Semanario de Prensa Libre • No. 136 • 11 de Febrero de 2007

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D frente

Abelardo Pérez
"No espero que todos me crean"
En el Seminario de Sololá lo conocen como “el exorcista”. Hace 15 años que trata casos de posesión y vejación diabólicas, con el permiso de su obispo.

Por Gemma Gil
Foto Carlos Sebastián

“Muchos van a reconocer a la maldita Virgen como madre de Jesús en este cochino país. ¡Te odio!”, grita la voz de una mujer desde el disco grabado por el padre Abelardo Pérez, de 58 años, durante uno de sus recientes exorcismos. “¿Cree que esto es teatro?”, me pregunta. “La madre tiene el sistema nervioso destrozado de ver el calvario que sufre su hija. En este cuerpo se libra una lucha constante. Claro que si esto se mira fuera de la fe, la gente dirá que esta mujer está loca”, continúa.

Llegó de La Rioja, España, hace 23 años para colaborar con el obispo de Sololá en la formación de sacerdotes, en el Seminario Mayor Nuestra Señora del Camino. Ocho años más tarde, el padre Abelardo comenzó a introducirse en el mundo de personas que presentaban padecimientos y trastornos que no acertaban a explicarse. “Eran cuadros patológicos que olían a una acción maligna”, puntualiza. Desde entonces ha tratado centenares de casos.

Padre Abelardo Pérez.

¿Cómo fue la primera experiencia?

Fue el caso de una posesión diabólica en una chica de 17 años que era cuñada de un seminarista. Su personalidad se transformaba. Se molestaba si rezaban cerca y no podía soportar el agua bendita. Eran reacciones propias de una persona poseída por una fuerza espiritual negativa que no aguantaba los signos cristianos. De repente caía de rodillas y se ponía a rezar de forma fervorosa y de repente se transformaba con insultos, gritos y rechazos. Lo estudiamos y solicitamos la autorización al obispo —sin la cual ningún sacerdote puede practicar un exorcismo— y tan pronto como empezamos a trabajar nos dimos cuenta de que era una posesión.

¿En qué consiste un exorcismo?

Es una oración ritual dispuesta por la Iglesia. Se hacen unas letanías a los santos, se lee un salmo responsorial y un pasaje bíblico; se hace una imposición de manos, una profesión de fe, y una renuncia a Satanás y sus falacias. Se termina con unas fórmulas en las que se conjura al demonio para que, por medio de la oración, la presencia maligna abandone ese cuerpo cristiano al que está manipulando.

¿Cómo se manifiesta esa manipulación?

En los casos de posesión diabólica, que son una minoría, las personas pierden su conciencia y pasan a ser manipuladas de forma despótica por el espíritu impuro. El diablo habla por su boca y dicen cosas incoherentes e irreverentes hacia los objetos sagrados. La persona manifiesta malestar cuando se quiere rezar, si se le da un rosario, lo rompe; mira con odio las imágenes de la Virgen; si se le rocía con agua bendita, grita que le quema, intenta esquivar la estola y con palabras sucias la desprecia; no soporta las manos del sacerdote... pero la mayoría de las veces las personas no están poseídas, sino afectadas por lo que se llama la vejación.

¿Cuál es el problema en estos casos?

Estas personas son maltratadas por el espíritu del mal, con sustos, sombras que aparecen en su casa, ruidos extraños, ansiedad, miedos inexplicables, trances de desesperación y accesos de angustia, sin que se explique el origen de estos padecimientos. Las vejaciones van unidas a problemas de salud de todo tipo: dolores de cabeza, estómago, nuca, garganta, ovarios, vientre...

Está hablando desde la lógica de la fe, pero ¿cree que ese cuadro de síntomas tiene explicación desde otros campos como la medicina, la sicología o la siquiatría?

Esas personas lógicamente han ido antes a los médicos. Me ha tocado tratar a gente que llega de la consulta de más de un sicólogo o siquiatra y no ha encontrado solución. Si el mal es espiritual, la medicina tiene que ser espiritual. Al demonio difícilmente se le puede atacar con procedimientos farmacológicos.

Pensaba que la figura del diablo era simbólica, pero usted se refiere a él como si fuera una realidad tangible.

Lo es, en el sentido de que se puede percibir una serie de efectos o fenómenos en la vida de algunas personas que, estudiadas con la lógica de la fe, no tienen otra explicación, por más que pueda costar creerlo. Dada la flaqueza humana, no espero que todas las personas me crean.

Un escéptico le preguntaría cómo detecta la diferencia entre una enfermedad y una vejación.

