"No aprendimos la lección"
Este radioaficionado fue el centro de la comunicación en Chimaltenango
durante el terremoto del 4 de febrero de 1976, que dejó más
de 23 mil muertos
Por Francisco Mauricio Martínez
Foto Carlos Sebastián
La vida de Francisco Vassaux ha transcurrido desde
1962, cuando tenía 9 años, en medio de antenas, radiotransmisores
y cables de distintos materiales, tamaños y colores. No
lleva el registro de la cantidad de personas con las que ha logrado
establecer comunicación en todo el mundo, pero sólo
el año pasado logró hacerlo con 20 mil. A mediados
de enero de este año recibió un diploma que lo acredita
como ganador del concurso CQ World Wide WPX Contest por haberse
contactado con 10 mil radioaficionados de distintos países
en un lapso de 24 horas, esto en marzo de 2006.
En años
anteriores ha obtenido otros galardones de similar y mayor importancia.
Debido a que ya se jubiló de su profesión como piloto aviador,
ahora le dedica más tiempo a su afición favorita. Casi a diario
se encierra en su cuarto de trasmisiones desde las 14 horas hasta las 2 de
la madrugada. A la vez, atiende el cargo de vicepresidente del Club de Radioaficionados
de Guatemala (CRAG), el cual tiene a más de 500 miembros. Vassaux es
uno de los cientos de radioaficionados que durante las catástrofes que
han azotado el país, como el terremoto de la madrugada del 4 de febrero
de 1976, han prestado sus servicios en forma anónima.

Francisco Vassaux |
¿Qué es
lo que más le preguntan sus colegas
de otros países?
El clima. Cómo está la
temperatura, si está lloviendo.
Ellos, a la vez, me informan lo mismo de sus respectivos países.
También preguntan un poco de nuestra cultura, pero nunca
abarcamos tópicos económicos, políticos
y religiosos, porque está vedado. También está prohibido
hacer negocios, decir “malas palabras” y poner música.
Durante la Guerra Fría podíamos hablar con personas
de Cuba y Rusia, debido a que no abordábamos cuestiones
políticas.
¿Con qué países se comunica
con más
frecuencia?
Con Estados Unidos establecemos más
contacto. Le sigue Japón,
Italia y España. Anoche, como a las 11, estuve hablando
con unos científicos que participaban en una expedición
en la Antártida.
Aparte de pasatiempo, ¿cuál
es el objetivo de los radioaficionados?
Servir a la comunidad. No sólo durante los desastres naturales,
sino en todo tipo de emergencias. Hace unos días, por ejemplo,
una serpiente mordió a una niña y no encontraban
el suero antiofídico, pero un colega contactó a uno
de Honduras y éste a otro de Panamá, que consiguió el
medicamento y lo trajeron al país. Se ayuda cuando alguien
trata de localizar a otra persona fuera del las fronteras o se
pierde en los volcanes. También cuando se extravían
yates y aviones.
Una vez veníamos de Retalhuleu, en vehículo, con
el colega Sergio Robles, y nos dimos cuenta que un helicóptero
no podía pasar el cañón de Palín, Escuintla,
debido al mal tiempo. Él lo estuvo guiando con un walkie
talkie de radioaficionados. La nave se vino volando arriba de nosotros
y logró atravesar el lugar.
Durante el terremoto del 4 de febrero, ¿cuál fue
la función de los radioaficionados?
Establecer las primeras comunicaciones entre las áreas afectadas. Éramos
los únicos que teníamos cobertura nacional y teníamos
la disponibilidad de movernos con nuestros equipos hacia esos lugares.
Fue un chapín el que informó al mundo lo que había
sucedido, porque Guatemala se quedó completamente incomunicada.
Estados Unidos fue el primero en responder.
¿Cuál fue su papel durante esa catástrofe?
Yo estaba en Malacatán, San Marcos, y cuando tembló todos los
que estábamos en el hotel salimos al parque. No se escuchaba ninguna
radioemisora, pero a través de mi radiotransmisor, que mantenía
conectado al carro, me enteré que la capital, sobre todo la zona 3,
se había caído. A partir de esa hora (4 de la mañana)
empezó la movilización de las estaciones de radioaficionados
de la ciudad y nos indicaron que la cuesta de Villalobos, en Villa Nueva, estaba
tapada, porque se había derrumbado el cerro. Hablé a mi casa
(carretera a El Salvador) y no había pasado nada. Pensé en viajar
a la ciudad en ese momento, pero me di cuenta que no valía la pena por
lo que esperé la mañana del siguiente día (jueves). Entré por
Miralago, ya que era la única zona que estaba medio despejada y así llegué a
mi casa.
