Semanario de Prensa Libre • No. 136 • 11 de Febrero de 2007

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Punto final

Desencuentros en los Alpes

Por Sergio Muñoz Bata

Si consideramos las historias personales del presidente mexicano Felipe Calderón y su colega brasileño Luiz Ignacio Lula da Silva, así como sus respectivas visiones del mundo, cualquiera pensaría que su desencuentro al hablar sobre el futuro de América Latina en el Foro Económico Mundial en Davos, Suiza, fue algo apenas natural.

Lula no olvida sus raíces obreras, todavía de vez en cuando, quien fuera líder de los trabajadores brasileños, sigue sonando ferozmente socialista, sin detenerse a considerar que con ese discurso contradice las acciones del recién reelecto presidente de Brasil, que con estricta ortodoxia gobierna observando los principios fundamentales del consenso de Washington.

Desde su infancia, que transcurrió en la honrada medianía de una familia inconforme con un régimen autoritario en el que no había espacio para la oposición, Calderón se preparó para presidir un gobierno democrático que sirviera de marco a la construcción de un país ordenado por las leyes y con igualdad de oportunidades para todos sus ciudadanos.

Ni en estilo ni en sustancia parece haber coincidencia entre ambos gobernantes y, en el ámbito latinoamericano, los dos presidentes se mueven en círculos distintos y distantes. Del desencuentro, habrá quien piense que en el fondo está el esfuerzo de ambos por incrementar el protagonismo de sus respectivos países en el contexto internacional. Con sus 188 millones de habitantes, un Producto Interno Bruto anual de US$1.616 trillones y un producto per cápita de US$8,600, Brasil hace tiempo que quiere jugar en las grandes ligas. Con ese fin no ha cesado de buscar un asiento permanente en el consejo de seguridad de las Naciones Unidas; no ha dudado en encabezar la rebelión contra los subsidios de los países desarrollados en la Ronda de Doha y se ha posicionado al lado de Rusia, India y China como cuarta potencia emergente.

Y aunque México, con sus 108 millones de habitantes que generan un PIB de US$1.134 trillones y un producto per cápita de US$10,600, no tiene aspiraciones de jugar un papel protagónico en los organismos internacionales, sí se afana por aumentarle una M al famoso BRIC (Brasil, Rusia, India y China) para convertirlo en BRIMC.

En Davos, Lula se pronunció en favor de una posible integración latinoamericana que describió como: “física” —“con autopistas, telecomunicaciones, gasoductos y oleoductos— y al mismo tiempo comercial, política, económica y cultural”. Señaló, además, y contra toda la evidencia, que el vehículo integracionista debería ser el Mercosur.

Calderón lamentó que los prejuicios latinoamericanos hubieran impedido la integración a través del ALCA, sorprendiendo que a estas alturas del partido el mexicano parezca seguir añorando un tratado hemisférico fracasado como el instrumento unificador para todo el hemisferio.

Lo asombroso, en todo caso, es que los dos presidentes se enfrasquen en una discusión bizantina sobre dos vías inviables. El fracaso del Mercosur no podía ser más evidente. La muerte del ALCA es un hecho consumado.

En el fondo, sin embargo, el desencuentro no es entre Lula y Calderón. A Lula le gusta presentarse como el líder continental de la izquierda, pero el que hace ruido y el que le paga las cuentas a varios países de la región es Chávez; el que aumenta el séquito es Chávez.

El verdadero interlocutor de Calderón, del colombiano Álvaro Uribe, del costarricense Óscar Arias, y del salvadoreño Antonio Saca, por mencionar sólo a tres presidentes del hemisferio, es Chávez. Y más que una confrontación entre la derecha y la izquierda, lo que se debate hoy en latinoamerica es cuál debe ser la ruta para lograr mayor bienestar, mitigar la pobreza, reducir la desigualdad, mantener una democracia efectiva en la que rige el estado de Derecho y una economía competitiva con desarrollo sostenido e igualdad de oportunidades.

La disyuntiva es si el continente debe profundizar en sus incompletas reformas para darle una verdadera oportunidad a la economía de mercado apoyada con tratados de libre comercio, y se procure una relación respetuosa con Washington, a pesar del esmero con el que el presidente Bush ahuyenta a los posibles amigos.

Apoyado en la bonanza temporal de los petrodólares, lo que Chávez propone utilizando un discurso populista de tono mesiánico es hundir al continente regresando al fracasado modelo económico estatista y a las formas más primitivas del anti-yanquismo. Lula lo defiende recordándonos a todos que se trata de un presidente legítimo que tres veces ha ganado elecciones en su país, pero olvidándose de que en la Venezuela de Chávez, donde la separación de poderes es una ilusión y la libertad de expresión, se coarta “legalmente,” el caudillo está construyendo una dictadura con métodos democráticos.

Lo lamentable es que el verdadero referente del desencuentro entre Lula y Calderón en Davos fue Hugo Chávez.


   

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