Semanario de Prensa Libre • No. 138 • 25 de Febrero de 2007

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D cultura

Ave dibujante
Treinta años después se reedita el libro Sobre la libertad, el dictador y sus perros fieles, de Arnoldo Ramírez Amaya, con prólogo de Gabriel García Márquez.

Por Ingrid Roldán Martínez

Ningún otro sobrenombre le habría quedado mejor a Arnoldo Ramírez Amaya que el de “Tecolote”, animal al cual los mayas lo asociaban con la fertilidad y la muerte, pero también lo consideraban mensajero del inframundo. Nocturno, como el ave, este pintor deambula por las calles. Su mundo es de hojas de papel que llena de dibujos en la penumbra de una pequeña habitación de hotel. Es casi un mito viviente. De lo que se dice de él no se sabe a ciencia cierta qué es verdad y qué es mentira. Ha conocido lo mejor y lo peor de la vida. Intenso y decidido como es, los azares y los afanes no le han sido ajenos. Ha dicho las verdades de frente. También ha vivido en la clandestinidad y en el exilio. Nunca ha negado que estudiara en la Escuela Politécnica ni que perteneciera a la guerrilla. Tampoco niega que ha ingerido drogas.

La fuerza de su vida ha quedado marcada en cada trazo de su obra. A mitad de la década de 1970, Ramírez Amaya publicó el libro Sobre la libertad, el dictador y sus perros fieles (Siglo XXI Editores, México, 1976), el mismo que ahora vuelve a editarse. Guatemala vivía un momento particularmente difícil. Gobernaba otro militar y la represión contra los opositores era fuerte.

Según cuenta, unos años antes había viajado a Costa Rica. Estaba en un restaurante cuando hizo un dibujo en una servilleta. Era la caricatura de un soldado. Al analizar ese primer trazo empezó a desarrollar la idea y a trabajar en imágenes a color, en formato grande. Hizo decenas, los tituló, justamente, Sobre la libertad, el dictador y sus perros fieles.

La secuencia de dibujos representaba una manifestación. El orador era un bufón metido en una caja de sorpresas. La serie estaba integrada por personajes con forma de manos. Uno representaba al cobarde, otro al heroico, también había uno patriótico, uno miedoso y un mártir. Conforme avanzaba la historia, los gestos de los personajes fueron cambiando. Todos mueren, no queda ninguno.

La colección completa iba a ser expuesta en la Bienal de Sao Paulo, en 1973, pero en Sudamérica la situación política estaba agitada debido al golpe de Estado en Chile. Augusto Pinochet había llegado al gobierno. Esto afectó también el desarrollo de la Bienal en Brasil. Ramírez Amaya no pudo exhibir su obra.

En este período conoció al director del Museo de Arte Moderno de París, quien le ofreció exponerlos en Europa. Los dibujos empezaron así un recorrido azaroso. Primero fueron devueltos a Costa Rica, porque la participación del artista guatemalteco había sido propuesta por ese país. Ramírez Amaya viajó a Francia en 1974, los dibujos nunca llegaron, los dio por perdidos.

En París decidió organizar una exposición colectiva de creadores latinoamericanos, a beneficio de los chilenos exiliados. Al mismo tiempo desarrollaba una nueva idea. Se trataba de un libro acerca del conocido dictador guatemalteco Jorge Ubico, de los militares representados como perros y la libertad prostituida. Era la continuación de la serie que habían censurado en Brasil. Su experiencia en el diseño de la revista Alero, de la Universidad de San Carlos, le serviría para este propósito. Al final, Ubico era sólo el pretexto para reflejar una situación común en varios países del continente americano.

