Semanario de Prensa Libre • No. 135 • 4 de Febrero de 2007

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D frente

"No aprendimos la lección"
Este radioaficionado fue el centro de la comunicación en Chimaltenango durante el terremoto del 4 de febrero de 1976, que dejó más de 23 mil muertos

Por Francisco Mauricio Martínez
Foto Carlos Sebastián

La vida de Francisco Vassaux ha transcurrido desde 1962, cuando tenía 9 años, en medio de antenas, radiotransmisores y cables de distintos materiales, tamaños y colores. No lleva el registro de la cantidad de personas con las que ha logrado establecer comunicación en todo el mundo, pero sólo el año pasado logró hacerlo con 20 mil. A mediados de enero de este año recibió un diploma que lo acredita como ganador del concurso CQ World Wide WPX Contest por haberse contactado con 10 mil radioaficionados de distintos países en un lapso de 24 horas, esto en marzo de 2006.

En años anteriores ha obtenido otros galardones de similar y mayor importancia.
Debido a que ya se jubiló de su profesión como piloto aviador, ahora le dedica más tiempo a su afición favorita. Casi a diario se encierra en su cuarto de trasmisiones desde las 14 horas hasta las 2 de la madrugada. A la vez, atiende el cargo de vicepresidente del Club de Radioaficionados de Guatemala (CRAG), el cual tiene a más de 500 miembros. Vassaux es uno de los cientos de radioaficionados que durante las catástrofes que han azotado el país, como el terremoto de la madrugada del 4 de febrero de 1976, han prestado sus servicios en forma anónima.

Francisco Vassaux

¿Qué es lo que más le preguntan sus colegas de otros países?

El clima. Cómo está la temperatura, si está lloviendo. Ellos, a la vez, me informan lo mismo de sus respectivos países. También preguntan un poco de nuestra cultura, pero nunca abarcamos tópicos económicos, políticos y religiosos, porque está vedado. También está prohibido hacer negocios, decir “malas palabras” y poner música. Durante la Guerra Fría podíamos hablar con personas de Cuba y Rusia, debido a que no abordábamos cuestiones políticas.

¿Con qué países se comunica con más frecuencia?

Con Estados Unidos establecemos más contacto. Le sigue Japón, Italia y España. Anoche, como a las 11, estuve hablando con unos científicos que participaban en una expedición en la Antártida.

Aparte de pasatiempo, ¿cuál es el objetivo de los radioaficionados?

Servir a la comunidad. No sólo durante los desastres naturales, sino en todo tipo de emergencias. Hace unos días, por ejemplo, una serpiente mordió a una niña y no encontraban el suero antiofídico, pero un colega contactó a uno de Honduras y éste a otro de Panamá, que consiguió el medicamento y lo trajeron al país. Se ayuda cuando alguien trata de localizar a otra persona fuera del las fronteras o se pierde en los volcanes. También cuando se extravían yates y aviones.

Una vez veníamos de Retalhuleu, en vehículo, con el colega Sergio Robles, y nos dimos cuenta que un helicóptero no podía pasar el cañón de Palín, Escuintla, debido al mal tiempo. Él lo estuvo guiando con un walkie talkie de radioaficionados. La nave se vino volando arriba de nosotros y logró atravesar el lugar.

Durante el terremoto del 4 de febrero, ¿cuál fue la función de los radioaficionados?

Establecer las primeras comunicaciones entre las áreas afectadas. Éramos los únicos que teníamos cobertura nacional y teníamos la disponibilidad de movernos con nuestros equipos hacia esos lugares. Fue un chapín el que informó al mundo lo que había sucedido, porque Guatemala se quedó completamente incomunicada. Estados Unidos fue el primero en responder.

¿Cuál fue su papel durante esa catástrofe?

Yo estaba en Malacatán, San Marcos, y cuando tembló todos los que estábamos en el hotel salimos al parque. No se escuchaba ninguna radioemisora, pero a través de mi radiotransmisor, que mantenía conectado al carro, me enteré que la capital, sobre todo la zona 3, se había caído. A partir de esa hora (4 de la mañana) empezó la movilización de las estaciones de radioaficionados de la ciudad y nos indicaron que la cuesta de Villalobos, en Villa Nueva, estaba tapada, porque se había derrumbado el cerro. Hablé a mi casa (carretera a El Salvador) y no había pasado nada. Pensé en viajar a la ciudad en ese momento, pero me di cuenta que no valía la pena por lo que esperé la mañana del siguiente día (jueves). Entré por Miralago, ya que era la única zona que estaba medio despejada y así llegué a mi casa.

