Abelardo Pérez
"No espero que todos me crean"
En el Seminario de Sololá lo conocen
como “el exorcista”. Hace 15 años que trata casos de posesión y vejación
diabólicas, con el permiso de su obispo.
Por Gemma Gil
Foto Carlos Sebastián
“Muchos van a reconocer a la maldita Virgen como madre de Jesús
en este cochino país. ¡Te odio!”, grita la voz de una mujer
desde el disco grabado por el padre Abelardo Pérez, de 58 años,
durante uno de sus recientes exorcismos. “¿Cree que esto es teatro?”,
me pregunta. “La madre tiene el sistema nervioso destrozado de ver el calvario
que sufre su hija. En este cuerpo se libra una lucha constante. Claro que si
esto se mira fuera de la fe, la gente dirá que esta mujer está loca”,
continúa.
Llegó de La Rioja, España, hace 23 años para colaborar con
el obispo de Sololá en la formación de sacerdotes, en el Seminario
Mayor Nuestra Señora del Camino. Ocho años más tarde, el
padre Abelardo comenzó a introducirse en el mundo de personas que presentaban
padecimientos y trastornos que no acertaban a explicarse. “Eran cuadros
patológicos que olían a una acción maligna”, puntualiza.
Desde entonces ha tratado centenares de casos.

Padre Abelardo Pérez. |
¿Cómo
fue la
primera experiencia?
Fue el caso de una posesión diabólica en una chica
de 17 años
que era cuñada de un seminarista. Su personalidad se transformaba. Se
molestaba si rezaban cerca y no podía soportar el agua bendita. Eran
reacciones propias de una persona poseída por una fuerza espiritual
negativa que no aguantaba los signos cristianos. De repente caía de
rodillas y se ponía a rezar de forma fervorosa y de repente se transformaba
con insultos, gritos y rechazos. Lo estudiamos y solicitamos la autorización
al obispo —sin la cual ningún sacerdote puede practicar un exorcismo— y
tan pronto como empezamos a trabajar nos dimos cuenta de que era una posesión.
¿En qué consiste un exorcismo?
Es una oración ritual dispuesta por la Iglesia. Se hacen unas letanías
a los santos, se lee un salmo responsorial y un pasaje bíblico; se hace
una imposición de manos, una profesión de fe, y una renuncia
a Satanás y sus falacias. Se termina con unas fórmulas en las
que se conjura al demonio para que, por medio de la oración, la presencia
maligna abandone ese cuerpo cristiano al que está manipulando.
¿Cómo se manifiesta
esa manipulación?
En los casos de posesión diabólica, que son una minoría,
las personas pierden su conciencia y pasan a ser manipuladas de forma despótica
por el espíritu impuro. El diablo habla por su boca y dicen cosas incoherentes
e irreverentes hacia los objetos sagrados. La persona manifiesta malestar cuando
se quiere rezar, si se le da un rosario, lo rompe; mira con odio las imágenes
de la Virgen; si se le rocía con agua bendita, grita que le quema, intenta
esquivar la estola y con palabras sucias la desprecia; no soporta las manos
del sacerdote... pero la mayoría de las veces las personas no están
poseídas, sino afectadas por lo que se llama la vejación.
¿Cuál es el problema
en estos casos?
Estas personas son maltratadas por el espíritu del mal, con sustos,
sombras que aparecen en su casa, ruidos extraños, ansiedad, miedos inexplicables,
trances de desesperación y accesos de angustia, sin que se explique
el origen de estos padecimientos. Las vejaciones van unidas a problemas de
salud de todo tipo: dolores de cabeza, estómago, nuca, garganta, ovarios,
vientre...
Está hablando desde la lógica de la fe, pero ¿cree que
ese cuadro de síntomas tiene explicación desde otros campos como
la medicina, la sicología o la siquiatría?
Esas personas lógicamente han ido antes a los médicos. Me ha
tocado tratar a gente que llega de la consulta de más de un sicólogo
o siquiatra y no ha encontrado solución. Si el mal es espiritual, la
medicina tiene que ser espiritual. Al demonio difícilmente se le puede
atacar con procedimientos farmacológicos.
Pensaba que la figura del diablo era simbólica, pero usted se refiere
a él como si fuera una realidad tangible.
Lo es, en el sentido de que se puede percibir una serie
de efectos o fenómenos
en la vida de algunas personas que, estudiadas con la lógica de la fe,
no tienen otra explicación, por más que pueda costar creerlo.
Dada la flaqueza humana, no espero que todas las personas me crean.
Un escéptico le preguntaría cómo detecta la diferencia
entre una enfermedad y una vejación.