Luego me fui a la base del CRAG la cual había sido instalada en un carpa
cerca de los Bomberos Municipales de la zona 12. Cuando me presenté me
dijeron que necesitaban que me fuera a Chimaltenango, para tener comunicación,
pues aparentemente, estaba en el suelo. Me fui con Nicolás Buonafina,
también radioaficionado, y cuando llegamos todo estaba tirado. Me presenté con
el alcalde y en su despacho pusimos el radio y empezamos a transmitir diciendo
lo que se necesitaba. Por la noche dormimos en el carro y al siguiente día
nos trasladamos a una galera que nos proporcionó el párroco de
la iglesia. Ahí instalamos la base hasta con un escritorio, pero cuando
se sintió el segundo temblor del viernes al mediodía me cayó una
pared. El Comité Nacional de Emergencia (CONE) me nombró, junto
a José Rodríguez, encargado de la emergencia en ese departamento.
Empezaron a llegar las brigadas médicas, entre éstas la de Nicaragua.
¿Cuáles fueron los principales
problemas que enfrentaron?
Uno de los problemas serios fue que
las tumbas del cementerio se rajaron y los cadáveres se
salieron, por lo que se necesitaba personal para volverlos a enterrar,
así como también
hacer fosas para todos los muertos provocados por el terremoto.
El edificio de la Policía Nacional (PN) se derrumbó completamente
y ahí funcionaba la cárcel, por lo que los presos
murieron y hubo que sacar los cadáveres. La construcción
era muy antigua y estaba hecha con bloques como de un metro de
espesor.
¿Qué emociones tuvo al observar
a tantos muertos?
Yo estaba acostumbrado a verlos, porque
fui paramédico de
la Cruz Roja; aunque en esa oportunidad me impresioné.
Los recursos de la radio
> Un equipo sencillo
de radioaficionado puede costar unos US$1 mil (Q7 mil
700).
> También
existen equipos más completos que pueden
costar hasta US$22 mil (Q170 mil). Inclusive hay clubes
a nivel mundial que han puesto unos 100 satélites
en órbita.
> Para
ser radioaficionado es necesario tener una
licencia que otorga la Superintendencia de Comunicaciones.
Existen varias bandas para poder transmitir, así como
microondas, pero, regularmente, se utilizan siete.
> Estos
hombres, en la actualidad, se apoyan de otras
tecnologías, por ejemplo, rastreadores de satélites,
Internet y hasta se pueden enviar fotografías
por radio. Antes, las modalidades de transmisión
eran la telegrafía y la fonía. |
¿Cuál
es la imagen que más recuerda de esos
momentos?
Lo de la cárcel fue impactante.
Recuerdo a las estudiantes de la facultad de Medicina de la Universidad
de San Carlos (Usac), cuando descombraban. Vi patojas de 20 años
tratando de sacar cadáveres y a una de ellas quedarse con
los brazos de uno de los cuerpos que ya tenía tres o cuatro
días de
haber fallecido y estaba en descomposición. Hubo mucha ayuda
de esa facultad. También llegaron los de Ingeniería,
para evaluar casas con la consigna de hacer refugios con el material
que encontraran. Creo que los estudiantes llegaron hasta el domingo,
por la interrupción de la carretera.
¿Cómo
transcurrió la vida en esa población
durante los primeros días después del 4 de febrero?
Cuando llegué, a las 8 horas
del jueves 5, el centro de la población era un alboroto.
Había mucha gente que
gritaba, lloraba y casas desplomadas. Tres unidades de los Bomberos
Voluntarios y Municipales lograron llegar y principiaron su labor.
Constantemente nos llamaban del centro de operaciones ubicado en
la zona 12, debido a que muchas personas querían saber qué había
sucedido con sus familiares y amigos.
¿Podría Guatemala
resistir otro terremoto?
No. Seguimos siendo vulnerables. Apuesto
a que si se hace una encuesta de cuántos duermen con una
linterna a un lado de la cama, no es ni el uno por ciento de la
población, y estamos
en un país de alto riesgo. Se sigue construyendo casas
de adobe y concreto y les ponen techo de teja, que fue el problema
en esa oportunidad, y no tanto el adobe. Yo vivía, en
ese tiempo, a la vecindad de la que hoy es mi esposa y su familia
tenía una casa grande de este material; pero el techo
era de lámina y aunque se rajó no cayó.
Creo que si sucediera un terremoto, como el de esa vez, la cantidad
de víctimas sería mucho mayor; no sólo porque
hay más población, sino porque ahora está más
concentrada en áreas vulnerables como las orillas de barrancos,
que en ese tiempo no había. De la única que se
tenía conocimiento era de La Limonada. Ahora existen en
todos lados.
¿Cuál es la lección
que no se ha aprendido?
A reducir los riesgos. Algo que trato
de hacer en mi casa es que mis hijas puedan salir de ésta
con los ojos cerrados, porque cuando sucede un terremoto en la
noche se va la luz y siempre se encuentran obstáculos. ¿Cuántas
casas tienen botiquines o agua para sobrevivir un tiempo? ¿Qué porcentaje
de la población deja zapatos a la orilla de la cama, un
radio de transistores para oír las noticias? ¿Cuántos
tienen un equipo estéreo en la sala, pero no un portátil
para salir al jardín y saber qué está pasando
más lejos de su área? Creo que muy pocos. No hemos
aprendido la lección.
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