Luego me fui a la base del CRAG la cual había sido instalada en un carpa cerca de los Bomberos Municipales de la zona 12. Cuando me presenté me dijeron que necesitaban que me fuera a Chimaltenango, para tener comunicación, pues aparentemente, estaba en el suelo. Me fui con Nicolás Buonafina, también radioaficionado, y cuando llegamos todo estaba tirado. Me presenté con el alcalde y en su despacho pusimos el radio y empezamos a transmitir diciendo lo que se necesitaba. Por la noche dormimos en el carro y al siguiente día nos trasladamos a una galera que nos proporcionó el párroco de la iglesia. Ahí instalamos la base hasta con un escritorio, pero cuando se sintió el segundo temblor del viernes al mediodía me cayó una pared. El Comité Nacional de Emergencia (CONE) me nombró, junto a José Rodríguez, encargado de la emergencia en ese departamento. Empezaron a llegar las brigadas médicas, entre éstas la de Nicaragua.

¿Cuáles fueron los principales problemas que enfrentaron?

Uno de los problemas serios fue que las tumbas del cementerio se rajaron y los cadáveres se salieron, por lo que se necesitaba personal para volverlos a enterrar, así como también hacer fosas para todos los muertos provocados por el terremoto.
El edificio de la Policía Nacional (PN) se derrumbó completamente y ahí funcionaba la cárcel, por lo que los presos murieron y hubo que sacar los cadáveres. La construcción era muy antigua y estaba hecha con bloques como de un metro de espesor.

¿Qué emociones tuvo al observar a tantos muertos?

Yo estaba acostumbrado a verlos, porque fui paramédico de la Cruz Roja; aunque en esa oportunidad me impresioné.

Los recursos de la radio
> Un equipo sencillo de radioaficionado puede costar unos US$1 mil (Q7 mil 700).

> También existen equipos más completos que pueden costar hasta US$22 mil (Q170 mil). Inclusive hay clubes a nivel mundial que han puesto unos 100 satélites en órbita.

> Para ser radioaficionado es necesario tener una licencia que otorga la Superintendencia de Comunicaciones. Existen varias bandas para poder transmitir, así como microondas, pero, regularmente, se utilizan siete.

> Estos hombres, en la actualidad, se apoyan de otras tecnologías, por ejemplo, rastreadores de satélites, Internet y hasta se pueden enviar fotografías por radio. Antes, las modalidades de transmisión eran la telegrafía y la fonía.

¿Cuál es la imagen que más recuerda de esos momentos?

Lo de la cárcel fue impactante. Recuerdo a las estudiantes de la facultad de Medicina de la Universidad de San Carlos (Usac), cuando descombraban. Vi patojas de 20 años tratando de sacar cadáveres y a una de ellas quedarse con los brazos de uno de los cuerpos que ya tenía tres o cuatro días de haber fallecido y estaba en descomposición. Hubo mucha ayuda de esa facultad. También llegaron los de Ingeniería, para evaluar casas con la consigna de hacer refugios con el material que encontraran. Creo que los estudiantes llegaron hasta el domingo, por la interrupción de la carretera.

¿Cómo transcurrió la vida en esa población durante los primeros días después del 4 de febrero?

Cuando llegué, a las 8 horas del jueves 5, el centro de la población era un alboroto. Había mucha gente que gritaba, lloraba y casas desplomadas. Tres unidades de los Bomberos Voluntarios y Municipales lograron llegar y principiaron su labor. Constantemente nos llamaban del centro de operaciones ubicado en la zona 12, debido a que muchas personas querían saber qué había sucedido con sus familiares y amigos.

¿Podría Guatemala resistir otro terremoto?

No. Seguimos siendo vulnerables. Apuesto a que si se hace una encuesta de cuántos duermen con una linterna a un lado de la cama, no es ni el uno por ciento de la población, y estamos en un país de alto riesgo. Se sigue construyendo casas de adobe y concreto y les ponen techo de teja, que fue el problema en esa oportunidad, y no tanto el adobe. Yo vivía, en ese tiempo, a la vecindad de la que hoy es mi esposa y su familia tenía una casa grande de este material; pero el techo era de lámina y aunque se rajó no cayó. Creo que si sucediera un terremoto, como el de esa vez, la cantidad de víctimas sería mucho mayor; no sólo porque hay más población, sino porque ahora está más concentrada en áreas vulnerables como las orillas de barrancos, que en ese tiempo no había. De la única que se tenía conocimiento era de La Limonada. Ahora existen en todos lados.

¿Cuál es la lección que no se ha aprendido?

A reducir los riesgos. Algo que trato de hacer en mi casa es que mis hijas puedan salir de ésta con los ojos cerrados, porque cuando sucede un terremoto en la noche se va la luz y siempre se encuentran obstáculos. ¿Cuántas casas tienen botiquines o agua para sobrevivir un tiempo? ¿Qué porcentaje de la población deja zapatos a la orilla de la cama, un radio de transistores para oír las noticias? ¿Cuántos tienen un equipo estéreo en la sala, pero no un portátil para salir al jardín y saber qué está pasando más lejos de su área? Creo que muy pocos. No hemos aprendido la lección.


   

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