Guatemala
no existía. Estoy hablando de 1944, hace muchos años.
Había un desconocimiento total sobre Latinoamérica.
Lo único que conocían era a la gente de Puerto Rico.
Allí vi que tenía que vivir en un contexto en el
que no éramos ciento por ciento aceptados. Eso ya no existe
hoy.
¿Cómo manifestaban ellos su
rechazo?
Uno de joven le gusta relacionarse con todos y sentía que
no era aceptado dentro del sistema. Además lo mirábamos,
porque si nosotros sufríamos, para la gente de raza negra
era peor, a ellos los ponían aparte en los autobuses y no
podían entrar a ciertos restaurantes. Eso terminó unos
años más tarde, ha cambiado radicalmente para bien
de ese país. No es justo una situación de esta naturaleza.
¿Cuánto le molestaba esa situación?
Me hizo reflexionar. La reacción que uno tiene es como cuando
lee que el Banco de Comercio lo cerraron y montón de gente
que tenía allí su platita está reclamando;
unos tipos se aprovecharon. Hay una reacción de cólera
interna, no es justo que hagan una cosa así, ni allá ni
aquí. Naturalmente, cuando uno es joven piensa diferente.
Lo más importante de todo es que mis profesores allá siempre
me apreciaron mucho y eso me ayudó a seguir adelante, porque
conseguí becas, pude estudiar y seguir hasta sacar mi doctorado
en 1956, después de 14 años.
Como profesional, ¿que panorama vislumbraba
en Guatemala?
Vine una vez a buscar empleo y no encontré. Me mandaron
de Estados Unidos para desarrollar una industria aquí, recabé datos.
Las personas que me mandaron hicieron un análisis de la
información que llevé y decidieron no invertir en
el país.
¿Por qué?
Creo que estaba Jacobo Árbenz en el gobierno, había
muchos rumores de un gobierno comunista; las leyes laborales no
estaban muy claras. Esta gente quería producir café soluble
y optó por no hacerlo. Tal vez fue un error. Cuando vine
al Incap la verdad es que no me gustó, porque yo estaba
acostumbrado a un sistema de libertad y aquí como que querían
mantenerlo a uno dentro de una línea. Hice valer mis puntos
y el director me abrió las puertas, me dio libertad para
hacer investigaciones. Empecé a trabajar duro, le dediqué muchas
horas de mi vida. Tenía la dirección de Ciencias
Agrícolas y Alimentos, que por muchos años fue posiblemente,
sin quitarle el mérito a otras que también eran muy
buenas, lo más activo dentro de la institución. Doce
profesionales trabajábamos como un equipo, nos llevábamos
muy bien. Nuestra vida era investigar.
¿Se sentía privilegiado?
Definitivamente, porque gozábamos lo que estábamos haciendo, no
mirábamos las horas de trabajo. Mirábamos qué podíamos
hacer por Guatemala. Yo creo que hicimos bastante.
¿Por qué se centró en el campo de la nutrición?
Regresé a Guatemala de la Universidad de Iowa en 1949. Vine a dar una
vuelta. El director del Instituto me invitó. Me quedé un tiempecito
viendo cómo era, qué había.
Me empecé a dar cuenta
de que existía un problema que nunca había percibido cuando era
más joven y estudiaba en el Colegio de Infantes. Un gran porcentaje de
la población guatemalteca, sobre todo los niños, padecía
de mala nutrición proteico calórica. Me llevaron al San Juan de
Dios a ver niños mal nutridos.
Fue terrible ver a una nena pequeñita
que le habían dado bebidas carbonatadas en lugar de leche, para mantenerla
porque eso era lo único que aceptaba. Pensé que tal vez era un
problema de la calidad de dieta que la población estaba consumiendo. Me
fui poco después a seguir mis estudios y regresé de nuevo en 1956.
En esa época ya conseguía dinero para hacer investigación.
Me dediqué mucho a trabajar en los alimentos básicos: maíz
y frijol, y sus procesos para convertirlos en alimento para consumo humano.
En
esa época el director me comisionó para que desarrollara alimentos
ricos en proteína y de allí salió la Incaparina, en 1960.
Mantenía, y todavía mantengo, la investigación en los alimentos
básicos. De allí me metí a trabajar en la nixtamalización
del maíz, la conversión de maíz a tortilla. Me fascinó como
un proceso que no sé cómo lo llegaron a establecer los mayas y
los aztecas. Salieron respuestas muy interesantes, como el aporte tan importante
de calcio de la tortilla a la dieta de los mexicanos y los guatemaltecos. En
la cocción se usa cal; se convierte en calcio que sirve para desarrollar
los huesos. Por los años 60 estábamos con el deseo de instituir
una industria para producir harina nixtamal.
¿De sus investigaciones surgieron
productos como Maseca?
No. Maseca, en Monterrey, obviamente conocía nuestros resultados y nos
invitaron para ir a trabajar allá en cosas de interés mutuo. Ellos
estaban mucho más adelantados que nosotros en lo que era la industrialización.