La experiencia me demuestra que son muy pocos los casos
de personas que tienen una enfermedad real y acuden al
sacerdote en busca de un remedio espiritual. Después
de la oración ritual, ¿los afectados
han encontrado solución a sus problemas?
La mayoría
ha encontrado alivio y una auténtica
sanación.
¿Cuánto tiempo dura
esta cura espiritual?
Es discrecional. Los casos de posesión no se solucionan
en una sesión. Hace dos años estaba en pleno tratamiento
de una joven, gran cristiana, a la que hubo que hacerle 25 sesiones.
En caso de vejación no hace falta un exorcismo. Les hago
una imposición de mano y rezamos oraciones tomadas del ritual
y, a veces, el rosario.
¿Cuál ha sido el caso
más fuerte que ha tratado?
El de una mujer de 30 años. Quizá la persona más sana de
una familia que necesitaba una recuperación moral. La joven desarrollaba
una fuerza física extraordinaria y había que sujetarla entre cuatro
o cinco personas. El maligno no hablaba, pero se reía de forma burlona.
Ahora está totalmente recuperada.
Acaba de hablar del caso de una persona
ejemplar ¿Por qué era víctima
de una posesión?
Es un misterio, pero la respuesta está en el pecado del hombre. A veces,
por encima del espíritu del maligno hay una providencia. A veces, Dios
se sirve de esa persona para dar una llamada de atención al entorno familiar
y social, para que se acerquen a Él. Ahora estoy ayudando a una joven
en la que el maligno ha revelado que de niña fue ofrecida por su tío
abuelo a Satanás. Esta mujer, que es un alma buena e inocente, siente
un malestar extraño en su cuerpo, sufre accesos de miedo, no puede dormir,
siente una profunda depresión. El siquiatra no ha podido ayudarla, pero
con la oración está mejorando mucho.
Muchas personas que se han acercado a la
espiritualidad maya también afirman
haber encontrado alivio a sus dolencias.
Es posible, pero desconozco el mundo maya. Lo miro con respeto,
pero me atrevería
a referir el caso de una persona indígena que me dijo que antes había
pasado por las manos de un llamado sacerdote maya y la dejó mucho peor
de lo que estaba, después de haberle pagado Q5 mil. La pregunta que yo
me hago es: ¿qué era este hombre: un sacerdote maya o un simple
brujo? Por supuesto, no concluyo que toda la cultura maya esté impregnada
de las mismas prácticas.
¿Por qué cree que este tema
se presta tanto al morbo?
El tema no es morboso, el problema está cuando se trata con frivolidad.
Esto es un hecho real, con casos que se pueden constatar y que se dan de una
manera particularmente intensa en estas tierras.
¿A qué se refiere?
Aquí se da mucha brujería
y la gente recurre a estas prácticas,
incluso para pedir que se haga daño a otras personas. Hay que
tomar conciencia del desorden moral que esto supone. La gente debe darse
cuenta del error que significa la práctica de la brujería,
bien sea acudiendo a alguien, bien sea iniciándose con libros.
El diablo está destruyendo vidas y
hogares. Están cambiando al Dios verdadero, por la mentira. Quisiera
subrayar que, por ejemplo, el culto que recibe Maximón desata
una cantidad de males muy grande. La idolatría al mal llamado
San Simón es un culto solapado
al mismísimo Satanás.
¿Dónde termina la fe
y comienza la superstición?
La superstición es una creencia vana, no razonable, y que
se basa en un comportamiento religioso que se sale de los cauces
que la Iglesia ha marcado. El culto a Satanás y la solicitación
de su acción sobre personas es el colmo de la superstición.
Es la religión vuelta al revés. La religión
desnaturalizada.
Supongo que está acostumbrado a
despertar escepticismo.
Quizá podría encontrarme con sacerdotes que, no teniendo
experiencia y creyendo que son cosas de otras épocas o que
habría que entender de otra manera, se resistieran a aceptar
lo que digo. Con respeto, les diría que les falta experiencia.
En un principio, hay quien me diría que se trata de dolencias
físicas o de personas que en su pobreza están expuestas
a más enfermedades, o que nuestra gente es muy crédula
o simplona, y atribuye a causas sobrenaturales sus infortunios.
Yo mismo podría pensar así, si no hubiera tenido
estas experiencias. Yo, en mi buena fe, no pensaba que esto pasara.
O en todo caso, creía que de darse una posesión,
sería algo extremadamente raro y no tan frecuente como he
podido ver aquí.
Comprendo al que le pueda costar creer,
pero se trata del sufrimiento de cientos e incluso, me atrevería
a decir, de miles de personas. Es gente a la que podemos considerar
enferma, porque su paz está en crisis, pero que
encuentran en la oración un verdadero alivio a sus problemas. |