Con el ejemplar terminado, pensó en buscar a Gabriel García Márquez para que le hiciera el prólogo, aunque no lo conocía ni sabía dónde localizarlo. En eso, la exposición en favor de los exiliados chilenos finalmente se llevó a cabo en Londres. Durante la inauguración coincidió con Carmen Balsells, secretaria de García Márquez. Ella le ofreció mostrarle los dibujos al escritor colombiano, quien estaba en la ciudad. Ramírez Amaya regresó a París y los dibujos se quedaron en Londres, con la promesa de que se los enviarían a Francia. Poco después se desató en Inglaterra una huelga de correos. El pintor guatemalteco no sabía si le habían enviado los dibujos o si Gabo aún los tenía consigo. Tiempo después se los hizo llegar, pero no había incluido el prólogo.

En 1975, Ramírez Amaya viajó otra vez a Brasil, después a El Salvador. Entró a Guatemala, por tierra, en enero de 1976. Se dirigió a México para buscar a Luis Cardoza y Aragón. Su intención era que le ayudara a conseguir una editorial dónde publicar el material. Llegó a la casa de su compatriota y le mostró los dibujos. Cardoza los vio y se ofreció a escribirle el prólogo, pero cuando Ramírez Amaya le contó que los conocía García Márquez, Cardoza pegó una palmada en el aire, lo miró y le dijo: “Ése es el nombre que te conviene”. Tomó el teléfono, habló con García Márquez, que se encontraba en México, y le pidió que hiciera el prólogo. La editorial Siglo XXI autorizó la publicación. Ramírez Amaya regresó a Guatemala, el trámite iba a ser largo.

La presentación
> Se llevará a cabo el 28 de febrero, a las 19 horas, en el Centro Cultural de España, Cuatro Grados Norte, zona 4. Entrada libre.

> Comentarios de Ana Cofiño.

> El libro Sobre la libertad, el dictador y sus perros fieles, de Arnoldo Ramírez Amaya. fue originalmente publicado en 1976, por la editorial Siglo XXI, de México.

> Ediciones del Pensativo lo reedita con un comentario final de Ingrid Roldán Martínez, y una fotografía del artista, por Alan Benchoam.

Sucedió entonces algo que cambió el rumbo de las cosas. Jorge Rafael Videla, el militar argentino, llegó al poder tras un golpe de Estado en su país. Una de las primeras acciones de la dictadura fue cerrar la oficina de Siglo XXI en Buenos Aires. La respuesta de la junta directiva en México fue publicar el trabajo de Ramírez Amaya, el cual empezó a circular clandestinamente en Guatemala y en otros países. La primera edición fue de cinco mil ejemplares. Cuando los sandinistas llegaron al poder en Nicaragua lo comenzaron a regalar en sus embajadas.

Ramírez Amaya no conoció personalmente a Gabo sino hasta tres años después de haberse publicado el libro.

Mientras tanto, la primera colección de dibujos en formato grande permanecía perdida. La nueva noticia que el autor tuvo de ella fue que la habían subastado en la aduana de Costa Rica. Un coleccionista de arte que lo conocía la había comprado a bajo precio. Le entregó la obra en 1986. En 1988, Ramírez Amaya se exilió en la capital mexicana y se llevó toda su creación plástica, entre ésta los 400 dibujos.

De visita por una temporada en Guatemala le notificaron que el edificio en el que vivía iba a ser demolido, pero no se enteró a tiempo y no supo qué suerte habían corrido los dibujos. Los recuperó en 1996, año de la firma de los acuerdos de paz, porque alguien se los había guardado.

Sin embargo, la historia de la colección no termina aquí. Ramírez Amaya se pasó a vivir a un hotel del centro de la capital guatemalteca. Un día los propietarios no le permitieron entrar más a su habitación. Dentro quedó la mitad de los dibujos. El resto se quemó en un incendio de otro hotel cercano al que se tuvo que trasladar…

La publicación de los libros de Arnoldo Ramírez Amaya ha permanecido en el imaginario guatemalteco. El cantar del Tecolote, El pájaro sobreviviente y Memorias de un aprendiz de asesino acompañan a Sobre la libertad, el dictador y sus perros fieles en este arduo camino. Los dibujos no necesitan explicación, hablan claro y fuerte: son la firme voz del artista.

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