Malos pensamientos
Por Sergio Muñoz Bata
Por más esfuerzos que uno haga para darles
el beneficio de la duda, la presentación de pruebas hecha
por el Departamento de Defensa y los servicios de inteligencia
estadounidenses sobre la involucración de Irán en
el conflicto iraquí, genera malos pensamientos y reactiva
un profundo desasosiego en la memoria.
Este domingo, en Bagdad, tres oficiales estadounidenses cuyos nombres
y puestos permanecieron anónimos, mostraron restos de granadas de mortero y fragmentos
de una bomba iraní que dijeron es capaz de penetrar el blindaje de un
carro de combate Abrams; acusaron a Teherán de suministrar a la insurgencia
iraquí los explosivos que causaron la muerte de 170 soldados estadounidenses,
aduciendo que “Irán es el único país de la región
que produce este tipo de artefactos”; y conjeturaron, sin ofrecer evidencias,
que la transferencia de este tipo de armas, que benefician principalmente al
grupo de Al Sáder, uno de los grandes aliados políticos del primer
ministro chií, Nuri al Maliki, sólo es posible si cuenta con
la aprobación del “líder supremo”, es decir del ayatolá Alí Jamenéi.

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La duda en la veracidad de los informes de inteligencia
estadounidenses no es caprichosa. Al anonimato de los acusadores
súmele
la ausencia de una sola prueba contundente de que el gobierno iraní dirige
el suministro de armas y ponga su atención en el momento
escogido para revelar incidentes que se han venido sucediendo desde
2004.
La incómoda sensación del Deja Vu se vuelve inevitable
porque otra vez, tal y como sucedió en la víspera
de la invasión a Irak, el mismo grupo que falseó los
mapas donde se escondían las armas de destrucción
masiva y la inteligencia que demostraba los inexistentes vínculos
entre Al Qaeda y Sadam Husein, parece estar empeñado ahora
en fabricar la evidencia que justifique una nueva aventura bélica
en Irán o, por lo menos para justificar el aumento y la
prolongación de la presencia militar estadounidense en Irak.
Pero no es tan sólo la memoria del engaño anterior
lo que da sustento a la sospecha de una nueva trama. No se puede
soslayar que la presentación de pruebas en Bagdad tiene
lugar en un momento en el que se exacerba el tono de la retórica
estadounidense contra el régimen iraní y cuando una
segunda flota de portaaviones estadounidenses se desplaza a las
aguas del golfo Pérsico, para posicionarse al sur de Irán.
Frente a estas realidades, el ominoso escenario que Zbigniew Brezezinski,
quien fuera asesor de Seguridad Nacional en la administración
del presidente Jimmy Carter, plantea en su próximo libro,
Second Chance: Three Presidents and the Crisis of American Superpower,
empieza a materializarse.
Según Brezezinski, “si Estados Unidos continúa
empantanado en un prolongado y sangriento enfrentamiento en Irak,
el destino final de esta carrera al precipicio muy probablemente
podría ser un choque frontal con Irán y una buena
parte del mundo islámico”.
¿Cuándo empezaría la gestación de la
conflagración? En el momento en el que dejaran de cumplirse
las metas que la administración de Bush ha fijado para estabilizar
a Irak. ¿Cómo se justificaría el enfrentamiento
con Irán? Adjudicándole la culpa del fracaso en Irak
atribuyéndole responsabilidad directa sobre algún
acto terrorista en Irak o en cualquier parte del mundo, y culminando
con una acción militar estadounidense de carácter “defensivo” contra
Irán pero que tendría repercusiones en Afganistán,
Pakistán y, por supuesto, en Irak.
“La guerra en Irak”, escribió Brezezinski, “es
una calamidad moral y estratégica de dimensión histórica,
emprendida bajo supuestos falsos y que socava la legitimidad global
de Estados Unidos. Las muertes colaterales de civiles y los abusos
cometidos son una afrenta a la reputación moral del país
que, conducido por una combinación de impulsos maniqueos
y arrogancia imperial, ha intensificado la inestabilidad regional.
Ningún país comparte los delirios que con tanta pasión
expresa la administración de Bush. Y el resultado, entristece
decirlo, ha sido un creciente aislamiento político y una
progresiva animadversión popular contra Estados Unidos”.
La fecha fijada por el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas
a Irán para que suspenda la mayoría de sus programas
nucleares se vence a finales del mes en curso. Les corresponde
a las autoridades iraníes demostrar su voluntad para negociar
un arreglo pacífico al asunto y no caer en provocaciones
que tendrían consecuencias funestas para el pueblo iraní y
para la región.
En este mismo sentido, ahora le corresponde al Congreso estadounidense
manifestar, sin las ambigüedades que lo han caracterizado,
no sólo su oposición a cualquier nueva aventura militar
de la administración de Bush, sino anunciar el retiro de
las tropas estadounidenses de Irak en un plazo razonable. |