¿Es la Incaparina el proyecto más
importante que ha dirigido?
Sí y no. Para mí tan importante fue lo que hicimos con la nixtamalización
de maíz o los estudios en los frijoles. Todo mundo se olvida del frijol,
pero es lo que ha sostenido al pueblo de Guatemala, es la proteína vegetal
de la mayor parte de la población mundial. Trabajamos mucho en eso y todavía
hoy continuo en la Universidad del Valle. Tengo dos o tres proyectos pequeñitos.
También estoy estudiando la nixtamalización del maíz con
ceniza, era lo que la gente usaba al principio. Fue lo primero que usaron para
preparar el maíz y luego eventualmente pasaron a la cal. La ceniza es
una mezcla de minerales que se transfieren al maíz y la gente lo come.
Está muy cargada con hierro y zinc, que son minerales deficientes en la
dieta. Lo que estamos viendo es cuánto se transfiere y con qué frecuencia.
Cuando no está en sus investigaciones
científicas, ¿qué hace?
Dentro de la ciencia
> El doctor Ricardo Bressani
Castignoli nació en la ciudad de Guatemala el 28 de septiembre
de 1926.
> Obtuvo la licenciatura en Química en la universidad de Dayton, Ohio,
en 1948, con una beca del Colegio de Infantes de Guatemala.
> Estudió una maestría en la Universidad Estatal de Iowa, en
1951, y el doctorado en Bioquímica, en la Universidad de Purdue, Indiana.
> En 1956 se integró al Instituto de Nutrición de Centro América
y Panamá, INCAP, donde laboró hasta 1993.
> Ha sido catedrático universitario y miembro de asociaciones científicas
de varios países.
> Entre los múltiples reconocimientos que ha recibido se encuentran
el Premio Mundial de la Ciencia Albert Einstein, otorgado en 1984 por el Centro
Cultural Mundial; reconocimiento del Gobierno de Estados Unidos por su contribución
a la ciencia mundial de alimentos, en 1989.
> Orden del Quetzal, Gobierno de Guatemala, 1999.
> Premio México en Ciencia y Tecnología 2001, Gobierno de México
y Premio Internacional Danone para la Nutrición 2003.
> Sus datos biográficos aparecieron en el International Who's Who,
Europa Publications, Ltd, 2002
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Tengo 80 años, estoy operado de la rodilla. Me gustaba mucho
hacer deporte, ya no lo hago. Vivimos solos con mi señora,
a veces llegan los patojos. Tenemos siete hijos, todos están
casados, son veintitantos nietos. Hace unos días, para el
cumpleaños
de mi señora, llegaron todos, excepto el que está en
Estados Unidos. Los fines de semana me voy a la Costa a verlos.
Uno vive en Patulul, otro en Santa Lucía, uno más
en Retalhuleu, otro en El Salvador y dos aquí en la ciudad.
Tengo un terrenito por allá, me gusta montar a caballo y
sembrar árboles. Me traje unas semillas que recogí en
España el año pasado y todavía tengo la plantita.
¿Cuál es la satisfacción más
grande que ha tenido?
Que mi familia ha sido siempre saludable. Miro a otras que han
tenido pérdidas y me entristece mucho. También la
satisfacción de saber que lo que estoy haciendo me gusta,
porque de lo contrario ya me hubiera ido. La paso bien haciendo
investigación, ayudando gente. Hace unos días estuve
con algunos estudiantes de la universidad y vamos a hacer unas
tesis bien bonitas en el curso de este año. Uno siente una
gran satisfacción de poder proyectarse a través de
las cosas que hace o a través de personas, de jóvenes
que quieren hacer algo.
¿Ante qué es más sensible?
Soy muy parco, pero hay cosas que sí me afectan. El dolor
de otra gente lo siento mucho. La población del campo no
está sana, me siento culpable, es una obligación
de nuestro país velar porque esto no siga ocurriendo. Cómo
hacerlo es la gran pregunta. Me enojo y se me humedecen los ojos.
Antes tal vez no, pero últimamente me he dado cuenta que
esas cosas me molestan.
¿Qué ha hecho tan indiferente
al guatemalteco?
No sé. Fíjese que yo viene en 1946 y había
mal nutrición. Son más de 50 años los que
pasaron desde entonces y los periódicos siguen publicando
que este país es líder mundial en mal nutridos, ¿qué pasó?, ¿qué hicimos
en 60 años?, ¿por qué seguimos siendo así?
Yo creo que es porque hay muy poca sensibilidad por parte de la
población guatemalteca, y de los gobiernos, de volcarse
hacia un problema serio que no es de simple solución, es
muy complejo y por eso necesita mucho más esfuerzo. Esas
son las cosas que me molestan, porque uno se siente frustrado.
Dimos la respuesta, la solución, cómo implementarla
a nivel nacional es la pregunta.
¿Con qué Guatemala sueña
usted?
¿No se llama el “país de la eterna primavera”?
Podría serlo. |