La experiencia me demuestra que son muy pocos los casos de personas que tienen una enfermedad real y acuden al sacerdote en busca de un remedio espiritual.

Después de la oración ritual, ¿los afectados han encontrado solución a sus problemas?

La mayoría ha encontrado alivio y una auténtica sanación.

¿Cuánto tiempo dura esta cura espiritual?

Es discrecional. Los casos de posesión no se solucionan en una sesión. Hace dos años estaba en pleno tratamiento de una joven, gran cristiana, a la que hubo que hacerle 25 sesiones. En caso de vejación no hace falta un exorcismo. Les hago una imposición de mano y rezamos oraciones tomadas del ritual y, a veces, el rosario.

¿Cuál ha sido el caso más fuerte que ha tratado?

El de una mujer de 30 años. Quizá la persona más sana de una familia que necesitaba una recuperación moral. La joven desarrollaba una fuerza física extraordinaria y había que sujetarla entre cuatro o cinco personas. El maligno no hablaba, pero se reía de forma burlona. Ahora está totalmente recuperada.

Acaba de hablar del caso de una persona ejemplar ¿Por qué era víctima de una posesión?

Es un misterio, pero la respuesta está en el pecado del hombre. A veces, por encima del espíritu del maligno hay una providencia. A veces, Dios se sirve de esa persona para dar una llamada de atención al entorno familiar y social, para que se acerquen a Él. Ahora estoy ayudando a una joven en la que el maligno ha revelado que de niña fue ofrecida por su tío abuelo a Satanás. Esta mujer, que es un alma buena e inocente, siente un malestar extraño en su cuerpo, sufre accesos de miedo, no puede dormir, siente una profunda depresión. El siquiatra no ha podido ayudarla, pero con la oración está mejorando mucho.

Muchas personas que se han acercado a la espiritualidad maya también afirman haber encontrado alivio a sus dolencias.

Es posible, pero desconozco el mundo maya. Lo miro con respeto, pero me atrevería a referir el caso de una persona indígena que me dijo que antes había pasado por las manos de un llamado sacerdote maya y la dejó mucho peor de lo que estaba, después de haberle pagado Q5 mil. La pregunta que yo me hago es: ¿qué era este hombre: un sacerdote maya o un simple brujo? Por supuesto, no concluyo que toda la cultura maya esté impregnada de las mismas prácticas.

¿Por qué cree que este tema se presta tanto al morbo?

El tema no es morboso, el problema está cuando se trata con frivolidad. Esto es un hecho real, con casos que se pueden constatar y que se dan de una manera particularmente intensa en estas tierras.

¿A qué se refiere?

Aquí se da mucha brujería y la gente recurre a estas prácticas, incluso para pedir que se haga daño a otras personas. Hay que tomar conciencia del desorden moral que esto supone. La gente debe darse cuenta del error que significa la práctica de la brujería, bien sea acudiendo a alguien, bien sea iniciándose con libros. El diablo está destruyendo vidas y hogares. Están cambiando al Dios verdadero, por la mentira. Quisiera subrayar que, por ejemplo, el culto que recibe Maximón desata una cantidad de males muy grande. La idolatría al mal llamado San Simón es un culto solapado al mismísimo Satanás.

¿Dónde termina la fe y comienza la superstición?

La superstición es una creencia vana, no razonable, y que se basa en un comportamiento religioso que se sale de los cauces que la Iglesia ha marcado. El culto a Satanás y la solicitación de su acción sobre personas es el colmo de la superstición. Es la religión vuelta al revés. La religión desnaturalizada.

Supongo que está acostumbrado a despertar escepticismo.

Quizá podría encontrarme con sacerdotes que, no teniendo experiencia y creyendo que son cosas de otras épocas o que habría que entender de otra manera, se resistieran a aceptar lo que digo. Con respeto, les diría que les falta experiencia. En un principio, hay quien me diría que se trata de dolencias físicas o de personas que en su pobreza están expuestas a más enfermedades, o que nuestra gente es muy crédula o simplona, y atribuye a causas sobrenaturales sus infortunios. Yo mismo podría pensar así, si no hubiera tenido estas experiencias. Yo, en mi buena fe, no pensaba que esto pasara. O en todo caso, creía que de darse una posesión, sería algo extremadamente raro y no tan frecuente como he podido ver aquí.

Comprendo al que le pueda costar creer, pero se trata del sufrimiento de cientos e incluso, me atrevería a decir, de miles de personas. Es gente a la que podemos considerar enferma, porque su paz está en crisis, pero que encuentran en la oración un verdadero alivio a sus problemas.


   

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