Adiós, Las Vegas
La melancolía en la ciudad de
la suerte, más
allá de las innumerables bombillas, los neones hipnotizantes
y la algarabía de los paseantes.
Texto y foto: Gustavo Adolfo Montenegro
Los apostadores tiran con frenesí sus ofrendas adentro de la máquina
que parece un ídolo antiguo, pero en realidad es todo un ladrón
mecanizado que por ratos regala ganancias, sólo para alimentar el ansia,
la ambición, la compulsión, que parece un peligroso virus que se
propaga por el aire de Las Vegas, Nevada. La torre de luz
Desde 30 kilómetros antes de entrar a la ciudad se divisa una enigmática
columna luminosa que parte el cielo en dos. La emoción de llegar y ver
los letreros que sólo se habían visto en películas, hace
que uno olvide la pregunta inicial: ¿de dónde saldrá esa
luz?
En todo el camino, desde Los Ángeles no se ha interrumpido el flujo de
automóviles con rumbo a un fin de semana divertido en la ciudad de las
apuestas, las marquesinas hipnotizantes y el famoso asalto de Ocean’s Eleven.
Por supuesto que hay muchas rutas para llegar a la capital del juego, pero no
son pocos los visitantes hispanos que parten desde la vecina California en donde
residen ellos o sus familiares.
Son cuatro horas de viaje desde Los Ángeles, un recorrido a lo largo del
cual hay varios outlet (tiendas de descuento) de prestigiosas marcas. Con un
poco de tiempo planificado es posible detenerse en uno de ellos para encontrar
marcas cotizadas como Ralph Lauren, Versace o Guess a precios muy tentadores
(una camisa Polo auténtica, en su empaque original, a US$10, por ejemplo),
aunque algo nos detiene en el afán de aprovechar las ofertas: hay que
guardar recursos para la diversión en el luminoso destino final.
Pasamos a toda velocidad, pero con un cierto sentimiento ceremonial
frente a la desviación que conduce hasta el Valle de la Muerte, la reserva desértica
natural donde se llega a estar más abajo del nivel del mar. Alguna vez
estaremos allí, pero nada importa más cuando aparecen los primeros
destellos sobre el desierto de Nevada.
Apueste lo que quiera
La seguidilla de imágenes impresiona: una montaña rusa a media
recreación de los rascacielos de Nueva York; la Torre Eiffel con el cielo
sostenido en las rodillas; el famosísimo y pugilístico Caesar’s
Palace con todo y sus falsas estatuas romanas; las tarjetas promocionales de
esculturales muchachas que ofrecen la felicidad condensada en sus cuerpos a cambio
de una módica suma; el gigantesco león del hotel MGM, que mira
tranquilamente las torres de colores del castillo del casino Excalibur y, por
supuesto, el poderoso rayo de luz que sale del vértice de la pirámide
de vidrio del casino Luxor, con sus recreaciones de murales egipcios en color
arena.
A todo esto ya hemos perdido varios billetes de dólar apostando en las
máquinas de 5 centavos. Pero con el siguiente billete vendrá la
suerte. Nada. Ahora sí, con el siguiente. Y cierto: de pronto, el robot
traba los ojos y dice que hemos ganado la impresionante cifra de US$13. Estamos
en la plena época de la informática y el código de barras,
así que muy atrás quedó el ruido de las monedas que caen
en la palangana metálica. Si usted prefiere dejar de apostar (y de ganar),
presiona el botón cash y el alegre aparato le dará una tarjeta
impresa que deberá introducir en el cajero automático de la entrada.
Después de gastar siete, se ha ganado 13, así que uno debería
sentirse satisfecho con su suerte. Pero no, puede más la ambición
y más adelante, bajo el cielo vinílico de París, el campanilleo
nos atrae de nuevo a las adictivas cajas con cilindros que ruedan con símbolos
de cerezas, de sietes, de oros y de mandarinas (entre otras figuras). Quien poco
arriesga, poco gana, así que lo más práctico parece ser
aventurarse con las máquinas de 25 centavos. Después de un rato
que resulta más bien corto, los US$13 se han marchado al fondo del abismo.
Bien dicen que lo que fácil llega, fácil se va. Y así nos
vamos también nosotros al amanecer.
Son las cuatro de la mañana
y las calles que eran bulliciosas, pobladas por eufóricas chicas, y conversaciones
desconocidas en los cafés, restaurantes y bares, ahora están prácticamente
desiertas. Las aceras están acompañadas sólo por el reflejo
de las luces sobrevivientes: es la melancolía o quizá la resaca
que no le podía faltar a la urbe de las grandes esperanzas y los bolsillos
desinflados. Ahora es el momento de buscar la habitación del hotel, o bien, si le gusta
aventurar, continuar el recorrido hasta que el Sol tire las sábanas. El
camino de regreso igual durará cuatro horas, aunque ya no tendrá el
ansia, la curiosidad ni las ideas preconcebidas que nos atrajeron como moscas
a la miel, o mejor dicho, como jugador compulsivo a la mesa de blackjack. Transporte
aéreo Guatemala-Los Ángeles,
cortesía de TACA.
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