Semanario de Prensa Libre • No. 137 • 18 de Febrero de 2007

Portada | Archivo | Contacto | Directorio


   > Editorial
   > En primera persona
   > Cartas
   > D todo un poco
   > D frente
   > D lectura
   > D portafolio
   > D magia
   > D fondo
   > D vida
   > D mundo
   > D arqueología
   > D cultura
   > D farándula
   > D viaje
   > Punto final

 


D viaje

Adiós, Las Vegas
La melancolía en la ciudad de la suerte, más allá de las innumerables bombillas, los neones hipnotizantes y la algarabía de los paseantes.

Texto y foto: Gustavo Adolfo Montenegro

Los apostadores tiran con frenesí sus ofrendas adentro de la máquina que parece un ídolo antiguo, pero en realidad es todo un ladrón mecanizado que por ratos regala ganancias, sólo para alimentar el ansia, la ambición, la compulsión, que parece un peligroso virus que se propaga por el aire de Las Vegas, Nevada.

La torre de luz

Desde 30 kilómetros antes de entrar a la ciudad se divisa una enigmática columna luminosa que parte el cielo en dos. La emoción de llegar y ver los letreros que sólo se habían visto en películas, hace que uno olvide la pregunta inicial: ¿de dónde saldrá esa luz?

En todo el camino, desde Los Ángeles no se ha interrumpido el flujo de automóviles con rumbo a un fin de semana divertido en la ciudad de las apuestas, las marquesinas hipnotizantes y el famoso asalto de Ocean’s Eleven. Por supuesto que hay muchas rutas para llegar a la capital del juego, pero no son pocos los visitantes hispanos que parten desde la vecina California en donde residen ellos o sus familiares.

Son cuatro horas de viaje desde Los Ángeles, un recorrido a lo largo del cual hay varios outlet (tiendas de descuento) de prestigiosas marcas. Con un poco de tiempo planificado es posible detenerse en uno de ellos para encontrar marcas cotizadas como Ralph Lauren, Versace o Guess a precios muy tentadores (una camisa Polo auténtica, en su empaque original, a US$10, por ejemplo), aunque algo nos detiene en el afán de aprovechar las ofertas: hay que guardar recursos para la diversión en el luminoso destino final.

Pasamos a toda velocidad, pero con un cierto sentimiento ceremonial frente a la desviación que conduce hasta el Valle de la Muerte, la reserva desértica natural donde se llega a estar más abajo del nivel del mar. Alguna vez estaremos allí, pero nada importa más cuando aparecen los primeros destellos sobre el desierto de Nevada.

Apueste lo que quiera

La seguidilla de imágenes impresiona: una montaña rusa a media recreación de los rascacielos de Nueva York; la Torre Eiffel con el cielo sostenido en las rodillas; el famosísimo y pugilístico Caesar’s Palace con todo y sus falsas estatuas romanas; las tarjetas promocionales de esculturales muchachas que ofrecen la felicidad condensada en sus cuerpos a cambio de una módica suma; el gigantesco león del hotel MGM, que mira tranquilamente las torres de colores del castillo del casino Excalibur y, por supuesto, el poderoso rayo de luz que sale del vértice de la pirámide de vidrio del casino Luxor, con sus recreaciones de murales egipcios en color arena.

A todo esto ya hemos perdido varios billetes de dólar apostando en las máquinas de 5 centavos. Pero con el siguiente billete vendrá la suerte. Nada. Ahora sí, con el siguiente. Y cierto: de pronto, el robot traba los ojos y dice que hemos ganado la impresionante cifra de US$13. Estamos en la plena época de la informática y el código de barras, así que muy atrás quedó el ruido de las monedas que caen en la palangana metálica. Si usted prefiere dejar de apostar (y de ganar), presiona el botón cash y el alegre aparato le dará una tarjeta impresa que deberá introducir en el cajero automático de la entrada. Después de gastar siete, se ha ganado 13, así que uno debería sentirse satisfecho con su suerte. Pero no, puede más la ambición y más adelante, bajo el cielo vinílico de París, el campanilleo nos atrae de nuevo a las adictivas cajas con cilindros que ruedan con símbolos de cerezas, de sietes, de oros y de mandarinas (entre otras figuras). Quien poco arriesga, poco gana, así que lo más práctico parece ser aventurarse con las máquinas de 25 centavos. Después de un rato que resulta más bien corto, los US$13 se han marchado al fondo del abismo. Bien dicen que lo que fácil llega, fácil se va. Y así nos vamos también nosotros al amanecer.

Son las cuatro de la mañana y las calles que eran bulliciosas, pobladas por eufóricas chicas, y conversaciones desconocidas en los cafés, restaurantes y bares, ahora están prácticamente desiertas. Las aceras están acompañadas sólo por el reflejo de las luces sobrevivientes: es la melancolía o quizá la resaca que no le podía faltar a la urbe de las grandes esperanzas y los bolsillos desinflados.

Ahora es el momento de buscar la habitación del hotel, o bien, si le gusta aventurar, continuar el recorrido hasta que el Sol tire las sábanas. El camino de regreso igual durará cuatro horas, aunque ya no tendrá el ansia, la curiosidad ni las ideas preconcebidas que nos atrajeron como moscas a la miel, o mejor dicho, como jugador compulsivo a la mesa de blackjack.

Transporte aéreo Guatemala-Los Ángeles, cortesía de TACA.


   

© Copyright 2004 Prensa Libre. Derechos Reservados.
Se prohibe la reproducción total o parcial de este sitio web sin autorización de Prensa Libre.

www.prensalibre.com