Desencuentros en los Alpes
Por Sergio Muñoz Bata
Si consideramos las historias personales del presidente
mexicano Felipe Calderón y su colega brasileño Luiz
Ignacio Lula da Silva, así como sus respectivas visiones
del mundo, cualquiera pensaría que su desencuentro al hablar
sobre el futuro de América Latina en el Foro Económico
Mundial en Davos, Suiza, fue algo apenas natural.
Lula no olvida sus raíces obreras, todavía
de vez en cuando, quien fuera líder de los trabajadores
brasileños, sigue sonando ferozmente socialista, sin detenerse
a considerar que con ese discurso contradice las acciones del recién
reelecto presidente de Brasil, que con estricta ortodoxia gobierna
observando los principios fundamentales del consenso de Washington.
Desde su infancia, que transcurrió en la honrada medianía
de una familia inconforme con un régimen autoritario en
el que no había espacio para la oposición, Calderón
se preparó para presidir un gobierno democrático
que sirviera de marco a la construcción de un país
ordenado por las leyes y con igualdad de oportunidades para todos
sus ciudadanos.
Ni en estilo ni en sustancia parece haber coincidencia entre ambos
gobernantes y, en el ámbito latinoamericano, los dos presidentes
se mueven en círculos distintos y distantes. Del desencuentro,
habrá quien piense que en el fondo está el esfuerzo
de ambos por incrementar el protagonismo de sus respectivos países
en el contexto internacional. Con sus 188 millones de habitantes,
un Producto Interno Bruto anual de US$1.616 trillones y un producto
per cápita de US$8,600, Brasil hace tiempo que quiere jugar
en las grandes ligas. Con ese fin no ha cesado de buscar un asiento
permanente en el consejo de seguridad de las Naciones Unidas; no
ha dudado en encabezar la rebelión contra los subsidios
de los países desarrollados en la Ronda de Doha y se ha
posicionado al lado de Rusia, India y China como cuarta potencia
emergente.
Y aunque México, con sus 108 millones de habitantes que
generan un PIB de US$1.134 trillones y un producto per cápita
de US$10,600, no tiene aspiraciones de jugar un papel protagónico
en los organismos internacionales, sí se afana por aumentarle
una M al famoso BRIC (Brasil, Rusia, India y China) para convertirlo
en BRIMC.
En Davos, Lula se pronunció en favor de una posible integración
latinoamericana que describió como: “física” —“con
autopistas, telecomunicaciones, gasoductos y oleoductos— y
al mismo tiempo comercial, política, económica y
cultural”. Señaló, además, y contra
toda la evidencia, que el vehículo integracionista debería
ser el Mercosur.
Calderón lamentó que los prejuicios latinoamericanos
hubieran impedido la integración a través del ALCA,
sorprendiendo que a estas alturas del partido el mexicano parezca
seguir añorando un tratado hemisférico fracasado
como el instrumento unificador para todo el hemisferio.
Lo asombroso, en todo caso, es que
los dos presidentes se enfrasquen en una discusión bizantina
sobre dos vías inviables.
El fracaso del Mercosur no podía ser más evidente.
La muerte del ALCA es un hecho consumado.
En el fondo, sin embargo, el desencuentro no es entre Lula y Calderón.
A Lula le gusta presentarse como el líder continental de
la izquierda, pero el que hace ruido y el que le paga las cuentas
a varios países de la región es Chávez; el
que aumenta el séquito es Chávez.
El verdadero interlocutor de Calderón, del colombiano Álvaro
Uribe, del costarricense Óscar Arias, y del salvadoreño
Antonio Saca, por mencionar sólo a tres presidentes del
hemisferio, es Chávez. Y más que una confrontación
entre la derecha y la izquierda, lo que se debate hoy en latinoamerica
es cuál debe ser la ruta para lograr mayor bienestar, mitigar
la pobreza, reducir la desigualdad, mantener una democracia efectiva
en la que rige el estado de Derecho y una economía competitiva
con desarrollo sostenido e igualdad de oportunidades.
La disyuntiva es si el continente debe profundizar en sus incompletas
reformas para darle una verdadera oportunidad a la economía de mercado apoyada
con tratados de libre comercio, y se procure una relación respetuosa
con Washington, a pesar del esmero con el que el presidente Bush ahuyenta a
los posibles amigos.
Apoyado en la bonanza temporal de los petrodólares, lo que Chávez
propone utilizando un discurso populista de tono mesiánico es hundir
al continente regresando al fracasado modelo económico estatista y a
las formas más primitivas del anti-yanquismo. Lula lo defiende recordándonos
a todos que se trata de un presidente legítimo que tres veces ha ganado
elecciones en su país, pero olvidándose de que en la Venezuela
de Chávez, donde la separación de poderes es una ilusión
y la libertad de expresión, se coarta “legalmente,” el caudillo
está construyendo una dictadura con métodos democráticos.
Lo lamentable es que el verdadero referente del desencuentro entre
Lula y Calderón
en Davos fue Hugo Chávez. |